Sahagún y Garibay por MLP

TLAZOHCAMATI, DON MIGUEL

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

En fechas recientes, cuando acudo a ferias del libro, remates o ventas especiales, los libros que termino por llevarme a casa, con todo y los temas de mi interés, nunca dejan de sorprenderme; caso concreto, la semana pasada, cuando hice escala en la librería de El Colegio Nacional y compré allí Bernardino de Sahagún, pionero de la antropología, biografía escrita por Miguel León-Portilla. Días después, me llegó la noticia de su fallecimiento.

¿Cuándo fue la primera vez que leí en caracteres de imprenta, el nombre de Miguel León-Portilla? Creo que fue en mi último año de secundaria, cuando al revisar el librero de mi padre encontré Visión de los vencidos, en una edición de la UNAM, cuyo papel se volvió amarillo con el tiempo; pero donde sí lo leí a rajatabla fue en segundo semestre de preparatoria, por obra de un profesor (del cual no conservo buenos recuerdos). De cualquier manera, la obra más conocida de Miguel León-Portilla se quedó en mi historial de lecturas.

En octubre de 2000, en el primer año de Letras Hispánicas en la entonces ENEP Acatlán, tuve la fortuna de escuchar al Dr. León-Portilla en una conferencia magistral dentro del Primer Encuentro Internacional de Historiografía Lingüística (Tercero de Lingüística en Acatlán); en ese momento, caí en la cuenta de que sólo llevaba un libro suyo, Herencia náhuatl (publicado por el ISSSTE), por lo que resolví comprar otro ejemplar de Visión de los vencidos en ese momento (y a un precio súper accesible). Al término de la conferencia, tanto maestros como alumnos hicimos una ronda alrededor del ilustre conferencista, para pedirle su firma en los libros que llevábamos. Llegó mi turno y salí contento de ahí. Ése fue mi primer encuentro con León-Portilla… de varios que se suscitarían más adelante.

Gracias a mi maestra Pilar Máynez, en su calidad de presidenta de la Sociedad Mexicana de Historiografía Lingüística, tuve la fortuna de asistir a varios cursos y conferencias, donde conocí a una colega suya, Ascensión Hernández Triviño, con quien se dieron gratas coincidencias, pero sobre todo, un amor a los libros. (Recuerdo que en alguna ocasión le conseguí algunos ejemplares de Antigüedades de la Nueva España de Francisco Hernández, del cual ya no contaba.) Un día, le compartí mi deseo de leer Fray Bernardino de Sahagún en Tlatelolco, libro que la Secretaría de Relaciones Exteriores le publicó a Miguel León-Portilla. Tiempo después, luego de mi participación en el Segundo Encuentro Internacional de Historiografía Lingüística, en el Castillo de Chapultepec, me obsequió un ejemplar de ese libro. ¡Quedé maravillado! Y tiempo después, en una mesa redonda en el Instituto de Investigaciones Históricas, obtuve la respectiva firma. (Varios de sus libros llegaron a mis manos por obra y gracia de Chonita, esposa de don Miguel, y de mi maestra Pilar, discípula dilecta. Colegas suyas, al fin y al cabo.)

A lo largo del tiempo, acudía a las conferencias y homenajes donde don Miguel hacía acto de presencia: el Instituto de Investigaciones Históricas, la Biblioteca Nacional, las sesiones públicas de la Academia Mexicana de la Lengua, El Colegio Nacional, y siempre acompañado por Chonita. (Y, claro, con algún libro suyo en mi bolsa, para la ulterior obtención de su firma…) Con todo y que su presencia era más que notoria en los lugares que visitaba, siempre destellaba su sencillez en el trato. Recuerdo dos momentos: uno, al final de unas jornadas en torno a fray Bernardino de Sahagún, en la Biblioteca Nacional, después de firmar mi ejemplar de su biografía sobre Sahagún, me compartió algún recuerdo que le salió al paso en ese instante (el cual, hoy día, se me disuelve en el tiempo), y otro, al final de una sesión pública de la Academia Mexicana de la Lengua, cuando se me acercó para pedirme prestado mi teléfono celular y hacer una llamada; al término de ésta, agradeció el buen gesto de mi parte, a lo que respondí “Cuando guste, don Miguel…”

La última vez que tuve la dicha de verle, fue al final de la primera sesión de un curso sobre el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, en el flamante Centro Cultural Universitario Tlatelolco (antes, Secretaría de Relaciones Exteriores); una amiga muy querida, Ana Balderas, y quien esto escribe nos acercamos a él para felicitarlo por la conferencia. Me firmó su biografía de Ángel María Garibay, escrita al alimón con Patrick Johansson, colega suyo. Fue el último libro que contó con su rúbrica.

En mis encuentros con Chonita, Pilar y Ana, el tema de conversación, por lo general, es don Miguel: sus libros, conferencias, algún recuerdo compartido en común… y su delicado estado de salud, condición que limitó sus apariciones en público, mas no el ímpetu con que siguió entregando nuevos estudios y antologías, como La tinta negra y roja (favorita de mi colega Héctor Iván González, según supe en fechas recientes). Eso sí, el buen ánimo que le distinguió no se hacía esperar… inclusive a la distancia, cuando respondió, por vía de videoconferencia, al discurso de ingreso de Concepción Company a El Colegio Nacional.

De todas las vertientes de su obra, en particular me quedo con la biográfica:  desde Bernardino de Sahagún, pionero de la antropología y Ángel María Garibay: La rueda y el río hasta su compilación más reciente, Humanistas de Mesoamérica (libros que suelo obsequiar a la primera oportunidad, por cierto). Como siempre pontifica un querido y trasatlántico amigo nuestro, hoy debe nacer su siguiente lector; tanto sus investigaciones sobre las lenguas originarias de Mesoamérica como las biografías de maestros y colegas, pasando por la poesía y el teatro (La huida de Quetzalcóatl), quedan a la espera de encontrarlo, y compartirle una sabiduría a prueba de tiempo.

Tlazohcamati, don Miguel!)

babelises@hotmail.com

@Cliobabelis

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