LAS HORAS DE MI AGENDA

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

Volver a casa. Desde mi breve escala en el Auditorio Nacional hasta el momento en que escribo estas líneas, han pasado dos meses, en los cuales las lecturas se van acumulando sobre mi mesa de trabajo y las travesías han disminuido por toda suerte de imprevistos. Pero si lo vemos de otra manera, decidí parar el carro.

En mi época de incipiente bloguero, ante la prolongada ausencia de los espacios virtuales, Julia Cuéllar me decía que muchas de las veces, cuando no escribimos, es porque estamos ocupados en vivir las cosas, para luego escribirlas y conservar su esencia, de memoria muchas de las veces.

Ahora que “vuelvo a casa”, es decir, retomar los afanes y los días de esta columna, como en el poema “Ítaca” de Constantino Cavafis, vuelvo lleno de grandes mercancías, entre éstas, las de la memoria, para extender la vida y suscitar enlaces para comprenderla un poco mejor, porque, después de todo, el mejor remedio para soportar la vida de todos los días es el mismo que sugerían los clásicos: Nulla dies sine linea -“ni un día sin escribir”.

(¡¡A lo que sigue!!)

Escalas en Donceles 104. Desde hace más de un año, el firmante de esta columna se volvió asiduo a la librería que tiene El Colegio Nacional en el número 104 de la calle de Donceles, en el Centro Histórico; donde antaño se ubicó una sucursal de Librería Porrúa, ahora se puede conseguir el fondo editorial de El Colegio Nacional, conformado por la obra de sus integrantes: desde sus obras completas bellamente empastadas hasta los ya clásicos libros de canasta, de 30 pesos por ejemplar y sobre diversos temas: ciencias, cultura y artes.

Por la página de Facebook que tiene la librería del Colegio, me entero de sus novedades editoriales; los discursos de ingreso, las más de las veces. (En alguna entrega, comenté aquí sobre mi adquisición de los discursos de Julio Frenk Mora y de José Antonio de la Peña, que recomiendo sobremanera.) Ahora bien, mis escalas recientes se debieron para la misma cosa: conseguir ejemplares de discursos de ingreso.

En la primera escala, a un día de concluir su Cuarto Remate de Libros, fui corriendo por unos discursos de ingreso para regalar, en particular, los pertenecientes al ramo matemático: José Ádem, Samuel Gitler y José Antonio de la Peña. (Dos juegos, para mis colegas de ese campo.) Mientras que en la segunda (el viernes pasado), lo que en principio fue conseguir el (ansiado) discurso de Domínguez Michael, se volvió milagro por partida doble, pues no sólo conseguí un ejemplar, sino también la primera edición de Octavio Paz: viajero del presente de Roberto Hozven, y los dos tomos de Recorre el día, antología temática de Alfonso Reyes, compilada por Alfonso Rangel Guerra. (De estos últimos, apliqué la máxima bibliófila de mi colega y maestro Rubén D. Medina: “si ves uno, compra dos”. Un juego para obsequiar, otro para mi acervo alfonsino.)

Como me decía una colega tuitera el fin de semana, “qué bonita costumbre la de ir al Colegio Nacional a buscar tesoros bibliográficos escondidos”. (Y sí, suscribo por entero.) Mejor costumbre aún, si esos hallazgos los compartes a diario, sea recomendando la visita a su librería o a sus stands en ferias del libro, sea obsequiando ejemplares cada vez que la ocasión lo permita. (Lo demás viene por añadidura, siempre.)

Una biografía que se lee como novela. En el transporte de regreso a casita, suelo encontrarme a una amiga, con quien me une –además de un compañero nuestro, economista metido a Letras- la grata coincidencia en redes sociales; en nuestra escala más reciente, la semana pasada, salió en la charla que le gusta leer novelas, cada que el trabajo le concede una breve tregua. Y como el firmante de esta columna, si en algo se distingue es recomendar libros a diestra y siniestra, no dudó en recomendarle Fábrica de colores. La vida de Guillermo González Camarena de Carlos Chimal, publicada por el Fondo de Cultura Económica en su colección La Ciencia desde México.

Si me permiten la confesión, siempre me atraído las vidas de los inventores, al grado que, tardíamente, descubrí por Canal Once aquella serie animada de nombre Érase una vez… los inventores, vuelta favorita de buenas a primeras. Y luego, por obra y gracia de un profesor de preparatoria, leí algunos volúmenes de la legendaria colección Viajeros del Conocimiento, editados por Pangea. (Un saludo para Maia y Kirén Miret, hijas de Victoria Schussheim, impulsora de este proyecto.)

Al momento de leer Fábrica de colores, mi admiración por González Camarena, amén de seguir presente, se afianzó al conocer otras facetas suyas: escritor de canciones, diseñador gráfico (el logo original del Canal 5 parece hecho para hoy), maestro de ceremonias y hasta mago. Sólo las mentes más vivas pueden hacer este tipo de milagros, entre éstos, conectarnos temas u objetos en apariencia opuestos.

¿Recomiendo su lectura? ¡Por supuesto! Para quien ame las biografías bien hechas, y para conocer a un mexicano excepcional, cuya vida, per se, es material de novela. (Ya me contarán cómo les fue, por ahora… vamos por la relectura ¿no?)

Las mañanas con Margot. Por las mañanas, al levantarme, me es ineludible una cosa: encender la radio. Siempre que lo hago, suelo sintonizar estaciones de música, para comenzar el día de buen ánimo. (Aquí en corto, me abstengo de escuchar noticiarios antes de bañarme: luego por qué se dan las fake news, eh…)

En Reactor 105.7 FM, de 6 a 8 am, el programa Tornasol, conducido por Margot (quien los domingos también conduce Primavera cero, homenaje radiofónico a Gustavo Cerati y Soda Stereo), se distingue de otros programas matutinos no sólo por su excelente selección musical, sino por las secciones fijas de cada día: los lunes, Depósito de cadáveres, sobre libros; los martes, Mucha mierda, en torno al teatro; miércoles, Curaduría, sobre museos y exposiciones; los jueves, Actitud Eddy Govea (léase el señor productor y algunos temas de interés), y los viernes, Head Bang, sobre rock.

Otra peculiaridad de Tornasol, sus efemérides: si el músico de equis agrupación, por ejemplo, cumplió años o se conmemora el aniversario de su fallecimiento, de inmediato, una canción de esa agrupación, o del solista, dado el caso. (Además, la chispa y el buen tono de Margot siempre te saca una buena sonrisa…)

Como radionauta que soy, no dejo de viajar por el dial, abierto a gratas sorpresas. Y escuchar a una locutora ingeniosa y genial como Margot, ya nos hace el día. (¿A poco no?)

Leer no es un delito. Al cierre de esta colaboración, leo en Twitter que a un joven se le vetó el acceso a la biblioteca “Benito Juárez”, ubicada en el interior de la estación Chabacano de la Línea 2 del Metro, y está desatando fuerte polémica. Para quienes usamos este medio de transporte, es inherente ejercer allí el acto de la lectura, puesto que para llegar del punto “a” hacia el “b”, una novela de turno, los apuntes de clase o el ya democrático periódico (cuyo nombre queda a elección de ustedes) nos hacen el quite en el trayecto. Sin embargo, contar con un espacio físico para detener nuestra marcha y leer con toda tranquilidad, nunca estará de más.

Si al interior del metro es posible encontrar estanquillos de medio pelo, huacales de libros, tiendas naturistas, museos de paso y hasta un cine (véase metro Mixcoac, Línea 12), ¿por qué no una biblioteca? (Hasta donde sé, existen algunas en varias estaciones, pero en la de Chabacano, por contar con una ubicación privilegiada -¡transbordo para tres!-, no debe haber restricciones tanto para su acceso como para su uso.)

Por lo que sé, el Sistema de Transporte Colectivo Metro pone énfasis en cuanto a la difusión de la cultura: ¿quién no recuerda aquellos carteles conmemorativos de Alí Chumacero, Jaime Sabines, Raúl Anguiano, por decir algunos? ¿Y el programa Para leer de boleto, donde se repartieron más de diez antologías con obra de escritores mexicanos recientes? No pongo en duda esa ingente (y hasta heroica) labor, pero sí, evidenciar el chato criterio de los empleados de cada estación –desde el personal de taquillas hasta el policía en turno- por vetar el acceso a espacios que, por antonomasia, son públicos.

Y desde aquí, mi apoyo al colega que sufrió las tropelías de gente que ganaría muchas batallas leyendo, porque leer no es un delito.

(Nos leemos muy pronto. ¡¡Gracias!!)

babelises@hotmail.com

@Cliobabelis

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