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Libros prestados

Escrito por Hugo Arturo Cardoso Vargas el . Posteado en Páginas del Pasado

El siguiente artículo periodístico, producto de mis pesquisas en la Hemeroteca Nacional se propuso para su publicación, en Libreta Universitaria; vieja publicación que fue no sólo un semillero para los que como yo nos atrapó tanto el periodismo como la investigación. También fue  un importante escaparate en donde figuraban autores de enorme talla y que tal vez hasta tengan olvidadas sus contribuciones o colaboraciones en esta Libreta Universitaria.

Debo confesar cuando la propuse para que se publicara se había iniciado un proceso de repulsa por mi persona y el resultado fue que sólo se publicó el artículo y ni una mención a mi mérito –claro según yo- por localizar tan interesante texto y proponer que viera la luz nuevamente. Así que esta nota sustituye aquella que debió llevar y que también es un humilde pero sentido homenaje a un compañero de vida, de viaje y de disfrute como son los libros.

Todos los hombres leen algo, exceptuando aquellos que no leen absolutamente nada: pero entre los que leen hay unos que tienen libros y los prestan, y otros que no los tienen y los piden prestados. Al cabo de cierto tiempo las cosas varían, y el que tenía libros se queda sin ninguno, y el que no tenía uno solo se encuentra con una decente biblioteca, adquirida a precio muy cómodo. Así sucede hace mucho tiempo y es una costumbre que probablemente no se acabará tan pronto: además, preciso es confesar que presenta una gran ventaja … a los que se quedan con los libros.

Entre el que toma una obra prestada y el que la presta suele mediar casi siempre una condición, utilísima, necesaria y que aseguraría la existencia del libro, pero que desgraciadamente nunca se cumple.

-Hombre, lo que le suplico a V. es que no lo preste a nadie, porque se pierde.

– ¡Descuide V., qué disparate!

El disparate es que no lo prestará hasta después de haberlo leído: Por lo demás. El que lee un libro prestado no transige con nadie: ni conoce la galantería con las mujeres, ni la urbanidad con los hombres: mientras él no haya leído, seguro está que nadie lea. Todo lo contrario le sucede al dueño: generalmente salen los libros de su poder sin haberlos visto más que por el forro. En cuanto al libro prestado, desde el momento en que se separa de su dueño, podemos decir que emprende una peregrinación peligrosa y difícil como la de Palestina: va a correr riesgos sin cuento, probablemente a perderse para siempre y se puede jurar que no volverá sano, suponiendo que vuelva, lo cual no deja de ser una proposición aventurada: en todo caso volverá al poder de su legítimo dueño manchado, roto, con algunas hojas de menos y algunos letreros demás en la portada: pero lo más probable es que no vuelva du tout. Mientras mejor es un libro, es decir, mientras más lujosa es la encuadernación y más láminas tiene, más se parece a un viajero rico en un camino infestado de ladrones.

En particular son enemigos de los libros los niños chicos, los hombres de edad, los jóvenes, las doncellas, y en general las mujeres: si los niños son aficionados a hacer pajaritos de papel les arrancan las hojas, empezando por las blancas y sin hacer excepción ninguna después que han acabado con aquellas: si están aprendiendo el dibujo suelen iluminar las láminas con azafrán, aunque si tienen una cajita de pinturas las embellecen con diversos colores; advirtiendo que el azul subido, el encarnado, el amarillo y el verde son los dominantes.

Las jóvenes dejan frecuentemente el libro sobre su tocador, y lo manchan de aceite de Macasar o de pomada de Bouquet.

Los hombres regularmente lo queman con el tabaco.

Las madres que tienen hijos de pecho echan mano de un libro para acallarlos cuando lloran, enseñándoles las estampas y haciendo ruido con las hojas: a veces el niño coge una de ellas y no la suelta: el libro la pierde.

Los perritos que encuentran un libro sobre una silla, se divierten extraordinariamente en desencuadernarlo.

Cuando hay gatitos chicos en una casa, los niños no tienen inconveniente en arrancar dos o tres hojas para hacer una pelotita de papel y distraerse viendo jugar al gatito: los periódicos acaban regularmente de este modo.

Todos los animales son enemigos de los libros: esto es indisputable.

La polilla los consume, los devora, los roe

La inquisición, que era mucho peor que la polilla, quemaba todos los que se imprimían, exceptuando los que no servían para nada y los que los inquisidores no eran capaces de comprender. Los ratones destruyen e inutilizan en cien días una biblioteca reunida en cien años.

Yo he visto a un mucaco rasgar el retrato de lord Byron que acababa de arrancar de la portada de sus obras, y a una cotorra picotear las obras de Lamartine: esto prueba que se ven más frecuentemente en las casas españolas libros traducidos que originales españoles.

Uno de los inconvenientes de alumbrarse de noche es la necesidad de gastar aceite: las negritas al llenar el quinqué, ponen regularmente la botella sobre la mesa de la sala, y sobre la mesa de la sala dejan regularmente los libros prestados los hombres y las mujeres: así sucede que los libros regularmente se manchan. Esto no es extraordinario: es muy regular. Yo tengo “La joven de la flecha de oro” compuesta por D. Cirilo Villaverde, toda llena de aceite: al fin del mal el menos: peor fuera que se hubiese manchado un libro que valiese algo.

La suerte de los libros es bien triste: todo descansa con la muerte, hasta los burros: el Faro, por ejemplo, morirá y descansará de tanto como ha trabajado sin fruto; pero los libros aun después de muertos padecen: cuando ya no tienen alma porque han perdido todo, portada, fin, láminas, viñetas y hojas, cuando ya no son más que cadáveres, entonces empieza una nueva profanación, una nueva tortura: miembro por miembro se les corta, descuartízaseles sin piedad, desgárranlos, los rompen, los dividen y vienen a parar… ¡Oh Dios! qué fin tienen sus hojas sueltas!

Otras veces se destinan sus restos a ser convertidos en ceniza, y estas cenizas vuelan, quien sabe a dónde. Quizá para servir de pábulo al fuego de una exaltación: nada se tiene en consideración; ni los sudores del fabricante de papel, ni las vigilias del autor, ni los trabajos del cajista. Y en el furor de destrucción que se apodera de las madres de familia contra los tristes restos de los maltratados libros, amalgamarlos de cuatro o cinco enteramente distintos, y los condenan a perecer en las llamas … chamuscando un pollo o un guanajo. ¡Yo he visto reunidas algunas hojas de! Faublas, otras del Ejercicio cotidiano y unas cuantas de los comentarios de Julio César destinadas a encender el fuego de una chimenea!

Nada debe sorprendernos en este siglo: sabemos que algunas señoritas, a falta de otra cosa, han hecho sus papillots con los “Cantos del Trovador”.

¡Pobre Zorrilla! Un día llevaron a un amigo mío de la tienda un real de queso patagras envuelto en dos hojas del Conde de Toreno.

Pero aún hay más: una tarde hemos visto en la calzada de S. Luis Gonzaga un Faro lleno de … ¡miseria humana!

Ninguna de tantas desgracias suceden a los libros en poder de sus dueños: éstos los cuidan, tienen un interés directo en conservarlos, y los conservan; pero ¡necios! los prestan, y en prestarlo está la muerte o la pérdida de un libro. A veces cuando después de un mes, dos, tres, medio año, de haber prestado una obra, el dueño encuentra en la calle a aquel a quien se la prestó, le pregunta:

-Hombre, Pancho, leíste ya la obra aquella?- Este leíste quiere decir: “¿me perdiste la obra aquella?” te parece ya tiempo de devolverme “la obra aquella?”

-Chico, te diré, le contesta el otro: se la presté a Fulanita, y me la ha puesto perdida: es menester que me digas donde la compraste, para llevarte una nueva.

-Qué, hombre, que bobada! replica el primero; y tiene razón: bobada seria decirle donde la compró, puesto que no ha de volver a ver su obra, ni el otro le ha de comprar una nueva: por lo tanto, lo mejor que tiene que hacer es consolarse, y al mismo tiempo echarla de generoso: siempre es una ventaja.

Sin embargo, “de los escarmentados nacen los avisados,” y algunos de los que tienen libros y los prestan han llegado a aprender que prestándolos los pierden, y como es natural se resisten y lo evitan: a pesar de eso hay lances en que es imposible negarse: ¿qué diablos puede hacer uno contra un amigo que coge un libro y se lo lleva diciendo: Me alegro de encontrar esta obra, no la había leído … ? Conformarse y ceder a la imperiosa ley de no pasar por ridículo.

Empero la experiencia ha enseñado un método, cuyo uso facilitamos generosamente: cuando una obra tenga más de un tomo se presta solamente el primero, y por tal de leer el segundo, nos devolverán aquel; es el único modo de recobrarlo; de evitar que el libro corra y se pierda, porque ya hemos dicho que el que toma prestado un libro no lo cede jamás sin haberlo leído.

Pero el más seguro, el infalible, el único modo de no perder libros, es no prestarlos: “el que quiera tener libros, que los tenga.”

(Noticioso de la Habana)

El Independiente Periódico Político y Literario Núm. 29 Agosto 16 de 1842 pp, 3.4 “Libros Prestados”

 

Libreta Universitaria números 54-55 y 56-7 Nov.-dic. 1982 ene-feb 1983, pp. 44-47

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