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EL MILAGRO DE CADA DÍA

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

(Carta sobre la Lotería Nacional para María de Guerra)

Querida María:

Hace una semana, luego de responderle a una joven colega de la FES Acatlán sobre su disyuntiva de comprar o no un cachito para el sorteo de la Lotería Nacional del pasado 15 de septiembre, me saliste al encuentro para responderme, entre otras cosas, lo siguiente: “Yo sí me compré dos cachitos. Los fui pagando a lo largo de varias quincenas, más como un posicionamiento político que por la pretensión de ganar algo”. En el tiempo que llevo de saber la existencia de la Lotería Nacional para la Asistencia Pública, nunca creí que ésta se dejara llevar por un capricho de una persona que detenta el poder, y menos que echara mano de una institución bicentenaria. Vamos por partes.

Cuando era niño, acompañaba a mi padre a su trabajo en la Secretaría de Agricultura, y en aquellos paseos, hacíamos escala en varios expendios de lotería, donde -me imagino- él compraba sus billetes; pero lo que más atraía mi atención era una figurita de color rojo en el mostrador del expendio, la cual volví a ver en la televisión, dados los comerciales de Lotenal. (Incluso, hoy día recuerdo la música de fondo, que he buscado por todos lados. Ni YouTube ha podido hacerme el quite…) Esa figurita correspondía a un personaje fundamental de la lotería: el famoso gritoncito, que en cada sorteo leía los números y los premios en una ceremonia que tenía como escenario el auditorio principal del llamado Edificio Moro, en la esquina de Reforma y Plaza de la República.

No fue sino años más tarde cuando tomé conciencia de su papel como hacedora de alegrías (para quienes compraban sus cachitos y enteros), y cuyos recursos se destinaban a obras de beneficencia pública, como ambulancias y equipo médico para hospitales, mobiliario y enseres para escuelas, entre otras. Y el encantamiento generado cuando niño, se acrecentó cuando en la emisión de los billetes se le rendía homenaje a algún prócer de la historia de México, o para recordar la presencie señera de alguna institución; aunque también tenían cabida figuras de la cultura y el entretenimiento, como María Félix en algún sorteo de diciembre, o el personaje televisivo Huicho Domínguez, protagonista de la telenovela El premio mayor.

Con todo y que he comprado esporádicamente varios billetes, o que tuvieran un motivo especial (el centenario de Octavio Paz, el aniversario luctuoso de Sor Juana Inés de la Cruz y los quince años de las Lunas del Auditorio), mi contacto más cercano con la Lotería Nacional se dio hace más de un año, cuando en el mes de febrero de 2019, en la cuenta de Twitter de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, salió una dinámica para ganarse un paquete de libros: tomarse una fotografía portando un cachito para el sorteo Zodiaco en honor del cuarenta aniversario de la FIL Minería. Salí de inmediato hacia el expendio más cercano a casa, a quince minutos a pie; al llegar, ya no había, pero el vendedor, con la esperanza de hacer una venta, me ofreció su versión electrónica. “El de hoy lo necesito en físico, pero en otra ocasión le compraré uno así…”, le dije. Casi a punto de rendirme, recordé que había otro expendio en la zona, al que llegué después de quince minutos de caminata, y el ventiúnico cachito que había, de signo Capricornio y terminado en cero, ya me estaba esperando. Fue tanta la emoción de llegar a casa y tomarme la dichosa foto, que no me importó caminar media hora de regreso.

Lamentablemente, no resulté ganador en la dinámica de redes sociales, pero tuve una recompensa mejor: al día siguiente del sorteo, tuve la dicha de ser entrevistado para los videos especiales de la FIL Minería. Al término de la grabación, salió a comentario el sorteo. “¿Y se ganó algo?”, me preguntaron las chicas que me entrevistaron, a lo que respondí: “Ser partícipe de los cuarenta años de mi feria del libro favorita, es el mejor premio” y les encantó ese gesto. (Además, me obsequiaron libreta y separador de la feria, y un ejemplar del libro de Abel Quezada, que salió el año anterior por el Día Nacional del Libro.)

A los dos días de la entrevista, y después de comer, pasé al expendio cercano a la FES Acatlán y checar los resultados del sorteo. Revisé el listado de ganadores y al momento de ver los reintegros, éstos cayeron en cero y en Capricornio, es decir, ¡un doble reintegro! Pasé a la ventanilla, le entregué el billete a la encargada y con una sonrisa de oreja a oreja me dijo lo siguiente: “Efectivamente, usted obtuvo doble reintegro, así que puede elegir su equivalente en billetes”. Sin pensarlo, pedí uno para el siguiente sorteo Zodiaco, y otro para el de ese día, De Diez. Llegando a casa, revisé los resultados y ¡sorpresa!, otro reintegro. Y a la semana siguiente, otro, y así hasta que la racha me duró siete semanas. Pero ahí no acabó la cosa: un martes de junio, que pasé a cambiar el reintegro, la otra señora encargada del expendio me dijo “¿No se va a llevar para hoy? Ya sólo me quedan dos…” Sin pensarlo dos veces, pedí un cachito (pude comprar ambos, pero mi economía sólo me permitió llevarme uno) y al llegar a casita para saber los resultados, me llevé una gran sorpresa: ¡ese número salió premiado!

Pasaba el año y entre reintegros y números premiados (con cuya fracción correspondiente me hacía de nuevos cachitos), me hice cliente de aquel expendio, lleno de magia y de ilusión. Y, claro, coincidía con otros personajes -sí, María, ya me habías dicho que no lo son, pero, ni modo, así me entiendo mejor- que le hacían el día a las señoras del expendio: una viejecita que compraba sus boletos rascables -y que siempre pedía sus cachitos en ocho- y un señor bastante mayor que se gastaba más de quinientos pesos en quinielas de Melate y en cachitos electrónicos. “Es nuestro mejor cliente, y es el consentido…”. Lo que resulta casi inverosímil es que ese señor y quien esto escribe cuando coincidíamos en el expendio, alguno de mis billetes salía premiado o con reintegro, por lo menos. (¿Algún arcano de la fortuna, quizás? Me atrevería a decir que sí…)

La última vez que pasé al expendio fue a principios de marzo de este año, donde luego de comprar mi cachito para el sorteo del 18 de marzo (en honor de mi mamá, por su cumpleaños) y algún otro, una de las señoras me preguntó si no pensaba comprar el billete para el “sorteo del avión presidencial”, a lo que respondí que no. “Hace bien usted, porque ese sorteo es puro circo…”, me dijo. Además, le comenté que me hacía más ilusión en septiembre el sorteo de fiestas patrias que esa pantomima. “Y con lo que cuesta un cachito, ¡me aviento un mes de sorteos!”, rematé. (Ahora que me acuerdo, en Twitter compartí esa impresión, y un politólogo amigo mío, simple y sencillamente me lanzó el siguiente tuit: “Y tú, tan de derecha como siempre…” Y como no tenía -ni tengo- el ánimo de pelearme con él, le contesté lo siguiente: “Creo en la Lotería, es todo. Es la única que ha resistido…”)

En esa resistencia, querida María, la Lotería Nacional para la Asistencia Pública no puede someterse al capricho de algún gobernante, sólo por serle fiel a una promesa de campaña; claro está que Lotenal depende directamente de la Secretaría de Hacienda (y que tiene cierta fama como “caja chica” en sexenios anteriores), pero no se vale jugar con las ilusiones de la gente. ¿Quién se puede “ganar” semejante armatoste? Ni en otros doscientos años comprando enteros y cachitos. Y luego, modificar su Ley Orgánica para que ello pasara por legal, caray… Es jugarle al vivo.

Bien sé que tú, que mi amigo politólogo, que mucha gente se privó de algún dinero para comprarse un cachito, y más que la emoción de ganar primó el significado político. Sólo el tiempo les dirá si hicieron bien o mal. (Eso sí, el anecdotario tendrá mucha tela…) Por mi parte, seguiré comprando mis billetes, sin mayor pretensión que la de serle fiel a ese niño emocionado por los gritoncitos en los expendios o por participar de los homenajes a instituciones e importantes figuras de México, y conservar el billete sin premio a manera de recuerdo. Y ya que hablamos de recuerdos, me quedo con el de aquel expendio y las señoras tan atentas que ahí trabajaban. (Ni modo, es un saldo de la pandemia aún presente…) Todavía espero una señal para comenzar una nueva temporada en otro punto de venta, con su respectivo heraldo de la suerte, en cuyas manos se realice el milagro de cada día.

Si después de la lectura de esta carta, querida María, sigues pensando que hice mal en no sumarme a esa parafernalia en donde, más que un avión, se jugaban las ilusiones de mucha gente, recibiré tus reclamos sin poner resistencia de mi parte. Después de todo, no dejará de tener razón nuestro siempre recordado Ramón López Velarde en alguna parte de su Suave Patria: “vives al día y de milagro, como la Lotería”.

Recibe la admiración y el afecto, a prueba de tiempo, de

Ulises Velázquez Gil

babelises@hotmail.com

@Cliobabelis

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