ESCALA DE GRANDIOSOS RECUERDOS

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

(Carta sobre el Auditorio Nacional para Carolina Soto Acosta)

Querida Caro:

Luego de disfrutar de un esperado concierto en el Auditorio Nacional (el cual te dejó maravillada de principio a fin), vinieron a mi mente toda serie de recuerdos sobre las veces que tuve la fortuna de visitarlo, sea ocasional o frecuentemente.

Mi primera escala en el llamado “coloso de Reforma” se dio de manera inusitada. Por febrero de 2008, mi madre me pidió que le acompañara a la junta pública de Neuróticos Anónimos, y a punto de darle una respuesta negativa, remató con un “habrá festival artístico” y ese No en la punta de la lengua se volvió un . Llegamos a la mera hora y justo nos acomodaron en la sección Luneta, para después escuchar a los conferencistas con atención. En cuanto éstos terminaron de exponer, se dio paso al espectáculo que me trajo hasta ahí. (“Ya se estaban tardando”, me dije.) El primer número de la tarde corrió a cargo ¡de Edith Márquez!, de quien sólo tenía el conocimiento de la canción “Mi error, mi fantasía”. Su repertorio incluyó canciones de la autoría de Marco Antonio Solís El Buki (“Si no te hubieras ido”) o de Jorge Avendaño Lührs (“Aire”, que me encantó de buenas a primeras, tan así que, a las pocas semanas, compré el CD que lo incluye, Memorias del corazón); durante más de media hora, las baladas y la nostalgia nos hicieron el rato. La segunda parte del espectáculo corrió a cargo de Los Horóscopos de Durango, el grupo de moda en cuanto al pasito duranguense. (Para serte franco, no era un grupo de mi predilección, pero sólo una canción no me disgustaba tanto: “Antes muerta que sencilla”, la cual sí tocaron, pero para cerrar su participación.) En cuanto terminó todo, mamá y yo emprendimos el regreso a casa, felices de haber aprendido y disfrutado de un suceso así.

Meses después, y en el marco del homenaje nacional a Carlos Fuentes por su cumpleaños número 80, se anunció la cartelera de actividades en torno suyo, desde mesas redondas acerca de su vida y obra, hasta lecturas dramatizadas de sus cuentos y novelas, y una conferencia magistral (“Cómo escribí algunos de mis libros”) en uno de los recintos más importantes de la Ciudad de México: el Auditorio Nacional, para variar. Un compañero de Letras en Acatlán me pasó un dato importante: debía acudir a taquillas y solicitar un par de boletos. Una vez que los tuve en mis manos, sólo me faltaba ver a quién invitaría. Mi opción ineludible fue Paulina, historiadora y amiga mía. El día de la conferencia nos fuimos en su vocho de batalla, Andrés, hacia el Auditorio y aunque llegamos algunos minutos tarde, apenas disfrutamos del pequeño recital del chelista Carlos Prieto a manera de antesala, y en cuanto ocupamos nuestros lugares en luneta (cero y van dos), el ilustre homenajeado salió al escenario, ocupó su atril y leyó el texto que había preparado para la ocasión. En cuanto Fuentes mencionó su novela Aura, quien esto escribe sacó del bolsillo de su chamarra un ejemplar de dicha novela para abrirlo en las páginas donde se hallaba el pasaje que el escritor leía en ese instante. Terminó la conferencia y el público le dio una ovación de pie, que duró más allá de dos minutos. En cuanto Paulina y yo salimos al vestíbulo del auditorio, nos encontramos al compañero que me pasó el dato, acompañado por una compañera nuestra, entonces novia y hoy esposa. Nos intercambiamos impresiones y prometimos comprar la edición conmemorativa de La región más transparente en cuanto ésta llegase a librerías de prestigio. Hecho esto, los cuatro emprendimos el regreso a casa.

Once meses después (octubre 2009), Paulina correspondió a mi invitación con otra; esta vez para la novena entrega de las Lunas del Auditorio, galardón creado en el marco del 50 aniversario del Auditorio Nacional que reconoce a lo mejor de los espectáculos presentados en México. Aunque ya sabía de dicha ceremonia por la tevé, acepté de buenas a primeras. Al día siguiente, y con algunas horas de anticipación, llegamos al auditorio; a medida que iba llegando la gente, se le acomodaba en los asientos: corrimos con la suerte de sentarnos en primer piso, pegado al barandal que lo separa de la luneta. Durante tres horas, y con un breve pero delicioso intermedio por parte de la Big Band Jazz de México, disfrutamos de los números musicales, entre otros invitados, de Yuri, Moderatto, Yanni, Babasónicos, el musical La novicia rebelde y un dueto que hasta ahora logré recordar: ¡Edith Márquez y María José! (Quién iba a pensar que mi primera y más reciente escala en el Auditorio se daría por obra y gracia de dos grandiosas cantantes…) Al término de la ceremonia, Pau y quien esto escribe prometimos volver para el año siguiente, cosa que no sucedió.

En 2013, y en plena efervescencia de las redes sociales, llegó la oportunidad que ella y yo estábamos esperando: las dinámicas para hacerse de boletos, que consistían, las más de las veces, en preguntas sobre la historia de las Lunas del Auditorio, desde ganadores en tal categoría como el talento artístico presentado en equis año. Por fortuna, me gané mi respectivo par, pero Pau no pudo acompañarme, así que resolví invitar a quien me llevó por vez primera al auditorio: mi mamá. Con todo y que nos acomodaron en el segundo piso, igual y disfrutamos del talento artístico de esa ocasión, desde Paty Cantú y Río Roma hasta Prince Royce y Los Ángeles Azules. (A decir verdad, mi mamá quedó maravillada con el orgullo de Iztapalapa, mientras que tu servidor no cabía de la emoción con la creadora de “Suerte” y “Clavo que saca otro clavo”.)

Desde aquella edición de 2013, se dio de manera involuntaria una “tradición” cada vez que asisto a las Lunas: ir con invitada diferente. En 2014, Paulina y quien esto escribe disfrutamos tanto del musical Wicked y el regreso de Caifanes como el emotivo dueto de Rosana con Jesús Navarro de Reik; en 2015, con mi arquitecta de cabecera, Sofía, vimos cómo Paul van Dyk levantaba al público de sus asientos, pasando al momento alegre con la presencia de las Ha-Ash y como suele pasar año tras año, un dueto emblemático: Ana Torroja y Ximena Sariñana con “Un año más”. Para 2016 (año en que los boletos me llegaron de forma providencial), Mónica, internacionalista que laboraba en Nestlé por ese tiempo, se maravilló con Margarita la Diosa de la Cumbia, mientras éste que lees se llenó de energía con sendos duetos: Marlango y Caloncho (“Dinero”), Miguel Bosé y Fonseca (“Bambú”).

En 2017, mi invitada de esa ocasión apareció horas antes: Celina, historiadora y amiga, quien, al saber de la participación de Carlos Rivera, no se lo pensó dos veces y ya me estaba esperando en las escalinatas del Auditorio. Para deleite suyo, vio a Juanes y a Mon Laferte; para el mío, Timbiriche y Morat, y ambos gozamos bien y bonito del dueto que Carlos Rivera hizo con Lila Downs. Al año siguiente, el agua de azar me concedió la dicha de obtener no dos, sino cuatro boletos, con los cuales me llevé a Lupita (arquitecta y amiga de Sofía, del 2015, y vecina nuestra, por cierto) y a Mónica (Ibero girl, con todo y su novio de aquellos días). Y para el grupo pasado de heterogéneo que formábamos, un elenco igual o hasta mejorado: desde La Internacional Sonora Santanera y La Arrolladora Banda El Limón hasta Sofía Reyes, Edith Márquez (cero y van tres), Café Tacvba y Fey. (Las sorpresas de la noche: el dueto de Yuri con Matisse -¡Lupita estaba eufórica!- y la aparición de Love of Lesbian, cuyas canciones no dejan de acompañarme… incluso en el momento en que escribo estas líneas.)

Con todo y este hermoso historial de escalas en el Auditorio Nacional, lo mejor estaba por venir y el 2019 no estaría exento de sorpresas. En febrero, un colega y amigo de Acatlán me obsequió un boleto para ver a Joan Manuel Serrat en su gira Mediterráneo Da Capo, lo cual me llenó de inmensa alegría, porque la música de Serrat me acompaña desde siempre, cuando mi mamá ponía sus canciones en el estéreo que teníamos en casa. Para enfatizar esa dicha, dos amigos míos, padre e hijo, también de Acatlán, también fueron al concierto. Terminé con lágrimas en los ojos casi al final, porque esas canciones, directa e indirectamente, son la banda sonora de momentos espectaculares. (“Hoy puede ser un gran día” me devuelve el recuerdo de mi gran amiga Rosalía, y es mi favorita de todas sus canciones, ya sabrás por qué.) En septiembre, volví acompañado por Berenice, donde presenciamos el regreso de Caifanes, cuyo concierto le sirvió para cerrar ciclos. (Primera vez que estuve de pie todo el espectáculo. No lo vuelvo a hacer…) El martes 10 de diciembre, cerré la temporada con Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina, acompañado por mis colegas de Acatlán. Y, claro, las Lunas de aquel año no podían faltar: la suerte me obsequió cuatro boletos, pero sólo Rebeca, abogada y vecina de cumpleaños (once días después del mío), acudió a la cita. Aun así, persisten en la memoria Ana Torroja, Enrique Guzmán y Kalimba, Pandora y Natalia Giménez, Río Roma y el musical Jesucristo Superestrella (donde La Josa hace una María Magdalena de antología).

Por sucesos harto conocidos (y todavía dolorosos), el Auditorio Nacional quedó en silencio, hasta hace algunos meses, cuando reabrió sus puertas. En cuanto me enteré de la visita de Joan Manuel Serrat, en el marco de su gira de despedida, hice todo lo posible por conseguir boletos. Y sí, lo logré, y ese momento se me hizo genial compartirlo con la hoy doctora Berenice en mayo pasado… y mis amigos de Acatlán, un poco a la distancia. Y como “las mejores cosas llegan para quien sabe esperar”, en abril nos llegaron buenas noticias para ambos: la visita de Love of Lesbian, para el 14 de octubre, y la nueva fecha de María José, para el 26 de mayo; como en esta última fecha volaron las localidades en menos de quince días, la vida nos tenía reservada una nueva, sobre la cual tendrás más cosas que decir.

En fin, querida Caro, todavía te quedan muchas cosas por vivir en el Auditorio Nacional. Ojalá y luego de leer estos recuerdos (con los que paro por ahora, porque me podría extender más de la cuenta) te animes a tener los tuyos, sola o en compañía, porque quien va al Auditorio una vez, vuelve siempre: una escala de grandiosos recuerdos ya espera por ti. Que tus nuevas andanzas así lo confirmen.

En espera de nuevas coincidencias, recibe mi cariño, admiración, agradecimiento y el fuerte abrazo de

Ulises Velázquez Gil

P. D. Mira lo que son las cosas: por estos días el Auditorio Nacional cumplirá 70 años. (Vaya manera de celebrarlos ¿no crees? Chapeau!)

 

babelises@hotmail.com

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