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FIJACIÓN Y PARPADEO

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

En alguna entrevista realizada al escritor colombiano Álvaro Mutis, éste recordaba un consejo de su madre: “Detrás de todas las cosas está usted”. Para quienes encuentran a diario la trama de las cosas (y doblemente en quienes recae el oficio de urdir una columna semanal), esta sentencia debe grabarse en letras de oro, o por lo menos, memorizarse por quienes se adentran a los senderos de la llamada “literatura con prisa”.

Sin tanta prisa de por medio, Jesús Silva-Herzog Márquez nos entrega un pequeño volumen donde se evidencian sus intereses, lecturas, encuentros, donde más que suscitar el análisis puntiagudo (tal es su faceta de analista político), se busca recobrar el asombro por la vida que se presenta a diario.

Andar y ver (título con reminiscencias a José Ortega y Gasset) se compone por 32 artículos, de breve extensión, donde su autor no se queda con la inquietud de hacer lecturas fuera del canon analítico, de figuras muy caras a su admiración, o simplemente, darle libre curso a la pluma, muy a la manera de aquella sentencia de Alfonso Reyes: Escribo por divagar.

Figuras como las de André Glucksmann, Wislawa Szymborska, Anna Ajmátova, Robert Hughes, más las que se sumen a la lectura, confirman a cabalidad que, mientras una buena pluma destelle por su presencia, ningún tema nos será del todo ajeno. Y para muestra, el siguiente fragmento: Somos criaturas de pares: dos ojos, dos brazos, un par de piernas, un pulmón derecho y uno izquierdo. Será por eso que tendemos a ordenar el mundo en parejas. Y así, al arco de luces, movimientos y sonidos que va de un amanecer a otro, lo rompemos en dos tiempos: el día y la noche (“La luz de los opuestos”).

Si aplicamos esta dialéctica al conjunto de artículos que componen Andar y ver, caemos en la cuenta de que la misma pasión con que se habla de un importante analista y/o teórico, que de sucesos peculiares como tomar una siesta, los peligros que conlleva aceptar un regalo, o una reflexión acerca de la propina (donde Mr. Pink de Reservoir dogs cae en un estoicismo que ya quisiera el SAT). Si somos sinceros, la propina no es un pago por un buen servicio. Las razones que el propinador tiene para gratificar al propinatario poco tienen que ver con la prestación recibida. […] No es difícil anticipar que un mesero eficiente y antipático recibirá menos propina que un meesero torpe pero amable y mucho menos que una guapa mesera incompetente y coqueta. (¡Hasta para los temas del diario, Silva-Herzog Márquez no deja los linderos de la polémica!)

Por otro lado, es preciso detenerse en dos pares de artículos: “Autorretrato de crítico con atún” y “La terapia de Goya”, sobre Robert Hughes (el crítico de arte más polémico de nuestro tiempo, es la lucidez de la rudeza. O al revés. El crítico no solamente destaza pintores sino también a políticos e intelectuales), de quien nos da noticia de su genio y figura, cuya subversión lo llevó a negar a su propio país. Y el suceso que le devuelve vida y acción se resume en “La terapia de Goya”. El Goya de Hughes es un artista de este mundo, un pintor que nos sintió apetitos metafísicos, sino sólo los otros. Nadie como él ha retratado el placer con tanta agudeza como ha captado el dolor. Es raro que un artista sea tan convincente en ambos mundos: el ombligo de la maja y las verrugas de las brujas.

Otra pareja de artículos, que bien podrían conformar uno solo, la componen “Una fotografía” y “Mato, luego existo”. De este último, una reflexión sobre Orwell y el hundimiento del Titanic como imagen que define al siglo XX, hace eco en el autor sobre cuál sería la escena o el cuadro más significativo de nuestra época: Seguramente muchos ubicaremos las imágenes del 11 de septiembre en ese sitio privilegiado de la memoria. Las torres gemelas son nuestro Titanic.) De ahí, Silva-Herzog Márquez parte su reflexión (o su apunte, mejor dicho) sobre un libro de André Glucksmann, donde la figura hostil de nuestra época no lleva puestos explosivos por encima de la ropa, sino que se pasea en traje sastre desde algún palacio… Respecto a “Una fotografía”, retoma un poco a Susan Sontag y vuelve a esa imagen con que la que el siglo XXI ya es ineludible: las Torres Gemelas, en particular, aquélla una donde se ve a un hombre en caída libre. Nuestra vida cotidiana está tapizada de esas estampas de barbarie. Lo que nos perturba es esta fotografía no es la visión del sufrimiento, sino la apariencia de quietud. Es más fácil aceptar el dolor de la víctima que la determinación de un hombre que decide su muerte.

Pero no todo es tragedia ni desánimo en Andar y ver; el autor también se da vuelo recordando a un maestro y colega suyo en los empeños de anotar la vida que viene. En “El dietario de Julián Meza” bien podemos encontrar joyas como la siguiente: Escribir por gusto es un empeño que tiene poco sentido en un mundo que dedica sus imprentas a la difusión de las obviedades de los opinadores, la jerga de los académicos y las mercancías de los fabricantes de best-sellers. […] escribir por el gozo de recorrer con tinta un cuaderno en blanco. Escribir para habitar otro mundo.

Otra peculiaridad que no debemos pasar por alto es la concisión de cada texto, es decir, su brevedad. A este respecto, no dudaría en aplicarle las mismas palabras que el autor dijo de Ryszard Kapuscinski en “El patio de los fragmentos”: Frente al caminante tenaz y metódico, pasea el viajero curioso que cede a la variedad de sus inclinaciones. Si escriben, el primero buscará redactar un tratado, el segundo coleccionará fragmentos. Este coleccionista, como Canetti, registrará lo que pase por su cabeza sin elección previa; se abrirá a la sorpresa, acogerá la tentativa. Los trozos de escritura aflorarán de ninguna parte sin conducir a sitio alguno.

Para terminar estas líneas, volvamos al consejo de Mutis: detrás de todas las cosas está usted. En cuanto uno cierra Andar y ver, no dudaremos en aplicárselo a Jesús Silva-Herzog Márquez, quien al escribir sobre figuras y sucesos de su (libre) elección, cumple a cabalidad la dinámica primigenia del ensayo, es decir, paseo, donde todo se resume a fijación y parpadeo, cualidades dignas de un miniaturista en cuyos trazos se evidencia una panorámica entera. Con este volumen (del cual se esperarían sucesivas compilaciones), se inaugura una vertiente ensayística en la obra del autor, en paralelo a su análisis político; a diferencia de este último, aquí lo fugitivo sí permanece, y se queda en nosotros, en aras de proseguir la conversación (o el paseo, si se quiere).

Después de todo, entre hojear este libro y ojear su contenido, nunca dejemos de mirar: hacia adentro, desde afuera. (Sea, pues.)   

Jesús Silva-Herzog Márquez. Andar y ver. México, UNAM/DGE-Equilibrista, 2005 (Pértiga, 1).  

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DESTINO Y SENTIDO

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

En alguna de las cartas que Octavio Paz le escribió a su colega catalán Pere Gimferrer, se puede leer la siguiente frase: El verdadero y único premio del escritor son sus amigos desconocidos. Para quienes hacen de la escritura semanal una carrera de resistencia contra el tiempo, encontrarse un lector que agradezca las líneas de un artículo (que le ayudó a sobrellevar la vida de todos los días) es el bálsamo que renueva el afán de asir el tiempo, a la vera de sucesos y figuras inolvidables -al menos, para quien guste de escribirlo.

Después de dos volúmenes que reúnen lo más granado de su columna Agua de azar, Jorge F. Hernández nos entrega un tercero, cuyo título da fe de una meta cumplida, donde ninguna inquietud se queda sin explorar y las figuras que nos dan sentido siguen ganando batallas, siempre al encuentro con sus andanzas y maestranzas.

Llegar al mar se compone por 79 artículos, donde el autor da fe de su admiración por maestros, colegas y amigos que le ayudan a ser -palabras más, palabras menos- una mejor persona y un buen escritor, tal y como ocurre con viejos conocidos suyos (también nuestros, si hemos seguido con suma dedicación las compilaciones anteriores), como Jorge Ibargüengoitia: Celebro […] sus novelas que releo como si reviviera la época en que visitábamos las librerías esperando sus nuevos libros. Soy de la idea de que las muchas perfecciones envidiables que cuajó en Estas ruinas que ves (incluyendo sus dos finales), Dos crímenes y Las muertas transpiran -entre la admiración y la envidia- una contagiosa adrenalina por escribir, más allá del placer de su lectura (“¡Ibargüengoitia, forever!”). O grandiosos contemporáneos que siguen presentes, tanto en el recuerdo como en las maestranzas suscitadas por su obra. Ejemplo irrebatible: Eliseo Alberto, Lichi. ¡Ay, mi Lichi, si supieras!, que hay días en que parece que escucho tu voz con música de fondo, un son triste que revela que esa fibra musical donde se finca el jolgorio de tu isla también es dolor y recuerdo a menudo que Bioy Casares nos daba licencia para ser así como somos al definir que toda cursilería cuando es humilde tiene todo el gobierno del corazón (“Informe de eternidad”).

Además de proseguir esa conversación con maestros, colegas y amigos, Jorge F. Hernández pasa revista a sucesos recientes, que le muestran señales que evidencian los alcances que tiene el ser humano en cuanto a su papel dentro del mundo. Hay dos figuras que merecen especial atención: Nelson Mandela y Malala Yousafzai. Del primero nos dice: [es] el hombre que hablaba en silencio las palabras que nombran a las cosas, los callados párrafos de la prosa más íntima, los versos que se aprenden de memoria los presos que no pueden abrir las alas de los libros. El hombre que miraba el instante que hoy se acerca calladamente desde el momento en que veía a través de los barrotes de su celda el cielo indescriptible que a veces parece inalcanzable, allá donde se pronuncian en cada uno de los idiomas todos los nombres de la libertad (“Todos los nombres”). Por otro lado, […] las palabras de Malala Yousafzai deberían recordarnos que efectivamente todas las niñas son princesas (¿qué no hubo nadie que se los hiciera creer en su infancia?), todas emperatrices de su propia voluntad, dueñas de sus palabras, ensueños y encantos. Ya lo sabemos: en algún momento o instante de su vida (suspiros que pueden durar segundos o toda una vida) toda mujer es la mujer más bella del mundo… (“En el nombre…”).

Son las palabras las que dan sentido al mundo, sea la vía que uno se digne a usarlas; lo mismo pueden construir presencias que derrumbar reputaciones. Y una buena pluma como la de Jorge F. Hernández lo sabe por entero, porque sus fuerzas y afanes se vuelcan hacia una justa ponderación de las cosas que valen la pena (por ver, para vivir), así también para hacer clara denuncia de sujetos y situaciones no tan halagüeñas del todo.

Uno de sus maestros en el oficio de hacer literatura con prisa, es Antonio Muñoz Molina, con quien comparte, además de una colección de libros publicados por la UNAM, un peregrinaje por los sucesos de cada día. Sobre la desmedida (pero justa) admiración por el autor de Travesías y El Robinson urbano, podemos leer en “Shalom” lo siguiente: Yo aprendo mucho de los escritores de veras, que además son grandes personas; abrevo de la desatada imaginación y honesta pasión ante la página con la que escriben, tanto como de la decencia y cordura civil con la que caminan por las calles… Yo admiro la literatura de Antonio Muñoz Molina, aprecio su amistad tan cerca tan lejos (Bien podrían aplicarse dichas palabras a nuestro autor. Y nos consta quienes lo hemos leído y/o conversado…)

¿Por qué Llegar al mar? Ante una realidad plagada de plagiarios, politicastros con poco seso frente a la cultura y toda serie de sucesos funestos y que flaco favor nos hacen con sus improperios y poco tacto, digno es recordar que la vida de veras, aquella que le da destino y sentido a nuestra presencia, es la materia prima de los artículos de Jorge F. Hernández, donde el agua de azar no deja de multiplicar sus sortilegios, con todo y que […] hubo más de un jueves en que me resigné a la aceptación dolorosa de no ser ya necesario para quienes me llegué a creer indispensable, a contrapelo de la conmovedora aparición semanal de un nuevo lector que me escribía algún correo o me confiaba de viva voz el entrelazamiento de su voluntad, memoria o imaginación con cualesquiera de mis párrafos. (Los verdaderos amigos desconocidos que mencionaba Octavio Paz, referido al principio de estas líneas.)

Con todo y que esta compilación cierra una época en su trayectoria hebdomadaria (la cual no termina del todo, sino que se pospone), sus letras siguen prodigando lecciones de vida y sin contratiempos de por medio, para que, al final del día, suscribir aquel deseo que Santi Balmes, vocalista de Love of Lesbian, expresó en la canción “Viento de oeste”: Que un camino así pueda guiarte,/ pueda guiarte a mí./ Que la vida sea al fin tu obra de arte,/ tu obra de arte…

Quede aquí la evidencia de sus pasos. (Gracias, siempre.)

Jorge F. Hernández. Llegar al mar. Prólogo de Hernán Bravo Varela. México, Almadía, 2016. (Crónica)

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PROMESAS, REGRESOS Y TRAVESÍAS

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

(Carta sobre Love of Lesbian para Tania Rodríguez)

Querida Tania:

Hace algunos días, me compartiste un sueño: estabas en Londres, a bordo de un autobús, junto a un ex compañero nuestro y su novia, y mientras se divertían de lo lindo, como si de una película se tratase, la música de Love of Lesbian a guisa de soundtrack. Al despertar, caíste en la cuenta de dos cosas: nuestro compañero iba de pasajero en un autobús de regreso a la Ciudad de México, y éste que lees, en el Auditorio Nacional, viendo a los responsables de tu banda sonora. (No cabe duda, para muchas cosas de la vida, eres puente. Bien lo sabes.)

A todo esto, ¿te conté alguna vez cómo conocí a Love of Lesbian? Para ello, debo mencionar primero las Lunas del Auditorio, ceremonia anual que reconoce a lo mejor del espectáculo en México. Cada año, mediante dinámicas en redes sociales, lograba conseguir entradas para la ceremonia, en la cual el talento artístico abarcaba diferentes géneros, representativos de las categorías a premiar.

Llegó la edición de 2018 y como suelo hacer en cuanto aparecen los primeros anuncios de la ceremonia, estaba al pendiente del talento artístico invitado para la ocasión. (Para serte franco, sólo me interesaba ver a Edith Márquez y el musical de Los miserables, sin embargo, era ya un hecho que saldría del Auditorio con un nuevo cantante o grupo de mi predilección.) Dentro del elenco de ese año me sorprendió ver anunciado a un grupo de nombre Love of Lesbian, pero en ese momento no me pasó checarlo en YouTube, así que lo dejé pasar. Llegó el día del espectáculo, miércoles 31 de enero de 2018, al cual acudí con dos amigas: mi vecina arquitecta y la Embajadora de Nestlé (ya vuelta toda una Ibero girl, y quien me acompañó en 2016); con todo y que llegamos algo tarde, nos acomodaron en segundo piso. Cerca de la mitad de la ceremonia, donde ya se habían entregado los primeros galardones de sus correspondientes categorías, uno de los presentadores anunció la llegada al escenario de las Lunas de un grupo español de talla internacional, que semanas antes hizo cimbrar el Auditorio Nacional con canciones como “Bajo el volcán”, que escucharíamos a continuación.

En cuanto el grupo comenzó su interpretación, como dicen en España, no me flipó, pero en cuanto sonó “Manifiesto delirista”, haz de cuenta que recibí una gran descarga eléctrica, que me hizo levantar del asiento, poniéndome a bailar y a cantar esa parte de “Qué suerte que aún gente que lo hace fácil, aquellos que consiguen que fluya bien…” Mi vecina arquitecta quedó impactada con el cambio de ánimo durante el número de Love of Lesbian, y hasta me pareció leer en su cara un “ya te veo como nuevo fan de ese grupo”, cosa que sí sucedió. (Desde aquel día, me prometí verles de nueva cuenta.)

Dos semanas después de la ceremonia, aproveché un momento de ocio para buscar en YouTube la canción que no me llamó a la primera, “Bajo el volcán”. La escuché dos, tres, hasta cuatro veces (con todo y un videoclip muy interesante), para llegar a una sola conclusión: “¡Es una joya! ¡Y hasta ahora te das cuenta!” Y allí no quedó mi impresión, porque después me puse a escuchar como poseso el resto del álbum, de nombre El poeta Halley. Para navidades de aquel 2018, me obsequié dicho CD, aunque también había otros de la banda, como El gran truco final, grabado en vivo, o el ya legendario 1999, pero el magnetismo hacia ese disco era intenso. Una vez en mis manos, lo puse en mi ya desgastada grabadora, y en cuanto sonaron las primeras notas de “Planeador”, me dije “esa canción la hicieron para mí…” (Y no era para menos, pues me regresó a la época en que esgrimía mis primeros poemas…) Se siguió con “Bajo el volcán” (flipante de principio a fin, al igual que “Cuando no me ves”, de cierta forma, su contraparte), y así hasta llegar a “El poeta Halley”, cuya lectura del poema final por parte de Joan Manuel Serrat, no dejaba de conmocionarme. (Desde ahí, supe que no sería la única coincidencia con Santi Balmes, letrista y voz cantante de LOL.)

Llegó 2019 y en enero se dieron dos sucesos importantes con Love of Lesbian en mi banda sonora: el reencuentro con mi doctora de Iztacala, a quien le dediqué “Los males pasajeros”, y por el otro, la delicada salud de mi papá, quien se encontraba internado en el Hospital Bicentenario del ISSSTE. Mientras esperaba su mejoría, mi compañía en esa larga madrugada fue “Océanos de sed”. (Hoy día, no dejo de agradecerlo.)

Andando el tiempo, escuché otras canciones suyas, pero todavía no me asumía como fan de hueso colorado, hasta que un día, y gracias a la programación de Reactor 105.7, supe de una canción totalmente diferente a lo que había escuchado en El poeta Halley. Se trataba de “El astronauta que vio a Elvis”, en cuyo videoclip aparecían Santi, Oriol, Julián y Jordi (vocalista, baterista, guitarrista y bajista, respectivamente) ¡en versión animada! Obviamente me eché un clavado al yiutub, donde me seguí con otras canciones suyas, entre éstas “Charlize SolTherón” (contraparte de “El astronauta…”), “Allí donde solíamos gritar” y una que me sigue moviendo fibras muy delicadas: “Belice”.

Para 2020, ya se sabía que LOL volvería a México, luego de la promesa contraída dos años antes, tanto por el concierto de los veinte años como por su breve escala en las Lunas del Auditorio, pero un suceso inesperado (que no es preciso mencionar, bien lo sabemos) pospuso ese deseo. Sin embargo, una banda que destella talento y genialidad por los cuatro costados nunca se queda quieta, por más confinamientos que se den, y para finales de ese año, Santi y su pandilla dieron a conocer “Cosmos (antisistema solar)”, primer sencillo de su nuevo álbum, que, luego de otros sencillos más, se supo su nombre: Viaje épico hacia la nada (también conocido por las siglas VEHN). Y para seguir muy en contacto con sus activos y nuevos fans, se les invitó a enviar toda serie de videos de su ciudad y de las cosas que hacían durante el confinamiento. De esa convocatoria surgieron los videoclips de “Eterna revolución”, “Crisálida” y, desde luego, el homónimo del álbum.

Un suceso que me dio la bienvenida al cuarto piso fue una operación, a mediados de julio de 2021; con todo y que no habían pasado 24 horas después de mi valoración, se me programó, prácticamente, de inmediato. Me presenté a la hora acordada y mientras esperaba mi turno para entrar a quirófano, me puse a cantar “Sesenta memorias perdidas”, canción del VEHN que acababa de conocer. Después de la operación (exitosa, desde luego), fui llevado al área de recuperación, donde reinaba un silencio desolador, y para romper un poco esa monotonía, que me pongo a cantarla. A las pocas horas, pasé de camilla a sillón (como preparación para dejar el hospital), y cerca de mí estaba una joven paciente (que pasaba por una situación más fuerte, según lo que logré escuchar). En los pocos minutos que se nos dio charlar, agradeció mi “interpretación” que le generó una pequeña alegría. (Gracias a esa canción, sigo en este mundo y me prometí cantarla a voz en cuello en el primer concierto de LOL que se me atravesara.)

Dice un adagio oriental que no hay que prometer cosas cuando nos invade una enorme alegría, ni responder cartas cuando nos embarga el enojo. Sin embargo, si esa alegría es algo que nos llena de vida, da lo mismo si se cumple en días, meses, incluso años, siempre y cuando las cosas para realizarla estén a la mano. Y así fue, porque cuando supe de la visita de Love of Lesbian a México, programada para el 14 de octubre de este año (a casi cuatro años del Auditorio, y nueve de su primera presentación en el Caradura), me dije “llegó la hora de pagar mi deuda”. En el asueto de semana santa, me fui como nena en tobogán a la taquilla y media hora después, ya tenía en mis manos un par de boletos para dicho concierto. (Sobra decir a quién invité, ¿verdad?)

Mientras llegaba la hora soñada, no paraban las sorpresas: la banda anunció una segunda fecha en la Ciudad de México, cuatro días después, pero en el Teatro Metropolitan, escenario de su consolidación en México, y como cereza del pastel, una firma de autógrafos en algún lugar de la colonia Doctores, dos días antes de la primera fecha. Y como seguro te imaginarás, me lancé allí sin excusa ni pretexto, armado con mi CD de El poeta Halley y un ejemplar de El hambre invisible, novela escrita por Santi Balmes, que le había encargado a una amiga historiadora en su paso por Madrid. Lamentablemente, a cada persona sólo se le firmaría un objeto, así que, en el último instante, opté por el cuadernillo del CD. Luego de casi cinco horas formado y con el estómago vacío, me llegó el turno para firma y fotografía (ésta, en toma única, por la pila súper baja de mi teléfono), agradecí la oportunidad y con una sonrisa de oreja a oreja, emprendí el regreso a casa. (Todavía resuenan tus palabras luego de que te compartí aquella foto: “Para mí, la banda está completa”. Y desde ahí, el sol sigue sin ponerse en tu reino, sabes…)

Y como “no hay día que no llegue ni plazo que no se cumpla”, llegó el día del concierto en el Auditorio Nacional. Pasadas las 8 pm, quien esto escribe y mi doctora de Iztacala llegamos muy a tiempo; nos encontramos a una joven pedagoga de Acatlan City (declarada fan de LOL, cabe decirlo) y esperábamos encontrar a su hermana Londres y novia que le acompaña. Pasadas las 8:30 pm, comenzó el show y, como suele pasar con los conciertos de la GiraVEHN, abrieron con “Viaje épico hacia la nada”. Desde ahí, el público se volvió una sola voz a medida que aparecieran las canciones, tanto las del nuevo álbum como los buques insignia, llamados “1999”, “Club de fans de John Boy” y los ya mencionados “Belice” y “Allí donde solíamos gritar”.

Por las veces que mi doctora y yo hemos ido juntos a conciertos, ya deberíamos hacernos a la idea de cargar un paquetito de pañuelos desechables, porque el llanto y la conmoción de mi parte no se hacen esperar, y ésta no fue la excepción. Literalmente, me deshice, ya te lo imaginarás, con “Sesenta memorias perdidas”. (“Por esta canción, estoy aquí…”, le dije. Y su apapacho no se hizo esperar.) Desde ese momento, comenzaría la pasarela de promesas por cumplir. Con “Escuela de danza aérea”, saqué a bailar a mi doctora y en la parte final de “El poeta Halley”, apareció Joan Manuel Serrat en la pantalla que estaba detrás del escenario. (Promesa cumplida, Tania.) Además, me sabía tres cuartas partes del setlist presentado en esa noche, lo cual, de cierta manera, también es otra promesa: sólo acudir a los conciertos para cantar más de cuatro canciones de equis o ye artista.

Al término de tan glorioso espectáculo, mi doctora y yo nos adelantamos a salir, a fin de evitar tumultos y largas filas para el sanitario. Ya en las escalinatas del Auditorio, nos alcanzaron mi joven pedagoga de Acatlan City, la química Londres y su novia Diane, a fin de intercambiar impresiones del concierto. (“¿Volverías a ver a Love of Lesbian si te invito de nueva cuenta?”, le pregunté a mi doctora. Sobra decir cuál fue su respuesta.)  

En fin, queridísima Tania, podría contarte más cosas sobre la presencia de Love of Lesbian en el soundtrack de mi vida, y de los sucesos y figuras relacionados con sus canciones, los libros de Santi o alguna mención de sus letras para cualquier momento. (El fin de semana, durante la presentación de un libro, cité la parte final de “Viento de oeste” –inspiradora, un poco espiritual y blasfema, a decir tuyo.) De algo sí puedo estar seguro: cada nueva escucha se llena de promesas, regresos y travesías, a la espera de hallar el instante perfecto para su aparición.

En espera de nuevas coincidencias y renovadas conversaciones, recibe mi cariño, admiración, agradecimiento y el fuerte abrazo de

Ulises Velázquez Gil

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MANÍAS

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

(A Claudia Berenice, por soportar algunas de éstas…)

1.- Al despertar, luego de apagar o posponer la alarma del celular, es prender la radio y dejar que la primera música que suene sea la que determine el rumbo ulterior del día.

2.- Una vez alistadas las cosas para la ducha, coloco mi celular en algún lugar alejado del agua, abro la plataforma verdinegra y dejo que mi listado de canciones favoritas suene en bucle. (De esa puntada, nació un lugar seguro, del cual habrá oportunidad de escribir: Radio Regadera.)

3.- El primer café con que inicio las faenas del día, no debe llevar azúcar. Sólo un pan dulce o una rebanada fría de pay o de pastel, a guisa de acompañamiento.

4.- Ordenar, de diámetro mayor a menor, y con el número más que visible, las monedas para el transporte público; como si al hacerlo se postergase una caótica aparición de sucesos. (Aunque, a decir verdad, éstos suelen ser más interesantes de lo previsto…)

5.- Escuchar, de la misma forma en que Gerardo Deniz probaba un sorbo de yogurt o mordía un pedazo de betabel, alguna canción de un género diametralmente opuesto a mis intereses, nada más para comprobar que sigue sin gustarme. (Caso contrario, ¡al playlist!)

6.- Comprar boletos para conciertos cuya ubicación dé hacia el pasillo. (Eso de ser “sándwich” entre espectadores de una misma fila, es tan engorroso como una bancada partidista en el Congreso.)

7.- Guardar los libros en bolsas de plástico, al momento de sumarlos al equipaje de cada día, entre libretas improvisadas con papel de reciclaje sujetadas con broches y/o clips de presión. (Con todo y que las pastas de un libro describan el trajín de sus dueños -oficiales o de temporada-, la verdadera historia está en las anotaciones al margen o en los subrayados.)

8.- Y ya que hablo de subrayar los libros, esta acción debe hacerse con lápiz, generoso y desinteresado adminículo de escritura, y del número 2, como si de hacer un examen se tratase. (También aplica con el lapicero de puntillas: éstas del número 5, por delicadeza.)

9.- En fondas y restaurantes, colocar el salero detrás del despachador de servilletas; no por maldad o superstición, sino para evitar posibles tentaciones.

10.- Leer los libros de ensayos y de cuentos de manera salteada, y no desde la primera página. (Luego de la confesión de un colega y también editor, ya no sería del todo una manía…)

11.- Comprar obras de Julio Verne, pero en editoriales diferentes. (La casa editora en la que adquirí El rayo verde no debe ser la misma que Veinte mil leguas de viaje submarino, por poner un ejemplo.)

12.- Escuchar 20 de enero de La Oreja de Van Gogh cada vez que hago uso del tren suburbano, de ida y vuelta.

13.- Los textos en limpio van con pluma fuente y en hoja blanca; los borradores, a bolígrafo y papel reciclado. (Éstos últimos, una vez transcritos a computadora, se destruyen.)

14.- Repartir calendarios a lo largo de mis libreros, cuya sola vista me hace sentir dueño del tiempo.

15.- Comprar todos los ejemplares de un libro que me encanta (y doblemente, cuando el precio es casi un regalo).

16.- Obsequiar, a diestra y siniestra, esos ejemplares a las personas que más valoro en la vida.

17.- Para mis envíos de libros por correo, envolverlos en plástico transparente, aun si echo mano del sobre burbuja para mayor protección.

18.- Guardar las notas de compra en librerías y tiendas de discos y devedés, además de las de consumo en restaurantes, bares y fondas a los que voy con Ella. (“¡Qué manía la tuya de conservarlos!”, me reclamó un día.)

19.- Recorrer varias veces el pasillo del súper donde se encuentran los vinos y licores, en espera de encontrar aquella botella de vino rosado con que pasé una tarde-noche inolvidable.

20.- Y la más enraizada de todas mis manías: anotar en papeles sueltos (volantes, folletos, fotocopias) alguna idea suelta, un esbozo de poema o el fragmento de una canción que no deja de resonar en mi cabeza (alguna de María José, a decir de los últimos meses), para después colocar esa nota al vuelo en alguna carpeta, en espera de integrarse a una futura columna miscelánea, o de volver al cesto de la basura, como fruslería ocasional.

(De las demás que surjan después de escrita esta columna, mejor las obviamos ¿no les parece?)

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ME ACUERDO…

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

(A Tania María de Jesús, por desatar los hilos de la memoria…)

Me acuerdo de la primera vez que vi mi propia imagen en un calendario de bolsillo, a manera de obsequio por parte de un estudio fotográfico.  

Me acuerdo que acompañaba a mi madre a las oficinas del ayuntamiento, donde mientras esperaba que le atendieran de volada, me daba vuelo paseando por los jardines, mientras esperaba el milagro de que me comprara una bolsa de galletas que allí vendía una joven monja.

Me acuerdo de la radio nocturna que ponía mi padre camino al hospital y pasar por mamá, al término de su jornada de trabajo. Del pop de Estereo Joya a la programación guapachosa de La Tropi Q, el viaje siempre llevaba una banda sonora espectacular.

Me acuerdo que, en casita, se escuchaban canciones de Alberto Cortez, María Dolores Pradera y Joan Manuel Serrat, que, secretamente, me inocularon la poesía. (Ello se nota en los primeros poemas que escribí… Hoy perdidos, ¡por fortuna!)

Me acuerdo de Las mil y una Américas, por la cual supe de la existencia de los pueblos originarios de este continente, y por medio de la imaginación (acompañando a Cris y Lon), hasta formar parte de la vida cotidiana de grandes civilizaciones, desde los olmecas y mexicas hasta los mayas y los incas. (Aquel niño de entonces nunca se imaginó volverse explorador, con el correr del tiempo, mediante la lectura y la convivencia con historiadores. Uno de ellos, llamado Miguel León-Portilla.)

Me acuerdo de las ceremonias de los lunes en la primaria, donde un esbozo de declamador y un actor en potencia se dieron vuelo, bajo los avatares del corregidor Miguel Domínguez, un cómico cantinflesco y un mini Juan José Arreola de Las Arboledas.

Me acuerdo de la sonrisa de una querida compañera, cuyo sacrosanto nombre es el sino de un recuerdo persistente, mágico y milagroso por mera agua de azar.

Me acuerdo del Álbum de México, de Luis González y González, que mi maestra inolvidable de primaria le pidió a mi hermana (cuando la tuvo en su grupo); por un descuido en la logística, no alcanzó a llenarlo, y al ver mi interés en él, me lo obsequió. Años después, la siempre inolvidable Rosalía Velázquez Estrada me dio el ejemplar de su hija Ximena, que no pasó de la primera entrega. (Gracias al sobre de su hija, llené el álbum de mi hermana.)

Me acuerdo de Armida de la Vara, autora de muchos textos del libro de Lecturas de la SEP, cuya buena impronta dejó en decenas de generaciones durante la educación primaria. (Hoy sé de su portentosa obra narrativa, y de la acuciosa lectura y corrección de los textos de su esposo, referido líneas arriba.)

Me acuerdo del Café Tokio, en San Luis Potosí, donde cené con mis abuelos paternos, a mitad de camino entre Guanajuato y Nuevo León.

Me acuerdo del juego de mesa Maratón, donde salía airoso con las preguntas relacionadas a científicos y próceres, pero embarrado en cuanto a personajes de caricaturas, películas y deportes.

Me acuerdo de una chica de la secundaria que me hacía volar bajo; irradiaba rebeldía por los cuatro costados, y ello la hacía muy atractiva. (Desde ahí, me daría cuenta de que los amores que comparten la misma colonia no suelen ser del todo halagüeños…)

Me acuerdo de mis primeros libros comprados en el súper: un diccionario español-francés, la biografía de Frida Kahlo escrita por Rauda Jamis, y El valor de educar de Fernando Savater. Mi diccionario hoy duerme un sueño indefinido junto a otros ejemplares, mientras que el volumen savaterino ocupa -con todo y autógrafo- un sitio de honor, junto a Emil Cioran e Italo Calvino. (¿Y la biografía? Easy come, easy go…)

Me acuerdo de una corbata color guinda, con estampado de rombos, que usé en la misa de generación de primaria; misma que complementó mi atuendo de preparatoriano (también de salida generacional), y que hoy día duerme el sueño de los justos, doblada y dentro de un cajón.

Me acuerdo de la filipina de enfermero que usé a modo de piyama, una vez que regresaba de la secundaria y me duchaba al mismo tiempo que veía el noticiario del canal 13.

Me acuerdo de la programación nocturna del radio, donde Memories of Green de Vangelis y Lonely shepherd de Zamfir eran la banda sonora de muchas noches de insomnio.   

Me acuerdo de la máquina de escribir Olivetti (modelo Lettera y comprada en la Tienda del ISSSTE de Lomas Verdes), con la cual mecanografié varios poemas ajenos, que reuní después, bajo la rusticidad del engargolado, en una primera antología.

Me acuerdo de la primera vez que visité la Biblioteca de México, en la Ciudadela, en cuya hemeroteca me di a la tarea de leer lo primero que encontrara; de esa ingenua curiosidad, supe de una maravillosa escritora llamada Esther Seligson, y de las raras gemas sólo reservadas a gambusinos del anaquel.

Me acuerdo de las estaciones del Instituto Mexicano de la Radio, que no dejan de acompañarme en esta vida. (De la Radio Rin de mi infancia a la señal de prueba con que nació Horizonte 108, el IMER no deja de volverse querencia radiofónica.)

Me acuerdo de Sleeping satellite de Tasmin Archer, a guisa de música de fondo cada que visitaba la Casa del Libro en Tlalnepantla; y también de mis primeros libros de poesía comprados ahí: la Poesía lírica de Sor Juana Inés de la Cruz y los Cuatro cuartetos de T. S. Eliot, en las ediciones de REI; Hora de junio y Práctica de vuelo de Carlos Pellicer, de Lecturas Mexicanas, y Claridad errante de Octavio Paz, en Fondo 2000.

Me acuerdo de un programa televisivo de concursos, Apantállame, donde tuve la fortuna de participar; mi presencia comprobó a cabalidad que la cultura y los espectáculos pueden convivir en franca armonía, sin prejuicios de ningún tipo.

Me acuerdo de una larga caminata -y en línea recta- desde la Calzada México-Tacuba hasta el Palacio Legislativo de San Lázaro; más que prueba de resistencia y de velocidad, fue un peregrinaje hacia la memoria y el futuro. (Nunca me imaginé volver tan pronto a aquellos lugares visitados durante ese trayecto…)

Me acuerdo de los viajes al interior del Metro, junto a mi mejor amigo de la preparatoria; sus antologías en cassette y mis lecturas de Vicente Quirarte fueron nuestras cartas de navegación.

Me acuerdo de un martes, cuando asistí a un curso sobre arquitectura en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, en el marco de la exposición sobre Ricardo Legorreta; al salir de la sesión, sin pensarlo, entré a El Colegio Nacional, donde se realizó el homenaje a Beatriz de la Fuente, insigne integrante y la primera mujer en ingresar a sus filas.

Me acuerdo que asistí a las conferencias de José Emilio Pacheco, Fernando del Paso y Enrique Krauze en El Colegio Nacional. Después de mis clases en la carrera, escuchar a figuras eminentes compartir sus conocimientos afianzó mi fe en las Humanidades.

Me acuerdo de mi primer separador de libros, obsequiado por mi maestra inolvidable, cuyo pensamiento allí impreso se resume en una sola palabra: especial. (A partir de ahí, persiste una interesante colección…)

Me acuerdo del billete de Lotería Nacional alusivo a los 40 años de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, que compré para subirme al tren de las dinámicas en redes sociales para ganarme un paquete de libros. (No tuve suerte con aquel obsequio, pero obtuve a cambio la satisfacción de participar en los videos conmemorativos… y un doble reintegro en el expendio aledaño a la FES Acatlán, que se volvió reintegro en bucle con el correr de las semanas.)

Me acuerdo de las (únicas) dos canciones que me fueron dedicadas: A quien decidiste amar de Sandoval, y Ordinary world de Duran Duran.

Me acuerdo de que Georges Perec, Joe Brainard, Marcello Mastroianni y Margo Glantz tienen textos similares bajo el ritornelo de la frase “Me acuerdo…”, a quienes suscribo en intención como en invención.

Me acuerdo de aquella compañera de la preparatoria, que confió ciegamente en un aprendiz de escritor (obnubilado, en ese entonces, por la osadía de la juventud), y que, pese a diferencias irreconciliables, sigue como lectora a distancia de estas líneas.

Al final del día, siempre habrá algo que se vuelva digno de acordarse, de volver a aquel instante que nos dio destino y sentido, donde, después de todo, sigue más que vigente aquella sentencia proferida por Elena Garro en Los recuerdos del porvenir: “Yo sólo soy memoria y la memoria que de mí se tenga”.

babelises@hotmail.com

@Cliobabelis

EXTRAÑEZAS Y EXTRAÑAMIENTOS

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

(A Rocío Paulina, hoy en su cumpleaños…)

 

Extraño aquel radio despertador (comprado por mis padres en su viaje de bodas a La Paz) que llenaba de sorpresas y de alegría tanto las desmañanadas rumbo a la escuela primaria como los desvelos dominicales, donde La Hora Nacional daba lecciones de historia y de civismo.

Extraño las escapadas al cine Ópera con mi padre, luego de acompañarlo a sus reuniones del sindicato en Serapio Rendón; dentro del cine, entre el sueño paterno y mi gran ilusión, El festín de Babette y Los aristógatos develaban alegrías inusitadas.

FRAGMENTARIO Y ELOCUENTE

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

En alguna parte de El hijo del Capitán Trueno, Miguel Bosé nos dice que “los recuerdos que son abordados, al principio, están rodeados de niebla”, y no es para menos, puesto que, en el afán de recuperarlos para el momento presente, no nos llegan del todo nítidos; en ese sentido, es preciso armarse de valor y emprender su escritura, a fin de recobrar su claridad y justipreciar mejor su presencia.

Consciente de esto, Claudio Isaac nos entrega un volumen de raigambre memorialista, en torno a un director de cine cuya obra sigue suscitando interés genuino que enconada polémica; en particular aquéllos de los cuales fue testigo. Bajo la forma del fragmento, Luis Buñuel: a mediodía nos presenta aspectos del cineasta solamente reservados al anecdotario o a la secrecía reservada a las amistades de carrera larga. Luis Buñuel era un hombre con un sentido casi sagrado de la intimidad. A pesar de que en estas notas me entrometo en algunos de los intersticios más privados de su vida, en espíritu he tratado de no traicionar su pudor.

INTENSIDAD E INMENSIDAD

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

Entre las notas que Albert Camus hizo para El primer hombre, encontramos la siguiente: “Habría que vivir como espectador de la propia vida. Para añadirle el suelo que le diera conclusión. Pero uno vive, y los otros sueñan tu vida”. Como recordar es un arte difícil, es preciso echar mano tanto de los propios recuerdos como de los sucesos y figuras que nos rodearon en varios momentos de la vida.

Luego de una enorme trayectoria artística, Miguel Bosé hace un corte de caja de una vida vivida al máximo y nos ofrece, en El hijo del Capitán Trueno, su particular recuento, donde relucen tanto sus orígenes familiares como algunas figuras señeras del arte y del espectáculo que le ayudaron a buscar su vocación y un camino que, con todo y el impasse de hoy día, todavía le restan muchas cosas por hacer.

A lo largo de casi quinientas páginas, nos adentramos en los primeros 25 años de vida del cantante, desde su particular nacimiento en tierras extranjeras, siendo hijo de un matrimonio también extranjero: el torero español Luis Miguel Dominguín y la gran actriz italiana Lucia Bosé, de quien abrevó la sensibilidad para el arte y la creación, campos diametralmente opuestos a la bravura y el arrojo del figura fue Dominguín.

El primer capítulo, a diferencia de una biografía convencional, no inicia con el nacimiento del biografiado, sino con una confrontación entre dos fuerzas de la naturaleza, es decir, sus padres, y del cómo dicha confrontación desataría -para bien, para mal- los sucesos que le darían vida y destino al intérprete de futuros éxitos como “Creo en ti”, “Sevilla” o “Aire soy”. Aún con esos vientos en contra, persiste un buen recuerdo: Por favor, que alguien me lo atesore siempre en la memoria, porque aquel era el éxtasis más absoluto, el más seguro de todos los refugios que tuve jamás. Aquel del que nunca hubiese querido irme.

Mientras sus padres se afanan en hacer y deshacer (“nunca hacer por hacer”, como diría una canción suya), al pequeño Miguel y a sus hermanas Lucia y Paola les llega una presencia fantástica, firme de obras pero grata de intenciones, que con el tiempo se volvió indispensable dentro de la familia González Bosé: Remedios de la Torre Morales, la victoriosa, oteaba los campos que poco a poco iban siendo devorados por las hoces […] Sabía quién tenía mejor brazo con la horca o mejor lomo para el fajado, y reconocería a cada quien en sus voces y cantos aunque se viesen diminutos. Ésa era su vida, pensaba masticando, la que siempre imaginó, la mejor del mundo, la más libre, a la que volvería. La que le correspondía por ley a la más pequeña de las hermanas y cuarta de cinco. Sin embargo, otras fueron sus faenas, porque al volverse La Tata de aquellos niños, hizo frente a sucesos adversos, así también les hizo más llevadera la vida, endulzársela un poco más de la cuenta. A medida que sabemos más de la tata Remedios, a ratos se cae en la cuenta de que merecería una novela propia, porque sus tareas de cada día tuvieron alcances épicos, acompañando a los chicos y a la propia Lucia Bosé.

Si por el lado de las mujeres, la Tata fue predominante en la formación del futuro cantante, bailarín y actor, digno es mencionar al pintor Pablo Picasso, a quien Bosé le dedica el octavo capítulo de El hijo del Capitán Trueno, que, dicho sea de paso, bien merecería su propia vida, con lomo y tapas. En dicho capítulo, da cuenta de su encuentro con ese coloso del arte contemporáneo, quien sostuvo toda la vida llegar a pintar como un niño; visto así, conocerlo le confirmó ese postulado. Para Miguelito, Pablo lo era todo y para Pablo, Miguelito era su pasión privada, su retorno a la infancia. Se olieron y de inmediato se reconocieron. A lo largo de los años fueron construyendo un mundo no apto para los que se empeñaban en crecer, divertido y pícaro.

Las amistades, como los grandes maestros, se heredan a fuerza de conquista, es decir, en acercarse a ellos y compartir, además del tiempo presente, las enseñanzas que logran darnos; con todo y que Picasso respetaba el temple de Dominguín (recordemos sus dibujos de tema taurófilo) y se prendía de la belleza el charme de Lucia Bosé, con Miguelito la conquista se dio por obra de la creación, de leer el mundo de otra forma, donde los límites sólo eran los de la imaginación, campo donde ambos llevaban franca ventaja. […] Cuando los niños crecemos y pensamos en las personas que formaron parte del entorno de nuestra infancia, las dividimos en dos: las que pasaban tiempo jugando con nosotros y las que no. A las primeras las recordamos con mucho cariño y a las otras con antipatía. Así de simple. Y lo que abundaba durante las visitas de los chicos Bosé -y la Tata, secretamente admirada por el pintor- eran muchos juegos, incluso los realizados con pintura y papel, aunque a la esposa (y dealer) de Picasso viera en ello nulo valor comercial.

Diametralmente opuesto en extensión, mas no en grato recuerdo, está el capítulo que Bosé le dedica al Dr. Manuel Tamames, figura “paterna”, casi abuelo, para él y sus hermanas; amigo a su vez del diestro y admirador (por no decir eterno enamorado) de la gran actriz, procuraba buenos acuerdos entre ambos y, a su vez, prodigaba cariño y grata estima a esos niños cuyo insólito destino era ser hijos de sus padres (permítaseme aquí la redundancia). Siempre del lado del más débil, se volcó con mi madre, una mujer extranjera socialmente lapidada, con tres hijos a su cargo, y probablemente sin futuro. Consideró que mi padre había actuado como un cobarde, sin el más mínimo honor ni hombría, y para él estaba muerto, aunque nunca le perdió su admiración en los ruedos. […] Manolo, don Manuel, el doctor Tamames y otros motes, fueron esa armada de ángeles de la guarda que en mi infancia marcaron la diferencia en el dar ejemplo y en la mejor calidad de cariño y afecto.

El hijo del Capitán Trueno nos hace no sólo espectadores de una vida (la de quien pensábamos ya saberlo todo, desde las revistas del corazón hasta los trending topic de años recientes), sino de una época en busca de sentido (pues la España que él recuerda seguía siendo la misma con Franco en El Pardo y los “grises” por las calles). Sin embargo, la avidez por hallar una identidad propia se consumó más allá de las fronteras, y de ello, da cuenta “Londres 73”, cuya travesía marcó un antes y un después en su carrera, donde tampoco le faltaron presencias necesarias en sus postreras búsquedas. (Mencionarlas todas es pecar de exageración -al menos, para estas líneas.)

Para el lector estándar de memorias y autobiografías, este volumen destella, de principio a fin, intensidad e inmensidad: de recuerdos escritos con una prosa fluida y de amor al detalle, de sucesos y figuras de alcances épicos más allá del recuerdo. Al igual que Leonard Cohen, Bob Dylan y su compatriota Santi Balmes (vocalista de Love of Lesbian), Bosé toma la pluma para compartirnos algo más de ese genio y figura apenas vislumbrados en sus canciones; al final del día, sigue el mismo destino que todo memorialista que se precie de serlo, resumido en sus propias palabras: Los recuerdos que son abordados, al principio, están rodeados de niebla, y penetrar en ellos es tarea delicada. Ninguno se resiste completamente en realidad, si quieres hablar de ellos. Pero, sí, todos quieren ser contados de la manera más ocurrente. […] Muchos de ellos, hechos para ser recordados sólo una vez, se desvanecen al ser escritos […].

Quede en ustedes, navegantes de la lectura, embarcarse en esta nave a prueba de tiempo, pero llena de gratos instantes. (¡Buen viaje!)

Miguel Bosé. El hijo del Capitán Trueno. México, Espasa, 2021.

 

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