Oscar de la Borbolla

AZARES Y LECTURAS

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

(Carta borbollesca para Atenea Cruz)

Querida Atenea:

Luego de ver tu más reciente video en tu canal de YouTube (Libros, Libros, Libros), sobre cuentistas mexicanos, y de suscitarse la lluvia de tuits y de recuerdos (y una que otra proposición libresca) en Twitter, me quedé pensando sobre un personaje singular ambos conocemos: Óscar de la Borbolla. Y para entrar en materia, es preciso volver la vista hacia atrás, cuando quien esto escribe tenía veinte años menos…

A principios del año 2000, y luego de un paro de varios meses que tuvo a la UNAM en un impasse sin término, ingresé a la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la entonces Escuela Nacional de Estudios Profesionales Acatlán; pero antes de ello, ya contaba con un hábito que, andando el tiempo, se hizo adicción: la compra de libros, y de literatura, desde 1999, cuando supe de una colección de variopinta materia: ¿Ya leíssste?, esfuerzo editorial del Instituto de Seguridad Social al Servicio de los Trabajadores del Estado (ISSSTE).

Recuerdo que el primer ejemplar de esa colección (Felicidades, abuelito, de Cristina Pacheco) lo compré en la librería Educal ¡del Palacio Legislativo de San Lázaro!, y con el tiempo, me hice de otros ejemplares ya en diferentes sucursales. Meses más tarde, en una tienda del ISSSTE, cercana a la ENEP Acatlán, encontré más ejemplares de la colección, que fui comprando a largo de varias semanas, hasta agotar existencias.

Entre los ejemplares que compré (creo que en la Educal del Pasaje Zócalo-Pino Suárez) estaba un libro de cuentos cuya lectura me dejó con el ojo cuadrado: Las esquinas del azar, de Óscar de la Borbolla. Poco después, supe que trabajaba, precisamente, en Acatlán. (Por un azar del calendario, nunca tuve a De la Borbolla como mi profesor en la licenciatura, pero la vida me concedió conocerlo de la misma forma con que había leído su libro: por sorpresa.)

En mi maleta, además de mi carpeta de hoja desprendible y algunos libros de texto para mis materias, eché mi ejemplar para cuando llegara el momento de encontrarlo, y en las escaleras del primer piso del edificio de Humanidades, se dio la ocasión: me lo dedicó con esa letra tan peculiar que lo distingue. (¿Qué diría Maryfer Centeno, grafóloga de cuño reciente, sobre aquella letra?)

Pero no fue la única vez que el agua de azar hizo encontrarnos… Un compañero mío en un curso de italiano, estudiante de Filosofía en el mismo edificio que yo, me invitó a una clase de Óscar, y como oyente supe de un ciclo de charlas con escritores que, con el tiempo, se volvió referente obligado en la vida cultura de Acatlán: los Miércoles Literarios. (Cabe anotar que el primer ciclo comenzó como “Lunes literario”, y sus primeros invitados fueron, en orden de aparición semanal: Guillermo Samperio, René Avilés Fabila, Raymundo Ramos -mi maestro en la licenciatura-, Marco Aurelio Carballo y el propio coordinador -como se volvería tradición en ciclos subsecuentes, donde el público podría hacerse de sus libros, a precios bastante módicos. De esta forma, compré Todo está permitido y El amor es de clase, del cual ya conocía varios cuentos, incluidos en Las esquinas del azar.)

Con el tiempo, me volví asiduo a los Miércoles literarios, donde conocí a otros escritores, y, claro, me hacía de su firma, en el caso de tener algún libro suyo, o de conseguirlo al final de la sesión. Y en casos extraordinarios, hasta obsequiado. Así me pasó con René Avilés Fabila, de quien me volví colaborador suyo, tanto en la repartición de su revista Universo del Búho como publicando en sus páginas. En 2005, cuando pasé a la Fundación René Avilés Fabila, en la colonia Narvarte, por ejemplares de la revista, René me invitó a quedarme al coctel decembrino con los integrantes del consejo editorial y algunos colegas invitados. (Entre los libros que me obsequiaron algunos de los escritores ahí reunidos: el Manual de creación literaria, de Óscar de la Borbolla.)

Escritores van, escritores vienen, y el ciclo seguía generando interés en la hoy Facultad de Estudios Superiores Acatlán; luego de la charla con un joven escritor, me propuso participar en alguna sesión. (Me fue muy bien, y repetí dos veces más la experiencia.)  Y además de invitado frecuente, también hice de “publirrelacionista”, cuando le conseguía nuevos invitados.

Antes de pasar estos meses recluido en casa, me di una vuelta por la Librería Parroquial de Clavería, por el gusto de recordar mi primera época de “cazalibros” (sobrenombre que cariñosamente me puso Hernán Lara Zavala); mientras revisaba los anaqueles, di con libros de la hoy desaparecida editorial Nueva Imagen, entre éstos, varios de Óscar: Nada es para tanto, Todo está permitido, La vida de un muerto, Dios sí juega a los dados y La risa en el abismo, suerte de textos autobiográficos, que no dudé en comprar… y en leer, en el trayecto de regreso a casa.

Antes de terminar con esta misiva, querida Atenea, quiero compartirte el siguiente recuerdo: una amiga de mi hermana, al saberme lector en horas 24, me pidió prestado un libro que no me aburriera, y en ese momento, sólo pude pensar en un solo libro que cumpliera con ese propósito: El amor es de clase. Se lo presté, y a los seis meses, me fue devuelto. “Me gustó mucho, a ver si lo consigo más adelante…” Cuando nos conocimos en Minería, me habías dicho que ese libro lo perdiste por algún azar de la vida… y hasta la fecha, lo tengo apuntado para ver si en mis correrías librescas se me concede encontrarlo. Hoy esa deuda se renueva con Dios sí juega a los dados (donde, me imagino, vienen varios de los cuentos de El amor es de clase) o con esa edición de Las esquinas del azar.

En espera de seguir a la caza de nuevos azares y lecturas, y de que tu persistencia lectora realice el milagro de que nuestro colega reúna sus todos sus cuentos en un solo volumen, recibe un cálido abrazo de

Ulises Velázquez Gil

babelises@hotmail.com

@Cliobabelis

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