El espíritu de la ciudad: los mercados

Escrito por Hugo Arturo Cardoso Vargas el . Posteado en Entre la Fiesta y la Historia

Para el observador -apasionado o no- se le hace evidente que aunque son muchos los sitios especializados destinados al abasto de los habitantes de la ciudad siempre son insuficientes; y escurriéndose, poco a poco, por las aceras invaden los lugares cercanos hasta convertirse en referentes con una intensa vida; aunque esa vida invada nuestras vidas.

Pero no siempre fue así como vamos a recordarlo en esta crónica historiada del espíritu de la ciudad.

Desde que la orgullosa y célebre Ciudad de México se fundó, la necesidad de contar con espacio especializados para el comercio de mercaderías no sólo esenciales para la  vida de todos los habitantes, estantes y visitantes de la ciudad fue vital. De mucho les sirvió a los tenochcas ese su peregrinaje desde la mítica Aztlán en Chicomoztoc hasta el Lago de Texcoco porque cada jornada; cada combate; cada derrota; cada triunfo forzó el espíritu del mexica. En la esclavitud y en la libertad siempre enfrentando el destino con una meta clara: fundar la gran Ciudad de México Tenochtitlán o el ombligo de la Luna en la Tierra.

El mito de ese momento es cuestionado porque no se mencionaba a un águila y sí a un pájaro; porque se cuestiona y no hay consenso en cuanto a dónde fue exactamente el encuentro de los mexicas con el tunal, el águila y la serpiente, en fin, los cronistas y los historiadores han apostado para defender el lugar del encuentro. Pero es un asunto que sigue provocando muchas opiniones y difícilmente se podrá conocer la verdad.

Las distintas plazas que lucía la ciudad impresionaron a los invasores españoles y, tal vez, también a sus aliados indígenas; porque la Ciudad de México a diferencia de muchas (salvo las fundadas por los romanos) de las europeas estaba diseñada con el principio del damero; lo que significaba que las calles era rectas y anchas aunque fueran de tierra, de agua o de la necesaria combinación de agua y tierra. Por eso era fácil recorrer desde el Centro Ceremonial con el Templo Mayor como la mejor y más grande obra hasta cualquiera de los tres puntos cardinales; porque el cuarto correspondía a las aguas del lago. Por ejemplo, la Calzada Tlacopan que comunicaba el Templo Mayor con el viejo pueblo de Tlacopan (y de ahí al viejo reino de Azcapotzalco) con una extensión de 2 leguas castellanas era la vía más corta a la tierra y por eso se le hicieron cuarteaduras que tenían dos funciones. Primero ordenar la circulación de las embarcaciones en el agua con las marchas de los caballeros águila, los caballeros jaguar y los pochtecas que iban a intercambiar mercancías, a cobrar los impuestos y, de ser necesario, declararla guerra; la segunda darle mantenimiento a la calzada.

No sorprende que Cortés habla de que sólo el tianguis de Tlatelolco era dos veces mayor que el de Sevilla; pero habría que preguntarse si realmente estuvo en Sevilla el señor Cortés y por eso su opinión debería considerarse verdadera. En cambio, Díaz el Castillo es más mesurado en su juicio; aunque no deja de admirar Tlatelolco y su tianguis.

Ambos, únicos testigos de vistas, reconocen la capacidad organizativa del tianguis; no sólo en lo referente a ubicar a los mercaderes de acuerdo a la mercancía que proporcionaban a la venta; sino además, por el cuerpo de oficiales y jueces que mantenían en orden y concierto las desavenencias que podrían surgir entre los vendedores y de los vendedores con los consumidores. El concepto más alto de justicia era el que guiaba las decisiones de los jueces y claro no podían faltar los oficiales que remitían a la misma autoridad a cualquier ladronzuelo de poca monta que quisiera hacer de las suyas y era sorprendido in fraganti.

Gracias a lo que registran Cortés y Díaz del Castillo -cronistas improvisados que dejaron las armas para dar cuenta de lo que veían- es posible recorrer ese tianguis de Tlatelolco y revivir la vida de quienes encontraban en el mercado no sólo su lugar de trabajo; sino además, los que contribuían de distintas manera y con distintos oficios a proveer a los habitantes de la ciudad de sus haberes y, sin duda, aparecen los jueces y sus oficiales impartiendo justicia. El “semanero”, personaje poco mencionado en las crónicas, era quien regía el tiempo de venta, de compra; de abertura y cierre de las operaciones comerciales en los tianguis: tiempos que era marcados con el sonido de su huehuétl y respetados, casi, religiosamente.

Con la lectura de Cartas de Relación y la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España recorremos los pasillos y se nos llenan los ojos de tantos colores, de tantas variedades de productos; de tantas posibilidades de compra.

Pero la matanza por los españoles y sus aliados contra la ciudad y sus pobladores que inició con el ataque de Pedro de Alvarado contra los festejantes indefensos del Templo Mayor y concluyó con la captura de Cuauthémoc -el 13 de agosto de 1521 en las aguas del lago muy cerca de Tepito- provocó que el Ombligo de la Luna en la Tierra desapareciera. En su lugar; sobre los escombros se erigió una nueva ciudad; pero que conservaba el viejo damero y las calles de agua (eran para trajineras y, en general, para el abasto de la casa), de tierra (eran las principales y destinadas a los peatones porque hacia ellas tenían las casas su entrada) y de agua y tierra.

El rey Carlos V, el 24 de octubre de 1539, expidió la Real Cédula en que señala territorio y jurisdicción de la ciudad de México que dice: “sabed que por parte del concejo, justicia, regidores, caballeros, escuderos, oficiales y hombres buenos de la ciudad de Tenoxtitlan México nos ha sido hecha relación … tenemos noticia de la grandeza y nobleza de la dicha ciudad y como siempre había sido y era, la Cabeza Mayor de esas partes” por eso “visto por Nuestro Consejo de Indias, juntamente con el parecer, que sobre ello nos enviasteis, por la cual, parece que debemos señalar términos y jurisdicción, a la dicha Ciudad en que conozca la justicia de ella, y que se le deben dar hasta quince leguas (a la redonda), como es la Diócesis de este obispado.”

A reserva de definir si era legua castellana o cuál era la legua que se estaba empleando en esa Real Cédula lo cierto es que si la legua como medida itineraria definida por la distancia que regularmente se anda en una hora y que en el antiguo sistema español equivale a 5572,7 o sea a más o menos 83,590.5 metros. Así la jurisdicción de la ciudad de México llegaba más allá de Toluca al norponiente; de Pachuca al norte; Cuernavaca al sur y al oriente de Tlaxcala y Puebla. Un territorio inimaginable pero que -hoy con el avance de las ciudades- no es muy remoto que la zona metropolitana de la Ciudad de México llegue -ya llegó en algunos puntos- a los 83 kilómetros a la redonda.

Pero la nueva ciudad se fue edificando desde 1523 y con ella se definieron nuevos espacios fuera de la traza para los mercados y por la importancia que adquirió el llamado de Juan Velázquez Tlacotzin –que la historia reconoce como el cacique que regaló el terreno para el tianguis– o de San Hipólito –junto a la entonces ermita del Santo Patrono de la ciudad de México- fue el principal (aunque Cervantes de Salazar parece diferenciarlos; terminaron siendo uno). También se conservaron, sin el antiguo esplendor e importancia el de Santiago en Tlatelolco y el de San Juan Moyotlan.

Más la gente elegante, la heredera de la nobleza novohispana no podría concurrir a tales sitios (pero si mandar a empleados o criadas) y para ellos se construyeron otros espacios como los llamados Portal de los Mercaderes y el Portal de las Flores -donde se vendían no sólo flores –ambos frente a la sede del Cabildo.

El cabildo de la ciudad, a través de distintas medidas, trató de imponer orden a los vendedores que tomaron la Plaza Mayor como principal lugar para vender; en especial cuando empezó a construir el Obispo de Lugo licenciado Juan Suárez de Carbajal en un predio en la Plaza Mayor del cual decía tenía licencia; pero el ayuntamiento se opuso, incluso, rechazó la intervención de Hernán Cortés que se propuso como mediador. Aunque el resultado no está registrado en las actas de la ciudad lo cierto es que se le quitó al obispo el lugar y la autoridad promovió su jurisdicción sobre la Plaza Mayor. Pero no fue el único acto de ordenar el comercio en ese sitio; porque, en el acta del cabildo del 25 de febrero de 1765 se asientan el Decreto del virrey para que las tiendas enfrente de la Catedral “se vacíen lo más pronto posible”. Así que las autoridades civiles, en distintos momentos y por distintas razones, se encargaban de desalojar la plaza y evitar que los comerciantes invadieran zonas no permitidas.

El espacio público se especializaba por indicaciones de la autoridad local que ordenaba a los que vendían caballos y ganado menor a que lo hicieran en un solo sitio o decretaba eliminar los puestos que invadían la calle o dictaba disposiciones para regular el precio de los principales productos que se vendían para satisfacer las necesidades de la población en general de la Ciudad de México Tenochtitlan.

Para cumplir con todas estas obligaciones derivadas de la Recopilación de leyes de Indias la autoridad tenía entre sus integrantes a los “inspectores” de cada uno de los gremios que se encargaban de supervisar la vigencia de los nombramientos de oficiales que presentaban al Cabildo; estaban al pendiente de la calidad de los productos y hasta de las sanciones que se aplicaban a quienes violaban las Ordenanzas. Además de los veedores, es decir los que tenían el cargo de inspector, visitador u observador; estaba el almotacén, o sea, el empleado público que contrastaba la observancia de las pesas y medidas en que se comerciaban ciertos productos que usaba vara, sellos, marcos y medidas oficiales y el mayoral quien se encargaba de recaudar o administrar las rentas que se le cobraban a los propietarios de “cajones” y “puestos”.

Ya me imagino al almotacén que abandonaba el almotacenazgo ubicado junto a la sala del Cabildo y se encaminaba hacia la Plaza Mayor y a la llamada Plaza Menor en su vara de mando y aplicaba sellos, pesas, marcos y medidas a que deberían venderse las distintas mercancías ya de la tierra, ya de ultramar ya del oriente. Mientras estaba en un “cajón” los dueños de los demás tomaban medidas para evitar ser sancionados; porque vaya que se aplicaban distintas sanciones a los que alteraban el precio de las mercancías sobre todo de consumo cotidiano.

Debió ser un espectáculo interesante ver a los vendedores angustiados y corriendo para ajustar sus medidas o pesas o convenciendo a los compradores de expresar buenos comentarios no sólo sobre la mercancía adquirida sino del buen trato del “patrón” ante la presencia en el tianguis de tan singular personaje y, casi seguro porque nunca falta, aquel que va corriendo entre los puestos para avisar y alertar a los demás comerciantes de que la autoridad está presente. Cierto el almotacén iba acompañado de sus tenientes o ayudantes que cargaban las pesas y medidas, los marcos y hasta los sellos que usaba para determinar si se cumplía o no con las disposiciones dictadas por el Cabildo y –en caso necesario- tomar las medidas correctivas correspondientes.

Casi siempre las medidas del Cabildo buscaban combatir al regatonero, es decir, al comerciante que vende al por menor los comestibles que ha comprado al por mayor; porque al revender lo hacían de manera desleal –eso decía la autoridad- contra los dueños de los “cajones” y puestos más o menos establecidos controlados por comerciantes que estaba agrupados y por eso promovían esas acciones del ayuntamiento  a través de sus funcionarios. Ejemplo temprano de esas medidas fue cuando prohibió a estos personajes, el 27 de abril de 1528, comprar en Tlatelolco y los demás tianguis hasta en cinco leguas de la ciudad con graves penas.

También a petición de los comerciantes instalados en los portales, intervino el ayuntamiento, el 13 de octubre de 1544 para eliminar los “bancos” –puestos semifijos- que colocaron a las puertas de los comercios establecidos y lo mismo hizo en la Plaza Mayor el 12 de junio de 1553.

Los precios eran difundidos, gracias a que no existía ni la televisión, ni los diseñadores ni los comunicólogos, por un oficial del ayuntamiento: el pregonero que se dedicaba no sólo a pregonar las disposiciones reales, del virrey, de la Audiencia y del Ayuntamiento civil de la ciudad; también se dedicaba a pregonar los precios de los productos y en varias ocasiones se sancionaron a los pregoneros por cobrar su servicios a los comerciantes.

Los improvisados “cajones” de los mercaderes españoles dieron origen, más adelante, al elegante Mercado de El Parián que rompía la belleza estética de la Plaza Mayor pero que resultaba un buen negocio para los dueños de los “cajones”.

En la Plaza Mayor se reunían, inicialmente, con cierto orden los “cajones” de los españoles con los “puestos” indígenas; pero a principios del siglo XVII se fueron especializando otros espacios hasta dar forma a tres mercados por la mercadería y por los consumidores. Aparecen la Alcaicería, El Baratillo y los Bastimentos.

Un acontecimiento especial fue la construcción del rollo; es decir, una columna de piedra, rematada por una cruz, que antiguamente era insignia de jurisdicción y que en muchos casos servía de picota en la Plaza Mayor. Esta era la medida más importante por las autoridades civiles que detentaban la jurisdicción no sólo sobe la Plaza Mayor, sino sobre toda la ciudad. La construcción del rollo fue acordada en la sesión del Cabildo del 4 de septiembre de 1551; pero no se registra cuándo fue concluida la obra.

Fue hasta el 18 de enero de 1611 cuando el rey le otorgó al Cabildo de la Ciudad de México la jurisdicción sobre la Plaza Mayor, a partir del Auto del 14 de mayo de 1609 signada por el virrey Luis de Velasco (hijo) señalando “mando que los buhoneros y los demás, que tienen tiendas levadizas, en la plaza de la dicha ciudad, que llaman mesilleros, no puedan tener sus mesillas y tiendas en ella, sin que se le señalen y den a cada uno, el puesto que ha de tener, por el Corregidor y diputados del Cabildo de la dicha Ciudad, para que la plaza esté con la policía y traza conveniente” agrega “que pagasen la cantidad que a cada uno se le repartiese, por el puesto y sitio que se le daba en la dicha plaza, la cual aplicó para propios de la dicha ciudad.”

Pero entre “puestos” y ‘”cajones” empezaron a colocarse los vendedores de productos usados o de segunda mano que siempre defendieron su permanencia haciendo referencia a una supuesta licencia real que tal vez sólo ellos conocían. Además era el lugar de expendio de los productos que venían de España o Asia y que habían sufrido algún tipo de daño (comercio de avería) en su calidad o en su embalaje (como se dice hoy) y se ofrecían a la venta a un precio menor que el ofertado en los “cajones”.

Estas mesillas o tenderetes, provisionales como los “cajones” y los “puestos”, funcionaron como sitios de compra a través de remates de los bienes que los habitantes de la ciudad cambiaban por dinero contante y sonante para enfrentar los gastos; pero con evidente deterioro del producto que se vendía porque perdía un porcentaje muy alto de su valor. Finalmente en El Baratillo se dio espacio para la venta de otras mercancías como artesanías y las que no eran producidas por los gremios de “profesionales”.

Pero a los ojos de las autoridades virreinales El Baratillo también era lugar de compra venta de artículos robados; de productos diríase ahora prohibidos por las Leyes de Indias y del contrabando de productos adquiridos a corsarios y piratas pero provenientes de Europa.

Muchos fueron los intentos de las autoridades virreinales y locales por organizar los espacios comerciales de la Plaza Mayor y siempre o casi siempre ganó la resistencia de sus poseedores. Un ejemplo es el Bando del 21 de noviembre de 1689 que el Virrey conde de Gálve mandó pregonar y decía en su parte sustancial:

para que ninguna persona de cualquier estado y calidad que sea, en ningún día del año, asista en el Baratillo, venda, trate ni contrate, cosa alguna de las que hasta aquí llevaban a él, así nuevas como viejas, ni de otra cualquiera suerte, ni tampoco lo hagan, con el pretexto de vender guarniciones (legumbres), sillas, cojinillos, estribos, ni trastos ni alhajas de que se solía surtir. Pena de perdimiento de todas las alhajas y cosas con que se les hallaren más 100 azotes para los indios y castas, y para los españoles, 2 años de destierro a 20 leguas de la ciudad.

Pero a consecuencia del incendio producto del mitin del 8 de junio de 1692 se tomaron cartas en el asunto y se buscó solucionar el caos de la Plaza. Francisco Marmolejo, Juez Conservador de Propios, presentó una propuesta de construir una alcaicería, es decir, un edificio exclusivo para el comercio, con accesos en forma de pasajes y todo cerrado salvo dos puertas grandes de metal. El edificio se ubicaría en el extremo surponiente de la plaza. El proyecto de Marmolejo fue aceptado por las autoridades y el año de 1692 se realizaron los avalúos necesarios y se decidió que fueran 80 tiendas de cuatro y media varas en cuadro (más no menos 16 metros  cuadrados) en la parte inferior pero que contara con su vivienda en la zona alta.

Los límites del edificio serían el Portal de Mercaderes y las Casas de Cabildo; al norte hasta la calle de San Francisco y al oriente la Callejuela y Puente de la Alhóndiga. Apareció así una simbiosis interesante entre ‘cajones de bóveda’ y las tiendas o ‘casa de comercio’; aunque el Baratillo conservaba su espacio. Así que la clientela no sólo era la clase alta, la nobleza novohispana y sus descendientes sino además aparecía el indígena y hasta el negro como consumidor de los servicios en especial para la venta de productos robados. Pero no se logró el orden porque se levantaban constantes quejas ante las autoridades por el mal uso o apropiación de los espacios destinados a la circulación de los comerciantes y los consumidores.

El Parián era un cuadrado con tres acceso al norte, dos al sur, dos al oriente y dos al poniente y ahí al ingresar se colocaron los dueños de los “cajones” españoles en donde se exhibía la mercadería que llegaba desde Asia a través de Acapulco (por la nao de China que no era nao ni venía de China) y los productos llamados ultramarinos enviados desde Europa. Pero los dueños o empleados empezaron a invadir el pasillo con las consiguientes molestias para los visitantes y los demás comerciantes.

El pasillo lo limitaban los locales con accesoria, planta alta y accesos desde la plaza y los que resguardaban al interior “cajones” más modestos y a su espalda se erigieron otros “cajones” de comerciantes que se comunicaban a través de accesos que llevaban no sólo a los “puestos” indígenas colocados en el centro; sino al Baratillo; es decir las mesas improvisadas donde el desfalco hacía su agosto. Hacer una descripción del lugar es todo un reto no sólo a la imaginación sino a la vista, el olfato y hasta el tacto.

Afortunadamente el viajero Juan de Viera en Breve y Compendiosa Narración de la Ciudad de México, describió con detalle los tres mercados. Sobre el Parián, afirmó: “tiene la figura de una ciudadela, o castillo, tiene ocho puertas y cuatro calles (…) Todo por dentro y fuera son tiendas de todo género de mercancías, así de la Europa como de la China y de la tierra, con infinitas mercancías”; donde “para la gente plebeya (se vendía joyería, armas, libros, zapatos); para la más pulida” existían telas de todos colores “bordadas de rasos, terciopelos” sin faltar “trastos y muebles cuantos pueden ser necesario para el adorno de una casa, sea de la esfera que fuere (…) se puede poner una casa dentro de una hora para recibir a un potentado, pues yendo allí con el dinero a mano sobran tapices, vajillas y utensilios preciosos”.

Porque la vista se maravillaba de las hermosas artesanías y ajuar del lejano oriente: sedas multicolores, objetos artísticos y decorativos como tibor, tinajas; muebles, marqueterías, porcelanas, loza destinada a la mesa, tejidos de algodón, cera; sin faltar las especies. En fin, a través de las Filipinas, procedentes de la India, Ceylán, Camboya, las islas Molucas, China y Japón llegaban las más ricas y diversas mercancías para los gustos tan diferentes de la llamada nobleza novohispana. Todo esto estaba al alcance de quien pudiera “poner una casa dentro de una hora para recibir a un potentado.”

Por cierto en el acta del 6 de mayo de 1602 el Cabildo señala que “se escriba en la instrucción a su majestad, refiriendo el daño que causa a los reinos de Castilla la salida del dinero a la China. De cinco años hasta ahora han salido más de doce millones y no han tornado, pues las mercaderías son de baja calidad”.Así que cualquier similitud con la mala calidad de los productos chinos, actualmente, tiene su historia y es interesante; aunque ahora son particulares los que mueven sus dineros y se brincan aranceles y revisiones engorrosas.

En fin, el edificio de El Parián obstruía una tercera parte de la plaza y permaneció hasta 1845, cuando Antonio López de Santa Anna lo mandó derribar; en medio de un gran conflicto entre los propietarios y el presidente. Aunque antes -durante el llamado Motín de la Acordada- fue saqueado por los sublevados con grandes pérdidas para los comerciantes.

Un personaje importante en el comercio de la Plaza Mayor es Francisco Cameros  –aunque desconocida casi toda su vida: no era funcionario ni mercader; sólo se presentaba como ‘vecino de esta ciudad’- porque cuando el Cabildo creó el Asiento de los puestos y mesillas de la Plaza Mayor en 1696 ofreció a la Mesa de Propios 700 pesos anuales por la concesión. Este cargo lo convirtió en intermediario y mediador de los intereses del Ayuntamiento y la corona, por un lado y de los comerciantes –en sus distintas modalidades- por el otro.

En el acta de Cabildo del 24 de febrero de 1764 se asienta que “Gaspar Hurtado de Mendoza, regidor y juez de la Plaza Mayor, exhibe una certificación de los puestos que se hallan desocupados, para que se fije un renta de ellos”; pero el mismo personaje en la sesión del 2 de junio “informa de la baja en los productos de los puestos de dicha plaza”.

La razón es que a pesar de las autoridades y sus medidas se presentaron situaciones en que los dueños (o supuestos dueños) de los “puestos” rentaban dos o más veces el mismo lugar con los consiguientes perjuicios para las víctimas. Pero, una vez más, la ciudad enfrentó la carencia de productos de primera necesidad por distintos factores y aunque se tomaban medidas como comprar maíz para la alhóndiga y el pósito para poder satisfacer las necesidades de la población capitalina. La fase visible de la situación fue la reducción de los puestos (“cajones” y “puestos”) y la consiguiente baja en las ventas por lo escaso de los productos sobre todo los de la tierra.

Durante toda la época colonial la Plaza Mayor fue el escenario en que se enfrentaron constante y permanentemente los comerciantes establecidos y los que tenían “cajones” contra las autoridades, en especial, de la Ciudad de México. En estos conflictos salían beneficiados o perjudicados los indígenas dueños de “puestos”; porque dependían de la posición que defendían los comerciantes y la incapacidad de la autoridad de tomar cartas en el asunto.

Así, durante el gobierno de Juan Vicente de Güemes Pacheco y Padilla 2.º Conde de Revillagigedo (16 de octubre de 1789 a 11 de julio de 1794) la Plaza Mayor, destinada tres grandes espacio para el comercio.

El primer espacio que encontraba el viajero, estante o paseante y, claro, el habitante que llegaba a la Plaza Mayor, por sus dimensiones, su mercadería (todas las modalidades de los ultramarinos provenientes de oriente y de Europa) y clientela formada por los españoles (hombres y mujeres) que desfilaban –más que comprar se dejaban ver con sus mejores ropas- era El Parián, como decía antes colocado en la esquina sur poniente de la plaza.

En la parte suroriente de la plaza existía el llamado tianguis de indios, integrado por “puestos” armados a base de carrizo y con techos con petate; por fin se había logrado ordenar como lo muestra una pintura de la época. La “especialidad” del “tianguis de indios” era la venta, principalmente, de alimentos perecederos. Entre ambos espacios y casi al centro de la plaza aparecía El Baratillo, es decir, ese mercado popular donde se vendían herramientas, cerámica, ropa y calzado; además, se remataba o intercambiaban artículos usados o robados y dolor de cabeza permanente de la autoridad.

La Plaza Mayor como se puede ver en los testimonios gráficos de la época no sólo fue el espacio destinado al tianguis indígena y al moderno Parián además del imprescindible y problemático Baratillo; porque en la Plaza Mayor se daban cita las autoridades civiles y religiosas; las órdenes religiosas, los gremios y en fin el paisanaje a participar de las fiestas, de las procesiones, de las rogativas y demás actos vinculados con la fe. Porque la autoridad civil se hacía presente en momentos como el Paseo del Pendón, las exequias del rey y la elevación al trono del nuevo rey.

En otros momentos la Plaza Mayor era escenario de verdaderas escenografías como las que describe Díaz del Castillo; se convierte en un coso para correr toros o en un campo de entrenamiento para jugar sortija o cañas y después será el lugar donde se adiestraban los nacientes cuerpos de milicia de la Nueva España.

También aparecen los cortejos fúnebres, la complicada ceremonia llamada Auto de fe, que buscaba evitar el relajamiento de la religión y, no menos importante, la irrupción del Viático que se llevaba del Sagrario a casa del enfermo desahuciado; que contrastaba con la alegría y regocijo del “Vítor”. Y no podemos mencionar, por falta de espacio, a la enorme cantidad y diversidad de personajes desde el virrey y el obispo hasta el lépero que compartían aunque fuera brevemente ese espacio vital para la vida de la ciudad.

Ya decía antes a pesar de la enorme importancia de las tres modalidades de comercios que coexistieron en la Plaza mayor de la Ciudad de México, no eran los únicos sitios destinados a tianguis. Así el tianguis San Hipólito o de Juan Velázquez se ubicaba muy cerca de la Ermita de los Mártires, fundada por Juan Garrido y ahí más tarde se fundó la parroquia de San Hipólito de gran importancia para la ciudad de México porque fue una de las celebraciones civiles y religiosas más importante que desde 1528 hasta 1817 se realizaba por el Ayuntamiento de la ciudad. El tianguis de San Hipólito tenía autorizadas sus actividades de compra venta para los días miércoles y jueves. Este tianguis abastecía principalmente a la población indígena que habitaba la Calzada de Tacuba y los asentamientos de Santa María Cuepopan.

En el centro del Barrio de San Juan Moyotlan, que correspondía al suroeste de la traza, se conservó el llamado “tiangues de México”, como aparece en las actas del Cabildo de la Ciudad de México a lo largo del siglo XVI, que entraba en operación sólo el día sábado. De acuerdo a las fuentes este tianguis como el de Tlatelolco se realizaba en el Tecpan del barrio y por eso tenían las autoridades gran interés en conservarlos. Pero a diferencia del tianguis de Tlatelolco que desapareció, según algunos y según otros sólo se desplazó a la antigua “frontera” entre las ciudades gemelas: Tlatelolco y México Tenochtitlan, es decir, a la Lagunilla; el de San Juan no sólo se conservó, a pesar de los cambios políticos, sino que, se multiplicó.

Porque actualmente existen cuatro mercados (el término tianguis es poco a poco desaparecido del lenguaje común en la ciudad) San Juan construidos en distintos momentos pero con la intención de materializar el progreso y la modernidad de la Ciudad de México. Así, el Mercado San Juan Pugibet se inauguró el 1 de mayo de 1955 (en Calle Ernesto Pugibet no. 21) que se ubica en el número 77 de la lista de Mercados de la Ciudad de México, cuenta con 361 locales y en su página oficial recuerda que

por los pasillos se encuentran quesos de todo tipo, importados, los más finos, carnes exóticas como la de avestruz, cocodrilo, búfalo, jabalí, aves y otros que si no sabe dónde conseguir, ahí encuentra, como el conejo, cabrito, pavo auténtico, codorniz y mucho más.

Los pasillos guardan también lo misterioso de verduras y condimentos orientales, nombres difíciles de retener a la primera, hasta los abarrotes son dignos de mencionar, latería y otros productos traídos de distintas regiones del mundo, para los paladares conocedores y exigentes.

En el mercado de San Juan se dan cita chefs y gourmets que ahí encuentran sus gustos, pero al ser un espacio popular, por supuesto está abierto para todo el público, aun así, es casi desconocido y poco apreciado. A nivel mundial es famoso, pues se ha hablado mucho de él en Europa y publicaciones de distintas latitudes que hacen referencia de este espacio, sin embargo, los propios nacionales –aún más, los capitalinos- pasan sin conocer de la existencia de un sitio tan fascinante. Es de esos puntos de realismo mágico que hacen de la ciudad de México, una urbe con mucho que explorar todavía.

Además el Mercado San Juan de Flores o Palacio de las Flores (Ernesto Pugibet y Luis Moya) es el número 74 en la lista de Mercados y cuenta con 133 locales fue inaugurado el 17 de noviembre de 1956. En una página web de la Ciudad de México se lee: “Una de las grandes experiencias del D.F. Este mercado se caracteriza por la venta de diversas variedades de plantas, flores y frutas, donde el color y los aromas se funden con el visitante. Se localiza en el centro de la ciudad”.

Sigue el Mercado San Juan Arcos de Belém con el número oficial 78 y cuenta con 399 locales; se ubica entre el Eje Central y la Calle de López sobre la Avenida Arcos de Belém y se fundó el 14 de diciembre de 1955. De este mercado ¡Cómo olvidar las célebres tostadas las de pata ni dudarlo que vendían unos jóvenes amanerados pero que eran deliciosas! y todos los días llegaban a las 11:00 de la mañana y en menos de dos horas y media terminaban con las tres o cuatro cazuelas enormes que llevaban.

Finalmente, está el Mercado San Juan Curiosidades (en la Calle Ayuntamiento números 22 y 28) y número 86 en la lista de Mercados con  176 locales e inaugurado el 14 de septiembre de 1970 y la misma página dice “este mercado no es muy conocido pero contiene una gran selección de artesanías. Más tranquilo que otros mercados artesanales; las diferentes tiendas venden rebozos, artesanías de plata, textiles, muebles, maletas y un sinfín de curiosidades para llevar de recuerdo”. Por cierto aquí se conserva la vieja estructura y diseño del célebre y muy reproducido Mercado Iturbide.

En este breve recorrido por el verdadero espíritu de la Ciudad de México que está en los tianguis, en los mercados tradicionales; en los mercados sobre ruedas y en fin esos espacios de compra-venta de productos perecederos no puedo omitir dos menciones especiales, muy especiales.

La primera tiene que ver con el célebre y más que célebre Mercado de la Merced; el actual mercado, viejo tianguis de San Pablo, es heredero de la vieja tradición desde la época colonial del barrio que se dedicó al comercio. El mercado tomó su nombre por su ubicación en el barrio de la Merced, designado así desde la que se fundara el Convento de Nuestra Señora de la Merced de la Redención de los Cautivos en 1594.

Este Mercado era el principal centro de abasto de la Ciudad de México y, sin dudarlo también, de su zona metropolitana. Viejo mercado de dos naves que vio crecer otros como el de las flores, el Ampudia o de los dulces y hasta el exótico y aterrador Mercado Sonora. Pero siempre ha conservado su sabor de barrio dedicado al comercio y basta darse una vuelta por la madrugada para percibir la cantidad de movimiento provocado por camiones, coches, tráilers, “diableros”, cargadores y compradores y vendedores.

La segunda referencia tiene que ser al Mercado de la Viga, la fuente y deleite para los apetitos afectos a los mariscos en todas sus expresiones desde el muy tradicional huachinango hasta jaibas y demás delicias del mar (o de agua dulce). Ya no sigo porque se me escurre el antojo y sale por entre los labios.

Cuando se construyó la Central de Abastos, aunque se conserva la noción de mercado, en realidad se convierte en una central que provoca el encuentro de vendedores al por mayor, en ocasiones también son los productores, con vendedores que se dedican a la venta al menudeo, medio menudeo y mayoreo según el cliente es la cantidad de productos que se le ofrecen. A pesar de la Central, otro Mercado el de Jamaica, no ha dejado de ser un lugar para comprar perecederos y es el favorito para adquirir gruesas de flores para los más distintos motivos, en especial para los que viven en la parte centro y norte de la Ciudad. Porque viajar hasta Xochimilco y sus diferentes ofertas para adquirir flores de temporada, plantas de ornato y hasta para la venta no es muy atractivo para los norteños y si para los habitantes de esa región.

Así que el espíritu de la ciudad está en sus mercados, en sus viejos y transformados tianguis que convocan a todos nuestros sentidos para participar en ese viaje mágico, misterioso, digestivo y hasta educativo por los pasillos de los mercados de la Ciudad de México. Porque el marchante, dueño o poseedor del local no duda en señalar con toda paciencia las cualidades de sus productos y hasta para darle la probadita, previo corte a la manzana, la naranja y en fin un largo etcétera. Todo para que no dudemos en comprar sus productos y, claro, se puede aprovechar para regatear una reducción del precio por el volumen de compra y si no apelar a su buena voluntad para que sacrificando parte de su ganancia, hacer entrega del casi muerto, desaparecido y extinto “pilón”.

Por cierto, otra fecha importante es el 15 de agosto de 2016 cuando se hizo la Declaratoria como Patrimonio Cultural Intangible a las Manifestaciones Tradicionales que se Reproducen en los Mercados Públicos ubicados en la Ciudad de México por las autoridades (no sé si del difunto DF o de la naciente Ciudad de México).

Este es el mejor homenaje que se puede rendir a quienes se han  dedicado a un oficio noble, vital y clave para la vida no solo de la ciudad; sino para todos los que estamos –por distintas razones- en ella. Aunque a veces invadan espacios que se escurren de los mercados y se cruzan por nuestras calles de manera molesta y hasta agresiva.

Crónica presentada al concurso de Crónica convocada por la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México en septiembre de 2017

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