LAS HORAS

LAS HORAS DE MI AGENDA

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

Ramos en la memoria. Hace dos semanas, tuve la fortuna de encontrarme a una colega y amiga mía, allá por las inmediaciones de la Alameda Central, por cuestiones bibliográficas, es decir, para venderme un libro (a resultas de la desintegración de su biblioteca personal) y entregarle otro, de nuestro maestro y colega Raymundo Ramos, Mi diario sobre ti.

Nuestra conversación intermitente -con todo y lluvia torrencial- se dio gracias al grandioso recuerdo de Ramos, cuya vida, obra y milagros siguen ganando batallas. “No hay día en que no me llegue un recuerdo suyo”, me decía mi joven y talentosa colega; luego de suscribir sus palabras, le comenté lo siguiente: en sus libros más recientes, tanto la novela de marras como El fantasma doméstico e historias de papel tapiz, su volumen de cuentos, están muchas presencias gratas a él. “A cada uno le dedicó un cuento, y para el caso de la novela, es difícil saber a quién alude, porque hay algo de cada quien”, decía mi colega, “como en el cuento que te dedicó ¿verdad?” Asentí de inmediato y en ese instante, le conté cómo fue aquel día que suscitó ese cuento. (“Lectio”, por si quieren echarle el guante.) Entre éste y otros recuerdos, se nos fueron el tiempo y la lluvia.

Llegadas las 4 pm, nos despedimos en espera de otro momento para coincidir y continuar una conversación sobre un maestro y colega que nos dio destino y enseñanzas, sobre todo, una fe de vida: vivir por y para la literatura. Mientras tanto, la poesía de ella sigue ganando millas de vuelo hacia el sueño del primer libro, y, claro, en espera de encontrarse con aquel ejemplar del mío, que duerme tranquilo en algún rincón de la Casa Morada. (Le propuse enviarle el .pdf, pero ya veremos…)

Alma Delia Murillo en la Alameda. Luego de encontrarme con mi joven colega, seguí con la segunda cosa por hacer en mi agenda: asistir a la presentación del nuevo libro de Alma Delia Murillo, El niño que fuimos, dentro de las actividades de la Feria del Libro en la Alameda Central, organizada por la Brigada Para Leer en Libertad.

Mientras aún había gente en torno de los participantes de la mesa anterior (entre ellos, Olallo Rubio, legendario locutor de Radioactivo 98.5), ya el foro principal se hallaba abarrotado por el público asistente a la presentación. Pasadas las 4 pm, la autora, acompañada por Ramón Córdoba, editor de Alfaguara, comenzó a hablar sobre la segunda novela de Alma Delia (tercer libro de una obra breve pero llena de talento, antecedida por Damas de caza, volumen de cuentos, y Las noches habitadas, su primera novela). Para ello, el editor le compartió a la autora tres palabras que le surgieron a la par de la lectura de su novela: bildungsroman, diáspora¸ backstage. De la primera palabra (cuyo significado en alemán quiere decir “novela de aprendizaje”), se cuenta la historia de tres personajes, niños, durante su estancia en un internado y de las cosas que comparten juntos, entre éstas, la procedencia de un hogar fragmentado; para la segunda, del cómo la vida misma hizo mella en la vida posterior a su etapa en el internado, y para la tercera, un trasfondo autobiográfico, puesto que la autora pasó sus años de infancia en el mismo internado que sus personajes, y parte de esos años se reflejan en las páginas de El niño que fuimos.

Para la segunda parte de la presentación (donde un performance de paquetes de libros iba y venía de la parte trasera del escenario), la autora respondió algunas preguntas del público y del cómo descubrió su vocación de escritora, luego de tomar un taller de narrativa con Óscar de la Borbolla. En lo que sí fue muy enfática fue en declarar que para dedicarse a escribir, hay que ser un gran mentiroso. (Más bien, seguimos inconscientemente un postulado de José Alfredo Jiménez, hacer feliz a la gente con una mentira, pero eso es otro cuento…) Y para cerrar la sesión, el editor dio una primicia al público como a la propia autora: el anuncio de la primera reimpresión de El niño que fuimos, luego de agotada la primera edición. (Y no era para menos, dada la enorme respuesta del auditorio…)

Una vez que Alma Delia Murillo bajó del escenario, se colocó una mesa en la parte izquierda con algunos libros para venta, sacó su bolígrafo y comenzó a firmar ejemplares. Para entonces, se hizo una enorme fila para obtener la firma y hasta la foto con la autora. Mientras ocupaba mi lugar, saludé a Julia Santibáñez (a quien no veía desde su charla en la FES Acatlán, invitada por Óscar de la Borbolla) y me pareció ver por ahí un rostro conocido. “Disculpa ¿tú eres La Mala?” Ella, al escucharlo, sólo le quedó asentir y le dije que sigo todas sus andanzas en Twitter. “Ay, qué pena que leas todas esas babosadas…”, me dijo. “Nada de eso, siempre es una dicha leerte”, y quedamos de enviarnos tuits para seguir el contacto. Acto seguido, ocupé mi lugar en la fila.

Luego que un seguidor de Twitter se apersonó con los tres libros de Alma Delia –“¿Dónde los conseguiste?”-, me saludó un colega filósofo de Acatlan City, y La Mala se coló en la fila para obtener su ejemplar firmado, llegó mi turno para la firma. “Soy el colega de la foto de Padura, ¿recuerdas?” (Semanas atrás, compartí en Twitter una foto de las novelas que me obsequiaron, entre éstas, la de Alma Delia y la nueva de Leonardo Padura, admirado por ella.) Y además de compartirle mi gusto por una escena en particular, firmó mi ejemplar con la pluma de las escritoras, mi estilográfica de batalla. Agradeció mi presencia y siguió firmando libros.

En el camino de regreso a casa, proseguí mi lectura de la novela (a pocas páginas de terminarla), pero ya con la satisfacción de haber asistido a su presentación, y de compartir unos minutos con una escritora de enorme talento, y de quien espero leer sus obras anteriores, porque en el empeño de leer escritoras, no faltarán instantes para cumplirlo a cabalidad. (Así sea.)

De Jean-Luc Godard a Roland Barthes. Al momento que mi colega y amiga compartió las fotografías de los libros que se irían de su biblioteca, de inmediato fijé mi atención a uno en particular: el Diario de mi viaje a China de Roland Barthes, publicado por Paidós, en la colección dedicada exclusivamente a las obras del connotado semiólogo y escritor francés. Sin pensarlo mucho, comencé su lectura.

A medida que avanzaba en su lectura, me quedé de a seis. Con todo y que se trataba de los cuadernos inéditos que Barthes escribió durante su viaje a China, en 1974, muchas de sus anotaciones me remitieron, casi de inmediato, a una película que acababa de ver en un ciclo de cine-debate: La chinoise, del director suizo Jean-Luc Godard, donde se hace una férrea crítica al maoísmo, enarbolado por un grupo de estudiantes franceses en 1967.

“¡Por qué no leí esto antes! Hubiera entendido un poco más de esa película…” (A decir verdad, no era la primera película de Godard que veía en mi vida –El desprecio, que bien valdría nuevamente la vista-, pero algún “norte” siempre se agradece.) Seguí con mi lectura de Barthes, y no fue sino hasta la mañana de ayer que comprendí tres cosas: una, aunque las ideas expresadas en su Diario coincidan con algunas imágenes del filme de Godard, fue sólo una coincidencia mi encuentro con ambas; segunda, el autor de El placer del texto (por alguna razón que nadie alcanza a explicar) tuvo fuertes razones para no transformar esos cuadernos en un libro más en forma, y una tercera, sí existió una película que suscitó el interés de Barthes por ese país asiático: China, del cineasta italiano Michaelangelo Antonioni.

(Paréntesis aparte: ¡Qué manía de los editores, investigadores y lectores acuciosos en publicarlo todo, hasta los borradores y cuadernos personales! Ahora comprendo por qué E. M. Cioran se empeñó en destruir varios de sus cuadernos, para evitar futuros malentendidos. Pero el tiempo le ganó la partida por una sola vez…)

De cualquier manera, bien vale el acercamiento, tanto al volumen barthesiano como a la película de Godard. Y si me permiten la (¿locuaz?) sugerencia, acompañar la lectura del Diario de mi viaje a China con “Mao Mao”, canción del francés Claude Channes incluida en La chinoise. (Si le queda a la medida, todo quedará en mero placer del texto ¿no creen?)

Una tarde en la FILIPN 2018. Cuando llega una feria del libro, dos cosas me son ineludibles: revisar el programa de actividades en la página oficial de la feria, y apuntar las actividades de mi interés en mi agenda. Y para el caso de la Feria Internacional del Libro del Instituto Politécnico Nacional, no era para menos, porque a medida que revisaba la programación de cada día, ya tenía anotadas todas las actividades de mi interés, donde la búsqueda del ejemplar firmado como el reencuentro con un colega muy querido estarían a la orden del día.

Para mi primer día (y al parecer, único) en el Centro Cultural “Jaime Torres Bodet”, en Zacatenco, llevaba dos objetivos: saludar a Mariel Damián y conocer a Sue Zurita (porque bien dicen que en las ferias del libro se conoce a los amigos, o por lo menos, te los reencuentras). Y a éstos sumé un tercero: encontrarme con una amiga muy querida, que toma un diplomado los sábados en la Escuela Superior de Turismo del IPN, a tiro de piedra del llamado Queso.

Con un ligero retraso de media hora, llegué a Zacatenco para encontrarme con mi amiga y colega; mientras ella salía de la biblioteca y nos veíamos en un punto intermedio, eché un vistazo a todos los stands y pabellones. Saludé a mis amigos de El Colegio Nacional, tomé fotos de algunas editoriales participantes y hasta me di vuelo revisando las ofertas: Yo, la peor, novela de Mónica Lavín sobre Sor Juana Inés de la Cruz, ¡a 100 pesos! Al principio no podría creerlo, así que seguí mi recorrido en espera de asimilarlo. Para entonces, mi amiga ya estaba cerca y al momento de encontrarnos, seguimos el recorrido.

En el pabellón de Publicaciones IPN, echamos un vistazo y en una mesa de libros de 20 pesos se llevó uno sobre arte y en otro anaquel, un volumen de temas históricos. Mientras revisaba los libros sobre turismo, se sorprendió al encontrarse uno escrito por su maestro en el diplomado: “A mí me lo obsequió, y ahora que veo su precio en la feria, ¡estoy sorprendida!” Luego de esto, pasó a pagar sus libros y seguimos el recorrido. A la izquierda del pabellón, estaba el equipo de Canal Once promoviendo su programación y realizando encuestas a los asistentes a la feria. Después de tomar un separador para mi colección y de responder la encuesta, le expresé a la compañera del stand mi preferencia por dos series del canal, Historias de vida y Retratos de mujeres. “Muy pronto tendremos la nueva temporada de ésa”, me dijo. Y, claro, aproveché el momento para quejarme de la serie sobre Sor Juana: “Un rotundo fracaso, a mi parecer. El elenco estuvo muy bien, pero la trama… nada de nada. Eso sí, para Arcelia Ramírez y Margarita Sanz, mis respetos”. Y sobre otras series, como Paramédicos y Hanako y Ana, mi admiración absoluta. Luego de escucharme, la chica del canal agradeció mi opinión.

Para cuando nos dimos cuenta de la hora, ya había terminado la presentación de un libro que tenía contemplada; corrimos de inmediato al foro, para ver si aún podría alcanzar a Mariel Damián, pero ya estaba la siguiente actividad. De cualquier manera, seguimos recorriendo la feria, por si se daba el grato encuentro.

Al momento de llegar a la carpa del país invitado, Corea del Sur, recordé mi segundo objetivo y cuando llegamos a los stands de las editoriales independientes, de inmediato mi corazón comenzó a latir ¡porque ahí estaba Sue Zurita! (“Ahora sí no me iré en ceros…”) Me acerqué a un anaquel con varios ejemplares de sus obras –El viaje de los colibríes, Buenas noches, desolación, y Aquellos días, su novela de reciente aparición-, los revisé y sin que me lo esperara, ahí estaba la autora, a quien saludé con todo gusto: “Hola, Sue, pues aquí estamos, tal y como lo prometí en Facebook…” Platicamos brevemente y luego de comentarle que traía en mi bolsa mi ejemplar de El viaje…, me sugirió seguir con el volumen de cuentos, Buenas noches, desolación, y de ahí, a su nueva novela. Sin dudarlo dos veces, los compré.

Nos acercamos a una mesita donde se puso a firmar ejemplares a los asistentes a la feria (lectores todos de su primera novela), además de tomarse fotos con ellos. Mientras firmaba mis ejemplares, me obsequió un llavero en forma de cacao, de Tabasco, y una muñequita quitapenas, de Chiapas, que, según la leyenda, si le cuentas tus penas antes de dormir y la pones debajo de la almohada, se van tus pesares al día siguiente. Después de firmar mis tres libros con la pluma de las escritoras, me pidió que le tomara varias fotos, cosa que hice gustoso con mi flamante teléfono. Agradecí el encuentro y quedé de enviárselas por el messenger de Facebook.

Volvimos al foro donde antes había estado Mariel Damián, y al ver que había una nueva presentación, decidimos quedarnos. Se trataba del poemario Principia, de Elisa Díaz Castelo, publicado por el Fondo Editorial Tierra Adentro, y presentado ni más ni menos que por Laura Sofía Rivero, colega y amiga de Letras en la FES Acatlán. Entre acertadas ponderaciones de la comentarista y varias lecturas de los textos allí publicados, resolví comprarlo de inmediato, y así fue. Me formé para obtener la firma de su autora (¡y con la pluma de las escritoras, para variar!) Hecho esto, saludé brevemente a Laura Sofía, en espera de que el azar nos conceda otros encuentros.

Pasadas las seis de la tarde, mi amiga historiadora y quien esto escribe emprendimos el regreso a casa, contentos de haber pasado un buen rato en tierras politécnicas. “Nunca había venido a una feria del libro del Poli”, me confesó. “Ojalá y sea la primera de muchas”, le respondí.

Cada año, y ustedes bien lo saben, me llena de gusto la proximidad de una feria del libro, sin importar quién la organiza, dónde se realiza, o simplemente su duración: mientras persista el milagro de la amistad y de los gratos encuentros por los pasillos de las ferias, la mitad de la batalla ya se tiene ganada de antemano. (¿A poco no?)

Arreola en el camino. En este mes, celebraremos a un glorioso centenario, previamente anunciado en una entrega anterior de estas Horas. Me refiero, sin duda, a Juan José Arreola. El próximo 20 de septiembre, el autor de La feria, Confabulario y La hora de todos, por decir algunas obras suyas, cumple cien años de su nacimiento, y, claro, no faltarán mesas redondas, conferencias, nuevas ediciones de sus obras y hasta lecturas colectivas para celebrarlo. Por el momento, sólo me empeño en sostener que el mejor homenaje hacia un autor reside en leerlo; por donde quieran entrarle, por la novela, el cuento o sus textos de varia invención, Arreola seguirá en el camino. ¡A darle, entonces!

(Nos leemos pronto, muy pronto. ¡¡Gracias!!)

babelises@hotmail.com

@Cliobabelis

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