Raymundo Ramos

RAYMUNDO RAMOS: PEQUEÑAS MEMORIAS

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

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¿Cuándo fue la primera vez que escuché el nombre de Raymundo Ramos? Seguro que fue hace veinte años, cuando compraba los sábados el diario Unomásuno, a la salida de mis clases sabatinas de computación en la preparatoria. Aunque le echaba un vistazo a buena parte del diario, siempre leía completo el suplemento cultural Sábado, de cuya plana de colaboradores despuntaban nombres que hoy ya son noticia.

Una sección en particular atraía mi atención en cuanto abría el suplemento: “Mesa abierta”. Su autor, Raymundo Ramos. “¿Será el mismo que escribe de política en la primera plana?”, me preguntaba. Tópicos de literatura, algún cuento de cuando en cuando, ensayos, retratos, entre otras vertientes, conformaban el panorama de aquella mesa abierta. En algún suplemento de aniversario, varios de los colaboradores compartieron su testimonio, entre ellos Ramos, quien hizo un “pequeño” recuento de su vida en el periodismo cultural: de la legendaria revista La Capital, de Alfredo Kawage Ramia, hasta el suplemento de marras, por obra y gracia de un colega suyo, Huberto Batis, director de Sábado. (De aquel testimonial, me quedó muy marcada una frase: Experiencia de locos ungidos a la crónica y corrección de planas en horas 24. La leo ahora, y sin saberlo en ese momento, me marcó un camino a seguir.)

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Luego de diez meses del paro que tuvo cerrada la UNAM, en febrero de 2000 ingresé a la carrera de Lengua y Literatura Hispánicas, en la entonces ENEP Acatlán (o Campus Acatlán, cuyo escudo tenía un enorme parecido con la imagen de una conocida compañía de gas estacionario); con todo y que semanas antes, ya me había estrenado como alumno en las clases de Introducción al Pensamiento Filosófico 1, en aquel primer día de clases conocería a toda la planta docente. Después de Historia del Arte 1 e Introducción al Pensamiento Filosófico, a las 12 pm inició una materia que no habré de olvidar en toda la carrera: Teoría de la Creación Literaria, impartida por Raymundo Ramos Gómez. “¿Acaso será el mismo que escribe todos los sábados en el Unomásuno?”, me preguntaba, y como la presencia del maestro imponía por los cuatro costados, me quedé con la duda un buen rato, hasta que un día, al finalizar su clase, me armé de valor, y con el suplemento de aniversario en las manos, le pregunté. En efecto, me respondió que sí era, y por partida doble: en primera plana, sobre asuntos de actualidad, mientras que en Sábado, de literatura y otras cosas. (A decir verdad, le sorprendió que uno de sus alumnos lo reconociera por su faceta periodística, pero ahí no quedó la cosa…)

En alguna de sus clases, nos leyó textos de un libro suyo, Alta infidelidad y los espejos cóncavos, publicado por Conaculta en la colección Periodismo Cultural; cuando terminó su clase, vi el ejemplar y en cuestión de días, me lancé a la librería Educal del Pasaje Zócalo-Pino Suárez para buscarlo, pero un compañero (hoy, dedicado a las ediciones didácticas) me ganó el único ejemplar que había. No fue sino en la sucursal del Templo Mayor, debajo de las oficinas del Fonca, donde compré mi ejemplar -¡y el único, también!-, que leí de regreso a casa. Buena parte de los textos allí publicados, ya los conocía del suplemento Sábado, pero los demás me dejaron con la boca abierta (tal es el caso de “Estatuilla de Dante”, un minicuento tan explosivo que si se lee ahora, duplicaría su efecto corrosivo y crítico).

Una vez que terminó su clase, saqué de mi portafolio el ejemplar de Alta infidelidad y los espejos cóncavos, y en vez de sentarse para firmarlo, me pidió que lo acompañara a la División de Humanidades, donde haría escala en la oficina del entonces jefe de sección de Letras, Miguel Ángel de la Calleja. Antes de dejarlo ahí, le recordé de la firma, sacó su pluma de gel del bolsillo de la camisa y luego de quitarle la tapa, la pluma cayó de punta al suelo y se dañó. Entonces le ofrecí un bolígrafo (cosa que no le agradó), y con el compromiso más que otra cosa, firmó mi ejemplar.

Con el tiempo, me dio la confianza necesaria para compartirle los textos que había escrito en el taller de creación literaria de la preparatoria; al término de su clase, me dio su veredicto: “Una cosa es escribir sonetos, otra, haikús, y una muy distinta, verso libre… pero están bien”. (Con semejante sentencia, me quitó las ganas de escribir por un buen rato…) En esos días, mi maestro del taller literario de la preparatoria, Luis Tiscareño, trabajaba en la Casa de Cultura de Tabasco y me comentó sobre un concurso de poesía convocado por aquella institución (“Para leer en las barcas”, en recuerdo de José Gorostiza, tabasqueño insigne). Le platiqué al maestro Ramos de mi intención de entrarle al concurso y me prometió conseguirme un libro que me sería de utilidad para ello.

Cuando las cosas no se dan en su tiempo, es por la sencilla razón de que nos preparan vivir las mejores, y sí, así fue. Con el plazo a punto de cerrar, llevé mi trabajo a la Casa de Cultura de Tabasco, ubicada en la colonia Juárez, y no quedarme fuera. Cuando el maestro Ramos supo esto, casi me regañó por no haberlo esperado, pero al saber que mi razón se dejó llevar por el deadline, ya no dijo más. (Ello me generó sospecha, para qué negarlo…) A la semana siguiente, y en pleno tránsito en el pasillo del Edificio A-8, me entregó el libro prometido: La prisión y su forma, libro esencial en su obra. Meses después, conocí los resultados del concurso: el jurado falló a favor de Otto-Raúl González. (Aunque no gane aquel concurso -ya vendrán muchos, al fin que hay tiempo, me decía una compañera-, con el ejemplar de La prisión y su forma el maestro me “distinguió” como uno de sus lectores más persistentes, y una vez que salía un nuevo libro suyo, esto se confirmaba por entero.)

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Pasaron los semestres y, por elegir la especialidad de Literatura, en octavo me correspondía tomar tres seminarios de literatura: Española (por el profesor de esa materia, supe de una serie llamada Cuéntame cómo pasó), Contemporánea (cuya maestra, en alguna asesoría de pasillo, me dio a conocer la obra de Álvaro Mutis) y Mexicana, con Ramos a la cabeza. Durante el semestre, nos concentramos en revisar minicuento, y para cada sesión, los alumnos leían algunos que habían encontrado en libros y revistas. (De hecho, el acervo de la revista El Cuento sacaba de apuros a la mayoría.) A medida que las sesiones avanzaban, me confió todo el acervo de fotocopias de los cuentos encontrados, y de ahí, conformar una antología de nombre Minicuentos mexicanos para los 365 días del año, labor que siguió durante un tiempo, hasta otros proyectos nos rebasaron, entre éstos, uno donde me puso muy a prueba: la búsqueda, ordenamiento y actualización de su currículum para un programa universitario de estímulos.

Para ello, y en tres ocasiones, revisé documentos, los fotocopié y clasifiqué por rubro, preparé carpetas de argolla, e imprimí el formato institucional del currículum, y una vez hecho lo anterior, entregarlo en la oficina correspondiente. (Y le fue muy bien, cabe decirlo.)

Sin embargo, todavía me faltaba una prueba más fuerte: capturar sus propios textos. Y para ello, me citó en su casa: la legendaria Casa Morada de Viveros de la Loma, donde conocí a Guadalupe Castañón, Lupita, su esposa e historiadora dedicada al estudio de la llamada Tercera Raíz, es decir, la presencia africana en México. Luego de comer con ellos y con Miguel Ángel de la Calleja (que había llegado antes), subí al estudio donde se hallaba la computadora y durante un buen rato, capturé un ensayo sobre Platón. Al término, bajé a tomar café con ellos y de ahí, volver a casa.

Otra labor de captura que recuerdo con cariño: un texto de nombre “Láminas”, sobre el torero Manolo Martínez, que un colega y amigo suyo, Leonardo Páez, le pidió para un libro de fotografías de Donaciano Botello; me entregó el manuscrito y así como pude, lo capturé. Cuando le entregué una impresión, la cotejó con el original y no dejó de hacerle anotaciones a diestra y siniestra. En ese momento, me señaló algunas marcas que, para la corrección de un texto, resultan fundamentales. Seguí su consejo y para la siguiente impresión del texto -ya con las observaciones integradas-, quedó más que satisfecho y hasta me pidió un diskette para guardar el archivo de Word. Tiempo después, me entregó un ejemplar del libro sobre Manolo Martínez, con fotografías de Donaciano Botello y textos de Rafael Cardona, Leonardo Páez, Jorge F. Hernández y el propio Ramos. Abrió el libro en la página donde inicia su texto y estampó allí una breve y generosa dedicatoria.

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Alrededor de la galaxia Ramos, orbitan otros planetas, satélites, cometas y aerolitos de maravillosa creación y de gran valía intelectual; entre sus pares en la hoy FES Acatlán, recuerdo con cariño a Rubén D. Medina, Henoc Valencia, el propio Miguel Ángel de la Calleja, y un siempre polémico Óscar de la Borbolla, quien sabía enfrentar sus críticas y comentarios, y Óscar, en reciprocidad, no dejaba de invitarlo a sus Miércoles Literarios, ciclo de charlas con alumnos de Letras y otras disciplinas.

Por el lado de las ciencias sociales, varios de sus interlocutores tuvieron el privilegio de recibir tremendo nocaut, sin importar la importancia del tema, siempre en aras de tomar algo de su gran sabiduría. De los más fuertes en ello, me vienen los nombres de Laura Páez, Juan Bravo, Elisa Cuevas, Luis Ángel Ortiz y Alejandro Payá. Y qué decir de la gente de números, como Maricarmen González Videgaray, Luz María Lavín, que comprendieron los misterios de la realidad, a medida que lo escuchaban y lo leían con cuidado. (Ellos tienen muchas cosas que contar sobre Ramos, pero sólo el tiempo tiene la agenda para ello.)

En el rubro de los escritores, hay dos nombres importantes: René Avilés Fabila y Roberto López Moreno. (Tres “erres” de las Letras, huelga decirlo.) Del primero, cabe decir que en una charla organizada por Óscar de la Borbolla lo conocí en persona (aunque ya me sonaba su nombre de igual forma que Ramos, por leerlo en la preparatoria); cuando supo que era alumno de Ramos, se sorprendió, puesto que su primer libro de cuentos, Hacia el fin del mundo, fue cuidado por Ramos cuando éste trabajaba en el Fondo de Cultura Económica. “Mira lo que son las cosas, Ramos te publicó a ti, tú publicaste a mi maestro Luis Tiscareño en la UAM Xochimilco, y él me publicó a mí, en su revista Descritura”, le dije. Y René sólo asintió. (En varias ocasiones, cuando René volvía a las charlas con Óscar, Ramos siempre hacía lo posible por estar ahí, y al término de una de éstas, quedaron de verse, días después, en La Polar, pero nunca se encontraron. Los libros que Ramos le había prometido a René para esa ocasión, llegaron a la Fundación RAF por conducto mío.)

De Roberto López Moreno, ¿qué puedo decir? Siempre atentos a lo que publicaba el uno como el otro, y con varios amigos en común, se lanzaban “toritos” en forma de soneto, intercambiaban libros y saludos, e incluso compartieron un pesar en común: el fallecimiento de sus respectivas esposas, Guadalupe Castañón (Ramos) y Leticia Ocharán (López Moreno). En las presentaciones de sendos libros de Ramos, Otros 1001 sonetos mexicanos y Tres trazos negros, se renovaba la admiración que Roberto siente por un colega y amigo seis años mayor que él.

Para hacer más evidentes los poderes del azar, gracias a una presentación de otro libro de Ramos, conocí a una ex compañera suya en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, Beatriz Espejo, escritora, docente e investigadora. (Cada vez que la vida me concede encontrarme con ella, siempre me pregunta por su compañero y amigo; de igual forma, su esposo, el implacable y también colega Emmanuel Carballo.) Y otra autora de quien Ramos conservó grato recuerdo, fue Ángeles Mastretta, a quien conoció en la ENEP Acatlán, cuando ella dirigió el área cultural. (Años después, cuando tuve la suerte de conocerla, le comenté sobre Ramos, y me dijo lo siguiente: “Lo recuerdo con mucho cariño, cuando ambos acabamos de llegar a la ENEP”.)

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A medida que me introduje en el universo creativo y de investigación del maestro Ramos, di con dos antologías elementales: las Memorias y autobiografías de escritores mexicanos, publicada por la UNAM en la Biblioteca del Estudiante Universitario, y Familia y patria, del escritor tabasqueño Andrés Iduarte.

Gracias a la lectura del primer libro, caí en la cuenta de que mi territorio nativo es la memoria. (Una amiga muy querida, también docente en Acatlán, siempre me decía Mr. Memory, y creo saber de dónde me salió. Desde aquí, un beso.) Sin embargo, con Iduarte la cosa adquirió otro matiz.

A principios de abril de 2007, se me metió en la cabeza organizar un coloquio, Letras de la historia e Historia de las letras (que no ser por el apoyo del entonces jefe del Programa de Humanidades, y de los jefes de sección de Letras e Historia, jamás se hubiera realizado), y como buen organizador que se respete, además de invitar gente y de acomodarlos por mesa temática, se dio tiempo para escribir una ponencia, y como recientemente había leído Familia y patria, de ahí me serví para ello.

Cuando le platiqué de esto al maestro, se sorprendió y me dijo que esa antología, fue el resultado de su relación cordial con Iduarte, quien pidió conocerlo cuando se publicó El mundo sonriente, segunda parte de Un niño en la Revolución mexicana, libro clásico en la bibliografía iduartiana. No fue sino hasta mediados de la década de los 70, cuando se dio el encuentro y aprovechando que Ramos trabajaba en la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, se publicó aquella selección de artículos, sobre Tabasco y las andanzas de las dinastías Iduarte y Foucher.

Luego de contarme todo ello, en su sala de la Casa Morada, me “heredó” un tema de investigación: “Tienes la fuerza y la preparación necesaria para entrarle a Iduarte; con todas las cosas que tengo por hacer, creo que te queda muy bien”. (Con todo y los altibajos que he tenido en años recientes, le debo el rescate de esa antología iduartiana. Quizás.)

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Enero 2008. Un domingo en Bellas Artes nos reunió a familiares, colegas y amigos en la sala “Manuel M. Ponce” para la presentación de sus Otros 1001 sonetos mexicanos, publicado por la UNAM y la FES Acatlán (y de cuyo equipo de investigación formé parte). Además del maestro Ramos, estaban en la mesa Miguel Ángel de la Calleja y Sandro Cohen, quien presentó el libro y subrayó su importancia dentro de las letras mexicanas, y para saldar una deuda que Ramos tenía con Salvador Novo, quien compilara algunos sonetos suyos en Los mil y un sonetos mexicanos, publicado por Porrúa.

En el espacio para preguntas y comentarios del público, hubo un “espontáneo” que, aprovechando el turno, sacó su ejemplar del libro presentado y leyó el siguiente soneto:

 

Aprendizaje

 

Hacer, desbaratar el equipaje,

reconstruir la casa tantas veces,

que no alcanzara un mes de nueve meses

para empezar y concluir el viaje.

 

Observar cada cosa en espionaje,

ola de pluma en pájaros siameses,

crítica en rama: vuelo de cipreses

del canto llano que nos da el paisaje.

 

Limar con lenta lima el alto oleaje

donde nivelan su timón los peces,

y ser la imagen viva del coraje:

 

la brutal estampía de las reses

que en polvo de penoso aprendizaje

miden el campo un centenar de veces.

 

Al término de la presentación, y con una prisa epopéyica por llegar a casa para preparar un examen extraordinario al día siguiente, el maestro Ramos se me acercó para decirme lo siguiente: “Muchas gracias por tu lectura. A ese soneto le tengo un especial cariño y quedó muy a la medida”. (Y de ahí a la fecha, sigue siendo mi soneto favorito.)

Diciembre 2010, Bellas Artes. La primera ronda de la colección Fervores de Parentalia ediciones hizo su presentación en sociedad, y el maestro Ramos, al igual que Roberto López Moreno, le hizo frente a sus malestares para formar parte de una celebración de la poesía. (Gracias a ese encuentro, conocí a Claudia Hernández de Valle-Arizpe, en cuyo texto de presentación de las trece plaquettes, fue acertada, generosa e inteligente con El ojo de Polifemo, de Ramos.)

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Hace nueve años, en un cumpleaños suyo, publiqué una pequeña biografía en mi página personal Nueva República de Babel, y al paso de estas “pequeñas memorias”, no resisto la tentación de citar algunas palabras: “[…] cada momento que se vive con y por él, es un constante tiempo de aprendizajes, cuales quiera que éstos sean. […] no soy el más indicado para hacer una biografía en torno suyo, porque hay detalles que se me escapan y además sólo me asumo apto para la ordenanza bibliográfica, cosa que me distingue por los cuatro costados -y él lo sabe de sobra.” (El texto completo en: http://cliocraciababelica.blogspot.mx/2008/11/raymundo-ramos-tiempo-de-aprendizajes.html)

Son tantos los recuerdos con Raymundo Ramos que varios se me escapan de la memoria, pero al compartir algunos de los más importantes, doy el primer paso. Mientras escribo estas líneas, a mi lado izquierdo tengo varios libros suyos (entre poesía, cuento, ensayo, traducción y hasta una primera novela, Mi diario sobre ti); leo con cuidado todas las dedicatorias de su puño y letra, y en su volumen de cuentos, El fantasma doméstico e Historias de papel tapiz, encuentro que varios colegas y amigos suyos somos dedicatarios en varios textos, entre ellos, el autor de estas líneas.

Parafraseando a un autor muy querido allende el Atlántico, hoy debe nacer el próximo lector de Raymundo Ramos, a guisa de franco y señero homenaje a quien dio más de media vida a la literatura mexicana del siglo XX, tanto como en su obra de creación como sus investigaciones, de donde surgieron grandes antologías como Memorias y autobiografías de escritores mexicanos, Deíctico de poesía religiosa mexicana y Otros 1001 sonetos mexicanos. (Y conste que se los dice un lector de carrera larga de su obra, porque nunca es tarde para hacerlo…)

babelises@hotmail.com

@Cliobabelis

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Comentarios (2)

  • David Paez Cisneros

    |

    Buenas Tardes,

    Con todo respeto me permito presentarme, mi nombre es David Paez Cisneros, vivo en la Cd de Torreon, Coahuila, mi Padre Raul Paez Gomez es hermano del Profesor Raymundo Ramos Gomez, quien como sabemos murió en fechas pasadas.

    El motivo de mi consulta es la siguiente, mi padre cumple el día 19 de Junio 80 años , su hermano Raymundo siempre fue un gran ejemplo para él , al igual que su otro hermano Humberto Ramos, también fallecido. Estoy como loco buscando un libro que escribió mi Tío “Mi Diario sobre ti”, me pueden orientar donde pudiera comprarlo para poder darle esta sorpresa a mi padre el día de su cumpleaños,

    De antemano agradezco la atención a este correo.
    Saludos

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    • Flor y Látigo

      |

      Estimado David esperamos que te encuentres muy bien, te pedimos que envíes tu pregunta al siguiente correo: babelises@hotmail.com

      con fin de darte una respuesta más pronta.

      Agradecemos que nos leas.
      Saludos.

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