LA NOVELA INTERMINABLE DE JEAN MEYER

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

En Estas ruinas que ves, Jorge Ibargüengoitia decía de los habitantes de Cuévano (un Guanajuato apenas disimulado) su propensión de confundir lo grandioso y lo grandote. En estos tiempos, donde anteponer el adjetivo bicentenario a cuanta cosa esté cercana, se olvida lo esencial (incitar a la reflexión, como debe de ser) y se gasta la pólvora en infiernitos, es decir, en colosales desfiles y faraónicos segundos pisos. Incluso, dicha obsesión ha permeado hasta en los ámbitos editoriales, donde pululan las llamadas “novelas históricas”, que, en su mayor parte, se sirven del chismorreo y la polémica barata. Y aunque una marcada ventaja sea la publicación y/o reedición de varios estudios serios y canónicos al unísono, no deja de parecer odioso el panorama. Una honrosa excepción, dentro de los dos campos (investigación seria vs. narrativas petulantes), recae en la figura señera y sin concesiones del historiador franco-mexicano Jean Meyer, hoy flamante Premio Nacional de Ciencias y Artes 2011, que, a la par de sus investigaciones sobre la Cristiada, la historia de Rusia y el choque de las Iglesias Católica y Ortodoxa, también incursionó por los terrenos de la novela histórica.

QUERENCIA Y CONVERSACIÓN

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Ulises Velázquez Gil

En alguna entrevista consignada en Conversaciones, Emil Cioran mencionó una frase de cierta forma contundente: “Sólo existen los autores que son releídos”. Aunque incendiaria, esta sentencia encierra mucho de razón, dado que tanto los autores como los libros, luego de una o varias relecturas, suscitan varios regresos al punto de partida hasta volverse grata querencia y franco aprendizaje.

Un lector de tiempo completo, de nombre Jorge F. Hernández –y parroquiano de esta sección, claro está–, se une a esta empresa con un libro bastante sui generis, donde se conjugan admiración y maestrías: Signos de admiración. Compuesto por veintinueve perfiles, el autor nos da fe de su admiración y del acto de lectura al que se somete cuando el recuerdo lo remite, casi de inmediato, al aprendizaje adquirido en esas incursiones. Su labor se empeña en ir a contracorriente de lo impuesto por editoriales, cúpulas e inclusive los caprichos del merchandising en turno. 

EL TIEMPO TAMBIÉN PINTA

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Ulises Velázquez Gil

En ocasiones, cuando se conoce una parte de la obra escrita por una persona de “mal agüero”, solemos tirar al cesto de la basura más cercano el primer libro que hojeamos de y sobre él. Al tratarse de un historiador, todavía somos un poco más tolerantes, pero si hablamos de Enrique Krauze nadie sabe a qué atenerse. Pero yo sí lo sé, cuando el libro en cuestión lleva un sencillo y nada pretencioso título: Retratos personales, cuyo eje central es la biografía, a través de varios personajes de la vida mexicana que pasaron por su tiempo y espacio.

Veintiséis retratos, repartidos en seis secciones (Crear, Saber, Servir, Ejercer el poder, Criticar al poder e Historiar), son la muestra fehaciente del interés, pero sobre todo, de la admiración que Krauze tiene hacia varios personajes de la cultura, la política y las artes, cuya presencia aún suscita sea enconadas polémicas, sea gratas coincidencias. Aunque, cabría decir, que varios de los personajes reunidos podrían abarcar no sólo una, sino varias clasificaciones. “La clasificación que utilizo focaliza un aspecto de la persona, el que considero predominante”.

UNA HISTORIA PARA VARIAS HISTORIAS

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Derivada de los enconados debates –sin fin– entre la historia y la literatura, por un lado, abundan los engrudos narrativos y, por el otro, monografías rellenas de jergas y terminajos: los primeros, no pasan del caramelo literario, y los otros, del ensayo agridulce. Sin embargo, aún existen obras que ayudan al conocimiento de la historia, aunado esto a una prosa plena de fluidez para contarla. Un ejemplo maravilloso de semejante maridaje se halla en la novela Península, Península de Hernán Lara Zavala, narrador de trayectoria impecable, a quien más de uno podría reprocharle su anglofilia, mas no su cuidada prosa.

La novela en cuestión nos cuenta un suceso primordial en la historia mexicana del siglo XIX: la Guerra de Castas en la península de Yucatán en 1848 (cuando en otros lares, la bandera de las barras y las estrellas ondeaba con ímpetu vergonzoso); contada desde diversos ángulos (es decir, que alternadamente cada personaje cuenta su vida, como parte de), nos muestra la perspectiva tanto de los terratenientes como de los indígenas mayas, quienes sufren el poderío de los primeros. Entre uno y otro bando, dos personajes, la señorita Bell y el doctor Fitzpatrick (a la sazón, extranjeros llegados a la península), se ven enredados en los tejemanejes de los lados en conflicto. Miss Bell, mientras cuida a los hijos de los terratenientes, ¿qué más puede hacer una institutriz sino guardar en su diario las cosas del día? Si leemos con cuidado sus anotaciones, vemos que, en su condición de extranjera, se da cuenta, más que los propios habitantes, de los entramados suscitados en torno a la guerra. (Aún así, nunca interviene en los hechos.) En cambio, el Dr. Fitzpatrick sí participa de los conflictos locales. Los mayas de la Península ven no sin cierto recelo al médico irlandés (como extranjero que se digne de serlo), pero ninguno niega su don de gentes y su papel como salvador del pueblo… gracias a las artes médicas.

ESCALA ÍNTIMA

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En una charla en el otrora Centro de Lectura Condesa, Alberto Blanco, poeta y músico por los cuatro costados, se quejó acerca de cómo las revistas y los pocos suplementos literarios se han plagado de malos poemas y, por ende, de malos poetas, que toman su materia prima de asuntos banales como la política y la vida privada; sin embargo, cabe resaltar las siguientes palabras, alentadoras al fin: “no basta recibir el llamado, no basta tener el talento, esto es apenas el primer paso”.

Donde logran conjugarse tanto llamado como talento, tenemos la obra poética de la mexicana Helena Paz Garro, nacida –literalmente– entre letras, quien nos entrega una mínima pero significativa muestra de su quehacer poético en su primer libro en español: La rueda de la fortuna, bajo la incipiente serie de Poesía dentro de la legendaria colección Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica. (Paréntesis aparte: en su largo peregrinaje tanto literario como geográfico, Helena ya daba desde temprana edad muestras de una maestría y una intuición poéticas, inusitadas hasta para ella misma, que la orillaban a escribir sus primeros poemas, pero en francés, idioma impuesto por una esmerada educación en grandes colegios de Francia. Dicho esto, contar con una edición en español de su poesía es, en sí, un milagro.)

OCTAVIO PAZ EN SUS ANTOLOGÍAS

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Hay autores que, luego de no leerlos en mucho tiempo, cuando llega a nuestras manos una obra suya, completa y sola (sin la pretensión alcahueta de un Best Of), sentimos la necesidad de leerla por completo y cuando la abrimos al azar, este factor aleatorio nos orilla a proseguir la lectura, sin importar el antes ni el después de aquella página. En mi caso personal, ocurre esto con las obras de Octavio Paz (1914-1998), a quien leo con cierta devoción desde hace varios años.

VUELTA AL MISMO MAR

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Ulises Velázquez Gil

Hay escritores que se pasan la vida viajando sin designio previo, donde es más la experiencia vivida que el viaje realizado, quien otorga una cierta mirada del y hacia el mundo. Y cuando se está consciente de haber logrado una meta cumplida, digno es recapitular las cosas y hacer la justa valoración de todo. 

PALABRAS DESDE UNA VENTANA

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Ulises Velázquez Gil

Reza el lugar común que todo libro es, en sí, un viaje o, al menos, la invitación para hacerlo; sin embargo, cuando se está en un solo lugar, hay momentos y/o circunstancias que motivan el mejor de todos los viajes: aquél que se realiza al interior de la alcoba, frente a una ventana abierta.

Un sincero habitante de aquella habitación, de nombre José Saramago, portugués para más señas, sale a la ventana y nos entrega, en El equipaje del viajero, los resultados de mirar al mundo desde su propia alcoba, de donde regresa lleno de nuevas impresiones. (Y algunas postales, desde luego…)