PERMANENCIA Y PERSISTENCIA

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

E. M. Cioran, ese avinagrado pensador recién llegado al centenario, resumió en uno de sus aforismos su relación con el mundo: Todo el mundo me exaspera, pero me gusta reír. Y no me gusta reír solo. Cuando se trata de pasarla bien en este mundo cruel y despiadado, uno se vale de todo para ello, sin nada que perder al fin de cuentas, aunque, a decir verdad, de la mera intentona no pasamos. Sin embargo, una joven novelista mexicana, Brenda Lozano, se toma muy a fondo ese desafío y el resultado de ello será su carta de presentación, amén de su visión del juego.

Todo nada, su primera novela, cuenta dos historias: una, la del gastroenterólogo Emilio Nassar, médico de trayectoria impecable en cuanto a la investigación científica y consumado lector; y la de Emilia, su nieta, eterna estudiante de Letras y coleccionista de desconciertos amorosos, a la sazón, nieta del primero. La relación entre ambos se desarrolla durante el último año de vida del abuelo, cuando éste elige terminar su vida en pleno uso de sus facultades mentales y con la plena convicción de hacer, hasta el último suspiro, lo que le entre en gana, incluso morirse. En esa trayectoria, su nieta también vive una historia similar: la de su relación con el novio en turno y sus respectivas consecuencias.

INCIPIENTE Y EXPERIMENTADA

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

En su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, Salvador Elizondo lanzó una sentencia bastante lapidaria para todo autor que se respete: Nada ilustra la vocación de un escritor que la vida de su primer libro. Para unos, resulta gratificante recordarlo, como consecuencia natural de un talento innato, mientras que, para otros, suena engorroso acordarse de ello, por los yerros allí expuestos. Sin embargo, cuando el primer libro de un novel autor alcanza un reconocimiento inesperado, la duda sobre persistir o declinar en el camino se vuelve una constante de vida.

En las letras mexicanas son contados los casos de jóvenes autores que se aventaron al mundo editorial, a sabiendas de pasar desapercibidos, o también, proclives a una extraña sobrevaloración por parte de sus lectores. Algunos –muy pocos, claro– han sabido crecer (y crecerse) con gracia e ingenio, cuyas poéticas, es decir, los engranajes de su creación literaria, ahora nos resultan obvias y hasta recurrentes. A este elenco de noveles autores en México, ahora se inscribe un nombre doblemente atípico: Andrea Chapela, quien aparece en la escena literaria con su primera novela, La heredera.

UNA REVOLUCIÓN PERSISTENTE

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Hace más de un año, y con el pretexto de celebrar los 200 años de la Independencia y los 100 de la Revolución, el mundo editorial mexicano estuvo pletórico en publicaciones al respecto, entre facsimilares y de nuevo cuño; en este punto, CONACULTA presentó una colección, Summa Mexicana, donde se conjuntaron varios volúmenes con lo más granado de la cultura mexicana, empresa más que encomiable, bajo la tutela y el cuidado de Vicente Quirarte. Entre los títulos allí publicados destaca uno que, sin hacer mucho ruido, digno es acercarse a él para conocer otro ángulo de la Revolución mexicana. Y aunque el tema sea hoy moneda corriente –con sucesivas relecturas, claro está–, el autor de esa señera obra todavía espera tanto un biógrafo justo como un séquito de lectores. Hablo, ni más ni menos, del tabasqueño Andrés Iduarte.

CONFIDENCIA Y HERMANDAD

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

Desde hace más de un año, todas las efemérides giran en torno a una misma figura de las letras mexicanas para siempre hacer de las suyas en el ingente esfuerzo por mantener aún en la memoria la presencia señera de un escritor con todas las letras llamado Alfonso Reyes, cuya inmensa obra –veintitrés volúmenes, más de quince epistolarios, dos gruesos tomos de labor diplomática y apenas las primeras dos entregas de su Diario– suscita tanto admiración (hacia la obra) como respeto (hacia los abultados volúmenes). Sin embargo, varios críticos y allegados al propio Reyes (léase Alicia Reyes, nieta suya y albacea del patrimonio alfonsino) se han dado a la tarea de presentarnos varias facetas de su obra mediante el socorrido recurso de las antologías, suerte de pasaporte o salvoconducto hacia los territorios de la creación alfonsina. Y una de ésas, enfocada en la faceta epistolar, llega en el momento justo: Cartas mexicanas (1905-1959).

LA VIDA QUE SE DETIENE

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

En las letras mexicanas, son contados los casos de escritores únicos, cuya obra aún espera un paciente lector y un crítico certero que pondere su presencia en el panorama cultural. A esta pléyade de autores “iconoclastas”, donde se mencionan los nombres de Josefina Vicens, Pedro F. Miret y Francisco Tario, hay uno que, por sí mismo, destaca entre todos. Su nombre, Salvador Elizondo.

Para unos, narrador consumado, para otros, poeta secreto, y para algunos, provocador profesional, Salvador Elizondo fue la prueba viviente de esa pasión por la escritura; misma que cuenta con obras emblemáticas como FarabeufNarda o el verano, Camera lúcida o Estanquillo, por decir algunas. Y como todo escritor que se respete, halló cobijo en las páginas de un periódico simplemente para compartirnos sus visiones, maravillas trasnochadas, incluso después de haber fallecido.

CIUDADES QUE SE LLEVAN PUESTAS

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

No hallarás otras tierras, no hallarás otro mar. La ciudad habrá de seguirte. ¡Cuánta razón tenía Constantino Cavafis cuando urdió este verso!, emblemático de su poema “La ciudad”. Entre la aspiración del poeta a que un solo verso suyo quede inscrito en la memoria colectiva de las ciudades, han quedado para lectura nuestra varios poemarios en las letras mexicanas, prueba fehaciente del trato que la ciudad nos otorga. Sin olvidarnos de narradores nones como Agustín Yánez, Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco, Vicente Quirarte o Jorge F. Hernández, es la poesía el campo de batalla donde se pone a prueba la resistencia del viajero (flâneur), metido a cronista de sus días; Rubén Bonifaz Nuño, dos Efraínes (Huerta y Bartolomé), y los ya mencionados Pacheco y Quirarte, luego de conocer su bajofondo, no sólo se armaron de valor en describir la ciudad, sino plasmar en sus obras la agreste respuesta que ésta les dio.

Cuando una mujer (Eurídice a la inversa) se introduce en esos infiernos, quizás esperaríamos una respuesta menos alentadora, pero no es así. Y aunque Elva Macías lograra primero esa empresa en Ciudad contra el cielo, quien se tomara muy en serio esa intentona es una joven poeta que no creció dentro de una ciudad, sino que lo hizo a la par suya. Claudina Domingo, poeta con muchas millas de vuelo acumuladas, nos entrega un poemario lacónicamente llamadoTránsito, crónica en instantes de una urbe descarnada y a veces intolerable.

UNA BIBLIOTECA EN TRES TIEMPOS

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

En la historia de la cultura (sin importar latitudes y épocas) son encomiables los esfuerzos de aquellos libreros y bibliófilos que han consagrado su vida a la conservación del conocimiento; los más acendrados en su empeño pasan a bibliómanos, cuidando su patrimonio para consumo personal, quienes, además de cumplir ese afán, conjuntan el saber de su tiempo, en aras de su constante retroalimentación. Ejemplo de ese saber vivo es José Luis Martínez (1918-2007), cuya biblioteca fue el fruto de más de sesenta años de cuidado y conformación sucesivos. A raíz de su muerte, fue adquirida por las instancias gubernamentales, y así asegurar su acervo, sin embargo, se planteó otro problema: ¿cómo asegurar por completo aquel cuidado? Para que esto se lograse a cabalidad, el investigador Rodrigo Martínez Baracs, a la sazón hijo del ilustre bibliófilo, se dio a la tarea de escribir una pequeña guía bibliográfica al respecto. Dicho esfuerzo quedó coronado en el libro La biblioteca de mi padre, que hoy llega a nosotros con la misión de cuidar el patrimonio bibliográfico generado por José Luis Martínez, sin que traspase las fronteras del olvido (burocrático y libresco), conservando así su toral presencia.

Martínez Baracs dividió su trabajo en tres partes, donde cuenta la formación de la Biblioteca, su momento actual y el (posible) porvenir de la misma. Toda biblioteca que se digne de serlo debe conformarse por libros comprados, obsequiados y hasta robados (mediante la engorrosa institución del préstamo personal, claro está); el autor no repara en pormenores al reconocer esta condición en su remembranza. En su misión como funcionario, tanto en el sector cultural como en el diplomático, sus andanzas bibliográficas lo llevaron a hacerse de todas las publicaciones en torno a la cultura mexicana. Igualmente, su amistad con importantes escritores, como Alfonso Reyes, Octavio Paz y Alí Chumacero, derivó en una generosidad bibliográfica, quienes le obsequiaban libros propios como ajenos y así engrosar su conocimiento de las letras mexicanas (no por nada, Gabriel Zaid lo denominó curador de las letras mexicanas), empresa complementada por el acopio constante de todas las revistas y suplementos culturales habidos y por haber, desde la colección completa de La Antorcha(legendaria publicación hecha con el sello de José Vasconcelos) hasta el sibarítico ¡Ja-Ja! Cierra Martínez Baracs el primer apartado con una tardía afición de su padre a las subastas de libros antiguos, a las que solía acompañarlo: unas veces, campante de haber conseguido un garbanzo de a libra, y otras, desanimado al no hacerse de nada. (Gajes del oficio… libresco.)

En el segundo apartado, “Los grandes fondos”, conformado por nueve incisos, resaltan los tópicos de literatura e historia mexicanas. Si recordamos la señeras intenciones de José Luis Martínez al conformar su biblioteca (conjuntar el saber y la cultura de México), no nos cabe la menor duda de la prioridad concedida a esos fondos bibliográficos, cuya sola consulta permitió confeccionar lo mismo ediciones canónicas de importantes autores en las letras mexicanas, como su edición de las Obras de Ramón López Velarde, e igualmente plasmar esas impresiones en libros propios. Respecto al rubro de la Historia, José Luis Martínez también se preocupó por tener al día todas las publicaciones: primeras ediciones, guías bibliográficas y hasta códices en facsímil develan el oficio del conocimiento que circulaba por sus venas. (Su Hernán Cortés, con todo y volúmenes complementarios de documentos, lo demuestran con todas las letras.) Una cualidad que pintaba a don José Luis de cuerpo entero, era su insistencia en tener todas las ediciones de un mismo libro: desde el coffee-table hasta las versiones “baratas” y de bolsillo. (Cabe decir que, enn cuanto al compendio de la cultura mexicana, su biblioteca fue una de las más completas, sólo equiparable a la de su colega y amigo Alí Chumacero, cuyo fondo bibliográfico aún espera tanto cobijo definitivo como biografía en proceso.)

Por último, la tercera parte del libro se enfoca, casi de manera testamentaria, al futuro de la biblioteca. Asegurar su conservación no equivale nada más a tener todos los libros en un solo recinto (en principio, se pensó en el Palacio Nacional, hoy sabemos que reside definitivamente en la Biblioteca de México, por los rumbos de la Ciudadela), sino cuidar que ese patrimonio siga con vida; esto es, recomienda Martínez Baracs: buscar la forma de cómo guardar los papelitos encontrados en cada ejemplar, cuidar las camisas de las ediciones encuadernadas, continuar el acopio de las revistas y suplementos culturales, y dos que me parecen indispensables: evitar el crecimiento indiscriminado de la biblioteca, dándole prioridad a los rubros arriba mencionados, y hasta proyectar en un futuro próximo una edición con las dedicatorias más bonitas de cada libro. (Esto último pude constatarlo al revisar sendas ediciones de Libertad bajo palabra de Octavio Paz, y Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, por mencionar algunas.)

A final de cuentas, La biblioteca de mi padre de Rodrigo Martínez Baracs es sólo la primera parte de una gran empresa tanto cultural como sentimental; en la labor de escritores, críticos e investigadores (hoy metidos a cuidar la buena salud de la cultura en México, como hiciera José Luis Martínez en su tiempo), su presencia es más que indispensable. Por el significado afectivo que encierran sus páginas, cumple una deuda de honor con la historia de la literatura mexicana, y de amor hacia un padre que dio destino, constancia y pasión bibliográfica.

Rodrigo Martínez Baracs. La biblioteca de mi padre. México, CONACULTA, 2010. (Memorias mexicanas)

PASIONES Y OBSESIONES

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

Entre la vorágine de publicaciones que salieron con motivo del Bicentenario en 2010, buena parte de éstas acabó por volverse un souvenir del momento. Ante este desalentador panorama, cierta labor crítica recayó en la figura del polémico historiador Enrique Krauze, quien luego de publicar un grueso volumen en torno a la figura de Hugo Chávez, ahora nos entrega De héroes y mitos, obra que llega con vida ante un cacareado espíritu patriotero, para criticarlo en sus justas dimensiones.

Es preciso decir que los quince ensayos que componen De héroes y mitos hacen un recuento de los intereses y las obsesiones de Krauze en los últimos años en estudiar a fondo, y sin prejuicio de por medio, la historia mexicana. En el primer apartado, “Tres géneros problemáticos”, deshace varios paradigmas impuestos por la mira oficialista del momento; critica la “historia de bronce” al bajar a los próceres del pedestal… y del caballo; nos recuerda el otro lado de la Revolución mexicana (los que la sufrieron, sin haberse significado del todo), y, claro, reprueba una tendencia reciente de la historiografía académica: escribir e investigar la historia sólo para consumo personal, es decir, con terminajos incomprensibles para el lector común, pero “apropiados” para los “colegas”. (Para quienes esto les suene familiar, el texto “Desvaríos académicos” es la lectura sesuda del encuentro que organizó la UNAM con motivo de los Centenarios de 2010, cuyas posteriores réplicas hicieron voltear la vista a este ensayo, para, finalmente, darle la razón al crítico.)