Libros VQ

LETRAS PARA HABITAR EL TIEMPO

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

(Carta quirartiana para Jhossiani Luna)

Querida Jhossiani:

Entre las maravillas que Twitter no deja de obsequiarme, al paso del timeline, está el encontrarse con gente que destella generosidad e inteligencia, y como quien esto escribe, no deja de celebrar las coincidencias a diario. Y en el tiempo que llevo empuñando la pluma, una de esas coincidencias, gloriosa por los cuatro costados, se llama Vicente Quirarte.

¿Cómo conociste a Vicente?, seguro te preguntarás. Te responderé de la misma forma con que le respondí a mi entonces maestra de francés cuando me preguntó por su esposo (también contemporáneo de Vicente): “Leyéndolo…” Y así es, porque la primera vez que supe de la existencia de Vicente Quirarte, fue gracias a que leí textos suyos en el taller de creación literaria que tomé en mis años preparatorianos. (De hecho, Luis Tiscareño, mi maestro, lo conocía…) Tiempo después, cuando por cuestiones del servicio militar acudía los fines de semana al palacio municipal de Atizapán de Zaragoza, siempre hacía escala en el puesto de libros ubicado a un costado del ayuntamiento, un sobreviviente de aquel Correo del Libro, empresa de la SEP destinada a llevar libros más allá de la zona conurbada. Ahí compré, ¡por 15 pesos!, La luz no muere sola, antología poética de Quirarte, que me acompañó en ese periodo interesante entre mi último año de preparatoria y los nueve meses que estuve en el aire, por el paro de 1999 en la UNAM.

Cuando las cosas se normalizaron en la UNAM, en febrero de 2000 ingresé a la carrera de Letras Hispánicas en la entonces Escuela Nacional de Estudios Profesionales Acatlán, de la UNAM, al norte de la ciudad, por los rumbos de Naucalpan de Juárez (a 45 minutos de mi casa). Como suele pasar en el primer año, el joven esperanzado en volverse escritor se debatía entre el estudiante de materias de literatura y de lingüística, pero al final del día, ninguno ganaba la partida, y en lugar de acudir a mis clases, me recluía en la biblioteca, o me escapaba a librerías, museos y salas de cine. Por fortuna, grandes maestros se aparecieron en mi camino y me enseñaron la importancia de equilibrar creación con investigación: Raymundo Ramos y Pilar Máynez.

A principios de julio de 2001, las letras de Vicente Quirarte reaparecieron en mi vida y de forma providencial en la librería Educal del Pasaje Zócalo-Pino Suárez, cuando allí encontré sus Enseres para sobrevivir en la ciudad. ¡La primera edición, de la colección Los Cincuenta de Conaculta! (Lo leí de un tirón, en el camino de regreso a casa.) Una vez que me maravillaron sus letras (de nueva cuenta), me di a la tarea de conseguir sus libros.  Para cuando Quirarte tuvo la fortuna de participar en el IV Encuentro de Lingüística en Acatlán, en honor de José G. Moreno de Alba, a principios de octubre de 2002, ya tenía en mis manos, además de los Enseres y La luz no muere sola, su volumen de cuentos El amor destruye lo que inventa e Historias de la Historia (de la tercera serie de Lecturas Mexicanas), La ciudad como cuerpo (bajo el sello del ISSSTE) y su estudio sobre Luis Cernuda (comprado en alguna feria del libro, en el Instituto de Investigaciones Filológicas). Al término de la mesa inaugural, me le acerqué para pedirle su firma en mis ejemplares; se sorprendió a ver algunos, por lo difíciles de conseguir. Con el tiempo, fui adquiriendo más libros suyos, mismos que guardaba en mi bolsa una vez que me enterara de alguna presentación o mesa redonda donde tuviera la ocasión de participar. (Sin embargo, aquel 1° de octubre de 2002 fue nuestro primer encuentro, de varios que se suscitarían a lo largo de tres lustros -y contando.)

Una compañera de viaje por los caminos de Quirarte, fue mi querida amiga Rosalía Velázquez Estrada, historiadora con alma de literata, a quien conocí como alumna en un curso de ortografía y redacción, en el segundo semestre de 2004. Con el tiempo, nos hicimos amigos y entre los libros que tuve a bien obsequiarle, estaban Espejo de historias y otros reflejos de Jorge F. Hernández y Enseres para sobrevivir en la ciudad, del cual, poco después, me dijo lo siguiente: “no sabía que Vicente era hijo de don Martín. Su papá fue mi maestro en la Facultad de Filosofía y Letras”. (Paréntesis aparte: el ejemplar que le regalé a Rosalía, lo encontré en una librería de Donceles, dedicado de puño y letra a Jorge Libster, con todo y dibujo del propio autor. “Estaría bien investigar quién fue o es el destinatario de ese libro”, me decía, “pero mejor no, para evitar el malentendido”. Además, no sería la primera vez que libros de otras bibliotecas caían en las manos de mi querida Chaly: por fortuna, ella supo cuidarlos o restituirlos, llegado el momento. Creo que a Vicente le hubiera encantado ese gesto…)

Una de las cosas que suelo hacer, para mantener a raya el tamaño de mi biblioteca, es obsequiar libros. Y para hacerte un rápido balance, los que más obsequio son, ya te imaginarás, de Vicente Quirarte. (El más obsequiado: Fundada en el tiempo, a mi parecer, el “pequeño Quirarte ilustrado”. Siempre que puedo, compro algunos ejemplares tanto en ferias del libro como en los remates de “las islas”)

A finales de febrero de este año, gracias a un tuit de la Academia Mexicana de la Lengua que compartiste en tu perfil, te conocí ¿recuerdas? (Y hasta te di señas sobre cómo conseguir El México de los Contemporáneos, su discurso de ingreso…) Me alegra sobremanera que el genio y la figura de Vicente Quirarte nos haya unido, al grado de compartir nuestros listados de obra quirartiana. En alguna ocasión me comentaste que te daba envidia mi ejemplar de Zarabanda para perros amarillos y creo saber por qué. Cuando emprendí su relectura, me acompañé por la Sarabande de Haendel, cuya partitura antecede la primera parte del poema. Terminé de leer con lágrimas en los ojos y con un nudo en la garganta. (Aunque el texto completo viene en El tiempo y sus mastines, nunca está de más que lo tengas aparte. Cuando sepa de la existencia de algún ejemplar, cuenta con ello. Y de otros libros de Vicente que no tengas, por supuesto.)

En fin, Jhossiani, la obra de Vicente Quirarte se compone de letras para habitar el tiempo; es una ciudad que destella generosidad e inteligencia, donde no dejarán de suscitarse gratas coincidencias que renovadas conversaciones, donde habremos de intercambiar impresiones y escalas mutuas.

Mientras llega ese momento, recibe el cálido y fuerte abrazo de

Ulises Velázquez Gil

P. D. En la columna que recibe la presente misiva, encontrarás algunas reseñas a libros de Vicente, por si aplica la sugerencia. (Gracias por coincidir.)

babelises@hotmail.com

@Cliobabelis

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