Libros JEP

DE INFINITOS SABERES

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

(Carta josemiliana para Nancy Hernández García)

Querida Nancy, colega:

Hace unos días, mientras te compartía por mensaje directo en Twitter unas imágenes de la bibliografía que tengo sobre José Emilio Pacheco, me puse a buscar en mis libretas (mal llamadas “diario”) las veces que tuve la fortuna de conocer a este grandioso escritor. Pero antes de pasar revista a esos instantes, es preciso hacerme la siguiente pregunta: ¿cómo conocí a José Emilio Pacheco?

Allá por 1998, cuando cursaba el segundo año de preparatoria, uno de mis compañeros de entonces recomendaba a diestra y siniestra un libro que le parecía magnífico, y que ante la atención que suscitó en mí, accedió a prestarme. Ese libro fue Las batallas en el desierto, y su autor, José Emilio Pacheco. Lo leí de un tirón y, a decir verdad, no me maravilló tanto. Le devolví el libro a mi compañero, agradeciéndole el préstamo. Pero ahí no paró mi experiencia con las letras de José Emilio… En una librería ubicada en el centro de Tlalnepantla, topé con una librería (que también hacía las veces de papelería, cabe decirlo) y entre las cosas que tenía a la venta estaban varios libros de José Emilio Pacheco: El silencio de la luna, Morirás lejos (¡y en Joaquín Mortiz!), Irás y no volverás, Ciudad de la memoria, etc. Lamentablemente no llevaba dinero para comprarme alguno, a lo que resolví volver cuando se diera la oportunidad. (Ya le había echado el ojo a Ciudad de la memoria…) Cuando volví con un poco más de dinero, sólo pude comprar Irás y volverás, porque los demás ya se habían vendido.

Durante mi último año como preparatoriano, los poemas de Iras y no volverás me acompañaron en mis primeros balbuceos poéticos (consecuencia de mi breve estancia en un taller de creación literaria); tiempo después, en mis primeras incursiones en librerías de viejo, me hice de Alta traición, antología poética publicada por Alianza editorial, que, a diferencia de Irás y no volverás, compré a un precio irrisorio: diez pesos. En febrero de 2000, cuando ingresé a la carrera de Letras Hispánicas en la entonces Escuela Nacional de Estudios Profesionales Acatlán de la UNAM, y una de mis compañeras de generación era lectora de la obra de José Emilio. Por aquel tiempo, tanto en las librerías Educal como en las tiendas del ISSSTE, llevaba un buen rato comprando los libros de la colección ¿Ya leíssste?, y entre éstos, estaba una edición sencilla del Álbum de zoología.

En 2003, mi compañera y quien esto escribe nos enteramos de que José Emilio daría una conferencia en el Instituto de Investigaciones Filológicas, y como a ella se le dificultaba ir (una sesión impostergable de un seminario de lingüística), le propuse llevarme su ejemplar de Las batallas en el desierto y devolvérselo firmado. En efecto, así fue. Al final de su conferencia sobre Juan de Dios Peza, el público hizo una fila para obtener la firma del escritor. Una vez firmados nuestros libros, emprendí el regreso a casa, y en el trayecto, leí Las batallas… (Me encantó y en algún remate de libros en el Auditorio Nacional, años después, me hice de un ejemplar.)

Dos años después, una de mis maestras de la carrera, al ver mi pasión por los libros, me llevó a su cubículo y de una caja de libros que tenía ahí, que tomara el que fuera de mi interés. Cuando vi la poesía completa de José Emilio Pacheco, con el título de Tarde o temprano, no lo pensé dos veces y tomé ese volumen. Meses más tarde, ese mismo ejemplar fue firmado por su autor al final de una conferencia impartida en El Colegio Nacional. Y para coronar ese instante, José Emilio le corrigió una errata de puño y letra.

Mis encuentros con José Emilio Pacheco no quedaron solamente en El Colegio Nacional, sino también a otras partes donde se contó con el privilegio de su visita. En el Centro Cultural de España, acompañado por Hernán Bravo Varela, leyó poemas de sus nuevos libros, Como la lluvia y La edad de las tinieblas, y en el espacio para preguntas y comentarios, le pedí una “complacencia”: el poema “Horas altas”. Se sorprendió con lo peculiar de la petición, y, gustoso, accedió a leerlo. Y en El Colegio de México, en 2009, luego de recibir un reconocimiento y de impartir una conferencia, me firmó Las batallas… y su Antología del Modernismo, en la edición de la Biblioteca del Estudiante Universitario de la UNAM, pero con una “camisa” similar a la de sus libros publicados por Era, su casa editora de toda la vida.

¿Cuándo fue la última vez que vi a José Emilio? Creo que fue en El Colegio Nacional, en junio de 2013, luego del homenaje a Carlos Fuentes. Ante el tumulto que había en torno suyo, la gente del colegio lo llevó a la biblioteca y desde ahí, firmó libros y recibió saludos. (De cierta forma, ya tenía su poesía completa con las ediciones empastadas y firmadas de Como la lluvia y La edad de las tinieblas, mismas que compré en el stand del Colegio en la Feria de Minería.)

Entre las cosas que le agradezco a Twitter, siempre está encontrarse con personas de generosa inteligencia, con quien compartir enormes minucias de una vida inmersa en letras y vidas; y al momento de escribirte estas líneas, querida Nancy, esto se refrenda por entero. Un día habremos de conversar más a fondo no sólo sobre José Emilio (objeto textual desde hace un buen rato), sino también sobre algunos de nuestros contemporáneos (como Laura Sofía Rivero, grandiosa ensayista).

Para terminar con esta breve misiva josemiliana, te comparto una curiosidad encontrada en alguna de mis libretas: algunas notas al vuelo hechas en aquel ciclo de conferencias en 2005; quince años después, las veo como máximas del generoso saber de un escritor sin par.

-La modernidad se acabó. La posmodernidad se caracteriza por el palimpsesto.

-Internet: la nueva Biblioteca de Babel. (Tener todo y nada cerca de nosotros.)

-El interplagio: plaga de las universidades.

-Escribir rompiendo, o sea, conocer muy bien las reglas.

-Es bueno leer entrevistas, pero es necesario hacer reseñas de libros.

-La declamación sirve para saborear el verso, saber lo que es el lenguaje.

-Obras Completas: reliquias de un santo.

-La oralidad es la ilegibilidad.

-Mientras más sencillo es un texto, más artificioso es.

En fin, querida Nancy, la vida, obra y milagros de José Emilio Pacheco se compone de infinitos saberes, mismos que tendremos la oportunidad de comentar y, claro, de compartir en cuanto se dé la oportunidad. Desde ahora, cuenta con la admiración, el agradecimiento y la amistad de

Ulises Velázquez Gil

babelises@hotmail.com

@Cliobabelis

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