FILUNI 2017: PRIMERA LLAMADA

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

En la tradición judía se dice que cuando se hace bien una cosa, es suerte de principiante; cuando se hace bien por segunda vez, sigue siendo suerte de principiante, pero a partir de la tercera ocasión, ya obtiene cierta permanencia. Para el caso de las ferias del libro, queda bien aplicado esto; como ha ocurrido con el Palacio de Minería, el Zócalo de la Ciudad de México y la Expo Guadalajara, cada feria ha pasado por toda suerte de cosas, desde imprevistos hasta programaciones de última hora, sin dejar de lado la misión de compartir lecturas y algo del mundo. Pero cuando el ámbito académico determina el camino a seguir de un encuentro editorial, a la primera de cambio nos asalta la incertidumbre.

Del 22 al 27 de agosto, la Universidad Nacional Autónoma de México, en colaboración con diversas instituciones propias y periféricas, llevó a cabo la primera edición de la Feria Internacional del Libro Universitario (FILUNI), en el Centro de Congresos y Convenciones, al sureste de Ciudad Universitaria, donde se reunieron los fondos editoriales de las universidades y centros de investigación más importantes del país, y del extranjero. (Para esta primera edición, la invitada de honor fue la Universidad de Salamanca, España, así que la expectativa al momento de su inicio ¡a mil por hora!)

Quien esto escribe, con sendos vales Punto y lee en sus manos y una emoción tan desbordada como drenaje capitalino en temporada de lluvias, hizo escala allí el sábado 26, ávido de conocer un ambiente editorial algo distante de otras ferias. (“Aquí el FCE no hizo falta”, me dije, “porque tiene bien ocupada su artillería en Zacatenco, y el 31, con su Venta nocturna ¿qué más decir?”)

Pasadas las 13 hrs., y con una entrada de cortesía por haber llegado en el Pumabus especial desde el Metro Universidad, entré al recinto ferial con la misión de acudir a la presentación de los Clásicos de la Lengua Española, colección de libros publicada por la Academia Mexicana de la Lengua. Desde la edición crítica y definitiva del Cantar de Mío Cid hasta la novísima de El águila y la serpiente de Martín Luis Guzmán, pasando por la Gramática de la lengua castellana de Elio Antonio de Nebrija, entre otras obras, fueron presentadas por dos académicos de la comisión de publicaciones, Felipe Garrido y Alejandro Higashi, quienes ponderaron la naturaleza de cada edición crítica, y del beneficio que a los jóvenes lectores les traerá. (Entre el público asistente se encontraban Adolfo Castañón y Concepción Company, colegas y compañeros de institución, y varios lectores ávidos de conocer la oferta editorial de la AML, quienes al final de la presentación, podrían adquirir, con el 40% de descuento, dichas publicaciones.) Terminó la presentación y me quedé un rato platicando con Alejandro Higashi, quien me comentó, entre otras cosas, la (posibilidad) de llevar esas publicaciones a la FES Acatlán. “Deja que se acomoden los tiempos, y allí estaremos. “Por mientras, conseguiré tu discurso de ingreso”, le dije. “Todavía no sale… Y ahora nos mandan pocos libros, porque las ediciones ahora son de 250 ejemplares”. (Ambos lamentamos esa situación). Me despedí de Alejandro, en espera de otra generosa coincidencia.

Luego de pasar lista con los académicos de la Lengua, inicié mi recorrido por los pabellones y puestos ubicados a lo largo del recinto ferial; mi primera escala fue en “el stand más coqueto de la FILUNI”: el de AAPAUNAM, donde la siempre diligente Karina (a quien había visto dos veces la semana anterior) me recibió con todo gusto. Como a los cinco minutos, Kari y sus compañeras se fueron a comer, y aproveché para llevarme algunos libros de obsequio (uno de ensayos de Adrián Curiel Rivera, y ejemplares de Voz Viva UNAM), folletos del Turissste y dos chocolates marca AAPAUNAM.

A medida que entraba a cada puesto, lo hacía con una sonrisa y salía con la cara desencajada (no por los precios, sino por la indecisión por ver qué libro llevarme); la Veracruzana y su colección de clásicos (un saludo a Elyse Hdez., fan de dicha colección), la Autónoma de Nuevo León y sus autores de horneada reciente, editoriales universitarias del occidente del país, y, claro, mis amigos de El Colegio Nacional, quienes me mostraron la novedad del momento: la edición especial de Los signos en rotación de Octavio Paz, con ensayos críticos y algunas cartas al respecto. (Sus libros de canasta, no tienen comparación.) Al momento de dejar el puesto, me encontré con Humberto Musacchio, quien compró un catálogo de Diego Rivera, editado por el COLNAL. Lo saludé, luego de varios años de aquella charla con Óscar de la Borbolla, y le reclamé una cosa: que en su programa de radio dijera que la Academia Mexicana de la Lengua no tuviera publicaciones propias. “Pero si la Academia tiene su puesto por aquí, así que no tienes pretexto para conocerlas…”, le dije. Y cada quien siguió su recorrido.

No lejos de ahí, estaba el pabellón de la Universidad Autónoma Metropolitana, y ni tardo ni perezoso, me puse a revisar los anaqueles, en busca de algún libro interesante. ¡Sorpresa! Sí lo encontré: las Seis niñas ahogadas en una gota de agua de Beatriz Espejo (que me quedé con ganas de tenerlo, por las dinámicas lanzadas vía Facebook) y lo mejor de todo, ¡con el 40% de descuento! Y para rematar la emoción, al momento de pagar con un vale de 150 pesos, pedí mi taza UAM. (Con una sonrisa en el rostro, me cayó el veinte sobre una cosa: “¡Pero si es la misma persona que siempre me atiende en la librería UAM del Centro Histórico…!” Y para más señas, en días anteriores colocó su foto en la página de Facebook de la FILUNI para el concurso de la fotografía más votada. C’est la vie…)

Las sorpresas no paraban ahí, pues en el stand de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla encontré un libro que hacía tiempo me hacía cosquillas, gracias a la biografía de Rafael Cabrera sobre Elena Garro: la Correspondencia con Gabriela Mora (1974-1980), pero donde mis impresiones y corazonadas estaban como en montaña rusa de Chapultepec, fue en el pabellón anfitrión: el de la UNAM, donde me dejé llevar por dos novedades: las Crónicas del volcán de Jaime Sabines (bien cuidadas por Pilar Jiménez Trejo, un saludo desde aquí), El apolíneo Alfonso Reyes y el dionisíaco José Vasconcelos: encuentros y desencuentros de Javier Garciadiego (su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua) y una obra de T. S. Eliot, Lo clásico y el talento individual¸ de la colección Pequeños Grandes Ensayos. (Al momento de hacer cuentas para que todo cuadrara con el otro vale especial que me quedaba, cambié hasta tres veces el tercer libro que me llevaría, pero opté por Eliot, finalmente.) Pero la hora del chou fue al momento de pagar en la caja: sólo me faltaban ¡ocho pesos! para llegar a los 150, y el compañero de la caja, para “facilitarme” la tarea, me orilló a comprar un separador UNAM (el cual terminé por extraviar en alguna parte de la feria). Pese al extraño episodio a la hora de pagar, seguí viendo stands.

Con todo y a un paso de retirarme, tanto el puesto de la Universidad Iberoamericana como el de las publicaciones del IPN, me “hacían ojitos” algunos de sus libros, entre ensayo literario y obras de creación, sin embargo, el presupuesto se me hacía chiquito, y el tiempo, acortándose a cada paso. Y en la disyuntiva de irme o quedarme, saludé a Leopoldo Valiñas, recién liberado de sus actividades en la Academia Mexicana de la Lengua. “Ya soy hombre libre, ¿cómo ves?” “Pero de que tienes libro gracias a la Academia, ni quién lo dude… Es más, lo acabo de ver, en un paquete con otros tres”, y le señalé el lugar.

Decidido ya a dejar el lugar, tuve dos gratos encuentros: en el stand de la UNAM, con don Enrique González Pedrero, hoy flamante doctor honoris causa, y con Sara Uribe, en la parada del Pumabus especial, de camino a una presentación. Mientras llegaba mi transporte, acomodé libros, folletos y separadores en todas las bolsas que me habían dado, para que en el trayecto de vuelta a casa, no me fuera incómodo sacar y meter el libro a leer.

Como en la referencia judía al principio de estas líneas, la primera edición de la FILUNI tuvo suerte de principiante (le fue muy bien), pero a estas alturas del tiempo no tenemos una respuesta concreta, donde justipreciar bien a bien sus aciertos como sus errores. A título personal, volveré el año entrante, con la certeza de encontrarme con los fondos editoriales de las universidades al interior del país; en concreto, para proseguir con la conversación suscitada a principios de año. Ya el tiempo nos dirá si se aguanta una segunda edición, o se vuelve permanente desde la tercera. (Ustedes tienen la última palabra…)

 

babelises@hotmail.com

@Cliobabelis

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