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LAS HORAS DE MI AGENDA

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

Escalas en el Circo Ataibo. En la entrega anterior, mencioné muy de botepronto la feria navideña de la Brigada Para Leer en Libertad, localizada a un costado del Palacio de Bellas Artes, y que terminó ayer con una respuesta inusitada. Pero vayamos por partes.

El lunes 11, y luego de llevar documentos a Ciudad Universitaria, quien esto escribe se dio tiempo para echar un ojo a todos los puestos de la feria; en uno, por poco y me desmayo, con sólo ver una mesa de libros publicados por Era ¡¡en 10 pesos!! Eché un vistazo y los títulos no estaban de mal ver: un tomo de homenaje a Adolfo Gilly, poemarios de Malva Flores, Julián Herbert, Tedi López Mills y una joya: la Oración del 9 de febrero de Alfonso Reyes, con todo y el facsímil del manuscrito. Y como sugería uno de mis maestros, “si ves uno, compras dos”. Así lo hice. Seguí recorriendo puestos y en uno, donde se remataban libros a 30 pesos, encontré La Invencible de Vicente Quirarte, y en el de la brigada, por fin se me hizo conseguir uno de Miguel Ángel Granados Chapa sobre Francisco Zarco y la libertad de expresión. (Como era de esperarse, adquirí dos ejemplares: uno para mí, otro para regalar.)

Después de una breve conferencia (y de conseguir dos ejemplares -¡los últimos!- de una novela de Leonard Cohen, en el Pasaje Zócalo-Pino Suárez), volví al Circo Ataibo (como cariñosamente le llamo al espacio que ocupa la feria de la brigada) al mismo lugar de la vez pasada: el puesto donde estaban los libros de Era; lamentablemente ya no estaba la mesa de 10 pesos, pero ahí seguían los ejemplares del Diario abierto de Vicente Rojo que no dudé en comprar. Y algunos me guiñaban el ojo para llevármelos el domingo 17…

Cerca de las 2 pm del domingo 17, y antes de la charla de Jorge F. Hernández con Ezra Alcázar, volví a la mesa de los días anteriores: ¡sorpresa, sorpresa! En ambas mesas, donde conseguí sendos libros de Reyes y Rojo, la oferta del último día: tres libros por 100 pesos. (Me latía llevarme Vestigios de Javier Sicilia y El viaje de Sergio Pitol, pero casi ya daban las 2 pm y regresé como de rayo para la charla con Jorge F., a quien no veía desde Minería, cuando presentó su Solsticio de infarto.) Para cuando volví al foro principal, la mitad de los asientos ya estaba ocupada y por suerte, alcancé buen lugar en primera fila; desde ahí, vi a lo lejos que sus hijos Santiago y Sebastián ya andaban por la zona.

Entre sus andanzas de los años recientes en Madrid y sus regresos a la Ciudad de México (“Madrid estará muy bonito, pero no tiene el Palacio de Bellas Artes, que es a toda madre…”), Jorge F. compartió con los asistentes cómo escribió sus novelas La Emperatriz de Lavapies y Réquiem para un Ángel, y que ahora escribe otra, Bosque es memoria, sobre su infancia y adolescencia en Washington. A semejanza de las anteriores, Bosque… la escribe en Madrid, porque para pintar una ciudad, es preciso estar en otra: el Madrid de La Emperatriz… se construyó en la Ciudad de México, ulterior escenario de Réquiem para un Ángel, revisada y corregida en los lares del oso y del madroño.

Al término de la charla, a un lado del escenario activos y nuevos fans de Jorge F. se le acercaron para la firma y la selfie, muy a la manera de Santa Claus en la Alameda; luego que se fue el último lector, me pidió que lo acompañara a buscar ejemplares de sus libros, y en el puesto de Penguin Random House compró los únicos que allí tenían: Un montón de piedras (en la edición de Alfaguara, con ilustraciones del propio Jorge en portada) y El dibujo de la escritura, del cual me obsequió un ejemplar firmado. Mientras le entregaban sus libros, le pregunté sobre la segunda parte de Signos de admiración (del cual hizo referencia en su charla), de nombre Saber de memoria: “Ése ya lo entregué a la imprenta, ojalá y salga pronto; lo que sí no tengo son ejemplares de Signos…”, y al escuchar esto último, le comenté que en varias librerías de la UNAM se pueden encontrar unos cuantos, y que con todo gusto se los localizo. (“Regreso en enero o en marzo”, me dijo.) Después de tomarnos una foto (para el Instagram, cabe decirlo), nos despedimos con la esperanza de vernos pronto, muy pronto.

Aunque ya había cumplido con el cometido de mi tercera y última escala en el Circo Ataibo, todavía estuve por allí algunas horas, y para el momento de mi partida, Óscar de la Borbolla estaba ya en el escenario, presentando su libro más reciente, El arte de dudar, pero ya no me quedé a escucharlo (cosa que sí me hubiera gustado).

Para cerrar un año de gratas visitas y muchos libros, la Brigada Para Leer en Libertad no se midió al organizar esta feria a un costado del Palacio de Bellas Artes, y más cuando en su cartel de invitados relucen muchas presencias gratas, sólo visibles por obra y gracia del azar. (Si el encuentro se repite el año entrante, seguro que se repetirá ese prodigio. Sin duda.)

Luis González y González, de ida y vuelta. El pasado 13 de diciembre se cumplieron 14 años del fallecimiento del historiador Luis González y González, y una manera muy grata de recordarlo fue mediante la lectura de alguno de sus textos; el firmante de esta columna hizo lo propio con La historia académica y el rezongo del público, su discurso de ingreso a El Colegio Nacional. Una de las cosas a notar de dicho texto: cuatro maneras de acercarse a la Historia, donde más de un lector suscribiría cualquiera de las cuatro, y hasta con algo más de empeño, en todas. (A mis colegas historiadores no les vendría mal leerlo, o releerlo, en su defecto. No dejarían de sorprenderse… como yo.)

Y ya que hablamos de discursos de ingreso a El Colegio Nacional, en estos días ya se puede conseguir Salud y educación superior: tiempo de transiciones de Julio Frenk Mora, nuevo integrante del recinto de Donceles 104 desde finales de mayo pasado; en la parte final de su lección inaugural, Frenk Mora hace referencia a La ronda de las generaciones, obra harto conocida de Luis González y González, para referirse a su papel dentro del árbol genealógico de El Colegio Nacional. (Y eso que leí ambos textos con ¡un día de diferencia! Si a ello no se le puede llamar azar, ¿de qué otra manera se podría? Quede ahí la pregunta…)

Cita para leer en horas 24. “Con las palabras de todos los días, algunas de ellas usadas ya hasta sus más elementales y desteñidas cuerdas, se escribe el poema. De allí esa trágica condición de aproximativo, de blanco que nunca llega a tocarse que padece la poesía. Los dos caminos buscados con estéril ansiedad por el poeta: la minuciosa selección, la decantación exquisita del vocablo, o la suma hasta el agobio, el cerco verbal hasta el agotamiento, Mallarmé y Whitman, si es el ejemplo necesario, conducen a la misma orilla desolada desde donde se percibe apenas, allá en la otra ribera, al otro lado de las palabras, el gran canto desesperado y sordo con el cual nos hemos tenido que contentar desde Homero” (Álvaro Mutis, Estación México).

Coincidencias en la lectura. En una entrega anterior de estas Horas, ante la concesión del Premio Nobel de Literatura de este (todavía) 2017 al escritor anglo-nipón Kazuo Ishiguro, que por fin ésta sería la oportunidad perfecta para leerlo, y no es para menos, dado que siempre me ha interesado; gracias a un obsequio navideño, tengo en mis manos Los restos del día, la novela -por así decirlo- más famosa de Ishiguro (y llevada a la pantalla de plata, con Anthony Hopkins y Emma Thompson en los papeles principales). En la misma semana en que llegó esta novela a mis manos, conseguí la primera novela del músico y escritor canadiense Leonard Cohen, El juego favorito.

Justo en el momento de sacar estas novelas de mi maleta, recordé que alguno de los reportajes sobre el flamante Nobel de Literatura, antes de ser escritor, Ishiguro quiso ser músico, influido por Bob Dylan (su antecesor en el galardón sueco) ¡y Leonard Cohen! (Bien dicen que “tienen sus hados los libritos”, y no sólo en los tórculos desde donde nacen, sino en cómo unos se llaman a otros.)

En estas semanas, y con una torre de novelas sobre mi escritorio, tanto la de Ishiguro como la de Cohen tendrán su consabida lectura, y descubrir lo que los arcanos del azar esconden en sendas obras. (Ya les contaré cómo estuvo… Seguro.)

¿Y el listado de cada año? Una tradición de cada año en esta columna (y en su hermana mayor La marcha de las Letras), es el listado de los mejores quince libros, y como tal, siempre me quiebro la cabeza mientras reviso con cuidado la lista de libros leídos.

Para cerrar 2017 como se debe, además de los quince del año, habrá un listado especial, del cual ya tendrán noticias (si no por aquí, en otra parte). Por ahora, ¡a leer!

(¡Gracias! Nos leemos pronto.)

babelises@hotmail.com

@Cliobabelis

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