Narrativa Actual Mexicana

ACENTOS DE UNA COLECCIÓN

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

(Carta coleccionista para Alejandra Inclán)

Alejandra, colega y amiga:

Hace poco, leía en tu cuenta de Twitter la siguiente perla de tu parte: La palabra “colección” muchas veces sólo es una trampa para acumular indiscriminadamente. Luego de varios segundos de reflexión, te respondí lo siguiente: Recuerda que “cada colección tiene su acento”. De esto y de su carácter acumulativo, mucho sabía José Luis Martínez, bibliófilo a morir. Horas después de ese lance tuitero, mientras buscaba un libro para consulta, me quedé mirando los libreros y caí en la cuenta de que muchas de las maravillas que éstos resguardan, se basan principalmente en colecciones. ¿Cuándo comenzó aquella fijación bibliográfica?

Por el año de 1999, entre los últimos días de la preparatoria y un forzado semestre de asueto (porque huelga en la UNAM), comencé mi pequeña biblioteca gracias a las colecciones de libros que se vendían en los puestos de revistas; un fascículo semanal (o quincenal, según nos fuera), o por lo menos el paquete de introducción (con todo y su “oferta de lanzamiento”). Las colecciones que cumplieron ese cometido: Grandes Obras del Pensamiento Contemporáneo, de la editorial Altaya, y Narrativa Actual Mexicana, de Planeta y Conaculta. Cada ejemplar costaba 70 pesos (cantidad irrisoria frente a su precio “real” en librerías de prestigio). En la primera leí a Friedrich Niezsche, Claude Levi-Strauss y Emil Cioran, mientras que, en la segunda, a Elena Garro, Rosario Castellanos y Ángeles Mastretta, entre otros autores. Gracias a esas colecciones, reafirmé mi decisión de entrar a Letras Hispánicas una vez abierta la UNAM.

Sin embargo, la colección donde invertí mucho tiempo y esfuerzo, pero poco dinero, fue ¿Ya leíssste?, compuesta por cien títulos de escritores mexicanos, con un diseño similar al de las libretas jaspeadas (ésas que usaban los contadores). El primer libro que compré de esa colección: Felicidades, abuelito de Cristina Pacheco. Por obra y gracia del azar (en el que tú no crees, claro, pero qué remedio), encontré varios ejemplares tanto en las librerías Educal como en la tienda del ISSSTE ubicada en Lomas Verdes, a unos minutos de mi escuela querida, la FES Acatlán. Sin proponérmelo siquiera, casi la completé: me faltaron sendos libros de las hermanas Galindo (Carmen y Magdalena), uno de cuentos de Saúl Rosales; Querido Diego, te abraza Quiela de Elena Poniatowska; y una antología poética de Óscar Oliva. Todavía lamento esos faltantes, pero no tanto al darme cuenta de una cosa: más de la mitad de esa colección ¡tiene la firma de sus autores! Desde Miguel León-Portilla y Dolores Castro hasta Mónica Brozon y Pável Granados, pasando por dos Beatrices que quiero mucho, Beatriz Espejo y Beatriz Escalante (y sus esposos también).

Con todo y que el afán coleccionista tenía razones de orden cronológico y de pluralidad en cuanto a los temas, en algún momento de la vida había que buscar un equilibrio entre la tradición y la novedad. La colección donde mejor se expresa la primera, es la Biblioteca del Estudiante Universitario, publicada por la UNAM, donde se despliegan dos tiempos de la cultura en México: un autor consagrado o digno de conocer, y el estudio introductorio de un académico destacado de la UNAM. De esta colección, guardo especial afecto por dos tomos: En torno al español hablado en México de Ángel María Garibay, y Memorias y autobiografías de escritores mexicanos, previamente cuidados por mis maestros Pilar Máynez y Raymundo Ramos.

Por el lado de la novedad, de los autores meramente contemporáneos, está el Fondo Editorial Tierra Adentro, que, a lo largo de más de tres décadas, fue el trampolín de escritores hoy reconocidos. Desde Pedro Ángel Palou y Graciela Martínez-Zalce hasta Andrea Chapela y Zel Cabrera, pasando por Gilberto Prado Galán, Paola Velasco, Liliana Pedroza, Claudina Domingo, Ingrid Solana y Karen Villeda, esta colección ha sido fiel a su intención de darle cabida a la obra de autores incipientes, hacia el camino a su consagración. Con todo y los cambios recientes en su estructura, sigue publicando, gracias a los concursos literarios convocados por instituciones culturales del interior del país. (Tengo entendido que quien tiene la colección más completa del FETA -o al menos, se le acerca- es nuestra colega duranguense Atenea Cruz, también publicada en esa colección.)

Pero la colección canónica, en cuanto a los últimos cuarenta años se refiere, es Lecturas Mexicanas, cuya primera serie fue publicada por el Fondo de Cultura Económica, la segunda, por la Secretaría de Educación Pública, y de la tercera a la quinta series, por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, hoy Secretaría de Cultura. Por un bajo precio por ejemplar (al momento de su lanzamiento), los ejemplares de la primera y la segunda series fueron de gran éxito, al grado de que se han vuelto bastante buscados por coleccionistas. (Una joven colega de Acatlán también se halla inmersa en juntar todos los ejemplares que se puedan, y el autor de estas líneas suscribe ese empeño…)

Desde que conocí en alguna Feria de Minería el material bibliográfico publicado por El Colegio Nacional, no he dejado de hacerme de sus Opúsculos, es decir, ejemplares de tamaño pequeño con los discursos de ingreso de sus integrantes, además de otros ensayos de factura reciente y hasta textos de homenaje. En un principio eran de tapas blancas, pero con el tiempo se han diversificado, al grado de que los discursos de ingreso vienen con tapas de color verde, mientras que el resto son de colores, resaltando su temática: azul, ciencia y tecnología; verde, ciencias biológicas; amarillo, ciencias sociales, y rosa mexicano, humanidades y artes. (También llamados libros de canasta, porque se venden a la manera de los famosos tacos, es decir, sobre una bicicleta que llevan a todas las ferias.)

En fin, querida Alejandra, tienes algo de razón en exponer lo desordenado de formar una colección, pero si lo analizamos con cuidado, no lo es del todo. En La biblioteca de mi padre, Rodrigo Martínez Baracs, al hacer una pequeña historia del fondo bibliográfico que formó su padre, el escritor José Luis Martínez, reveló que el “secreto” de esa ordenada biblioteca radicaba, precisamente, en las colecciones, tanto de libros como de revistas. (Y esa dinámica funciona hasta el día de hoy, dado que los acervos deben seguir en formación…) A lo que voy: por el simple hecho de formar una biblioteca, se conjugan intereses, autores y hasta amistades surgidas en el proceso; acentos de una colección, al fin y al cabo.

En espera de seguir “coleccionando” afanes y coincidencias, recibe mi admiración y cariño, junto con un abrazo de

Ulises Velázquez Gil

babelises@hotmail.com

@Cliobabelis

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