DOS LIBRETAS MORADAS

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

Una de las cosas ineludibles que siempre hago antes y después del periodo vacacional decembrino, es visitar alguna sucursal de esas cadenas de papelería y artículos para oficina, ver las agendas que no puedo comprar (no por falta de presupuesto, sino por exceso de cordura, por aquello de la utilidad), revisar la disponibilidad de sobres burbuja (para futuros envíos por correo), checar la existencia de cartuchos para mis plumas fuente, y, por supuesto, encontrar alguna libreta tipo moleskine acorde a mi capital del momento. De todas mis incursiones, siempre salía con la cabeza baja, hasta ahora que el agua de azar me concedió sendos milagros, de Navidad y Santos Reyes.

La primera libreta, de casi un centenar de hojas de cuadro chico, pegada y cosida, con su marcapáginas de listón y la infaltable liga para sujetar las tapas, fue el veintiúnico ejemplar que había de ese diseño; una vez que la compré, en lugar de usarla de inmediato y de plasmar algunas líneas con mis estilográficas de batalla (las tres, obsequio de colegas y amigos, digno es decirlo), preferí esperar a la llegada del jueves 22 de diciembre para entrar en acción. En la mañana de ese día, luego de firmarla con mi rúbrica de escritor y de plasmar una frase en la parte superior (suerte de “cábala” que siempre aplico en toda agenda nueva), llené la página con algunas líneas en celebración de una queridísima amiga (cuyo cumpleaños es precisamente el veintidós), y hasta acompañadas con un dibujo, de aquéllos que suelo hacer en momentos de ocio o de aburrimiento.

La segunda llegó apenas el mero día seis de enero, un poquito menos ancha que la primera, pero con más páginas (aunque a la vista se ve más esbelta); luego de signar mi rúbrica de escritor y la frase “cabalística”, estuve a un paso de poner algunas líneas, pero me detuve y hasta el momento en que urdo estas líneas sigue en espera. (¿Qué habré de plasmar en aquellas páginas?)

Con todo y que ambas tienen los elementos que distinguen a toda libreta y/o agenda que uso para el año que corre, hay otro que me atrajo sobremanera y que, de cierta manera, es un homenaje y una deuda de honor: el color morado de sus tapas. (Sobra decir a quién me refiero, figura principal de varias reseñas albergadas en esta columna… Palabras y corazón vestidos de obispo y oro.)

A la par de sendas libretas, a mi lado también tengo otra dupla, de libros que apelan a la brevedad: El futuro recordado y Vivir bien la vida. Un discurso para alentar a una generación, una antología de artículos breves, pero de prosa expansiva. No dudaría ni un ápice que ambos libros surgieron de una libreta (o de varias), lo cual me alienta un poco más en mi empresa de escribir toda serie de ideas y ocurrencias -que no son lo mismo, digno es subrayarlo.

¿Qué me espera a partir de la primera hoja? Los apuntes para un relato mensual para consumo privado, o quizás un arranque de poema, o también ideas sueltas para ulteriores columnas, donde no tenga que pasar por “la vieja confiable” que los clásicos llamaban maquinazo. Eso sí, no faltarán algunos perfiles femeninos, a vuelapluma (fuente), o una cita textual entresacada del libro presente en mi mesita o en mi bolsa.

Dos libretas moradas, como callados centinelas de mis desvelos y ensoñaciones.  

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VEINTIDÓS DE A QUINCE

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

Hace poco, cuando Irene Vallejo vio el nombre de su libro El infinito en un junco dentro de los recuentos anuales que periódicos, revistas y suplementos culturales realizan en las últimas semanas de diciembre, se sorprendió, porque en el acto (no tan halagüeño, digno es decirlo) de reunir lo mejor de cada año, se excluyen obras más interesantes que las elegidas; sin embargo, en ese sentido, bien vale enfrentar dicho honor de la misma forma con que Fernando del Paso correspondió a su elección como integrante de El Colegio Nacional, es decir, en el nombre de aquellos que no tuvieron la dicha de recibirlo.

Si en algo coinciden Irene y don Fernando es en darle la palabra a los otros, aquellos colegas que nos ofrendan su talento mediante tinta y papel vueltos libro; ya nuestros por obra y gracia de la lectura. Confieso, no sin vergüenza, que, al realizar la selección oficial de este 2022, debieron estar otros libros con mayores afanes y empeños, pero quedarme en blanco hubiera sido el peor escenario. (Quede aquí mi apuesta final.)

Para fortuna nuestra, en este 2022 se retomó una tradición harto añorada: las presentaciones de libros, ya de manera física, con autores y lectores en franca conversación (aún con la persistencia de las medidas sanitarias correspondientes). Y las redes sociales también contribuyeron al respecto, con dinámicas para hacerse de ejemplares, efemérides y recomendaciones a diestra y siniestra.

Con todo y altibajos en meses recientes, esta columna en línea se mantiene fiel a compartir con ustedes mi listado con los quince libros que más ruido me hicieron en el año. (Su búsqueda y ulterior lectura, bien se sabe, la dejo en ustedes.) Desde dos novelas llenas de música hasta un esperado volumen de memorias, libros de ensayo, antologías poéticas e incluso una obra teatral, participan de aquella experiencia. (Desde este foro en línea, se las comparto con franqueza.)

POESÍA:

Retrato frente a la sombra (Isela Váz)

-La espera y la memoria (Adriana Dorantes)

-Sopa de tortuga falsa (Nadia Escalante Andrade)

-Y sin embargo estás… (Marcela Romn)

CUENTO:

El otro jardín del Edén (Anamari Gomís)

NOVELA:

Esto no es una canción de amor (Abril Posas)

El hambre invisible (Santi Balmes)

ENSAYO:

Viaje alrededor de mi escritorio (Fernando Fernández)

Dios tiene tripas. Meditaciones sobre nuestros deshechos (Laura Sofía Rivero)

-Cuando me volví mortal (Carmen Boullosa)

Llegar al mar (Jorge F. Hernández)

El futuro recordado (Irene Vallejo)

MEMORIAS:

El hijo del Capitán Trueno (Miguel Bosé)

TEATRO:

Retrato hablado (Juan Villoro)

ANTOLOGÍAS:

A los dieciséis (Margo Glantz)  

En espera de que 2023 no deje de sorprendernos, que la pasión por la lectura nos acompañe a diario, siempre al encuentro con alguna palabra que suscite algo nuevo, disipe toda duda, pero, sobre todo, nos ayude a ser libres con la vida. Y hasta aquí, la presente escala. ¡Muchas gracias a ustedes!

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FIJACIÓN Y PARPADEO

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

En alguna entrevista realizada al escritor colombiano Álvaro Mutis, éste recordaba un consejo de su madre: “Detrás de todas las cosas está usted”. Para quienes encuentran a diario la trama de las cosas (y doblemente en quienes recae el oficio de urdir una columna semanal), esta sentencia debe grabarse en letras de oro, o por lo menos, memorizarse por quienes se adentran a los senderos de la llamada “literatura con prisa”.

Sin tanta prisa de por medio, Jesús Silva-Herzog Márquez nos entrega un pequeño volumen donde se evidencian sus intereses, lecturas, encuentros, donde más que suscitar el análisis puntiagudo (tal es su faceta de analista político), se busca recobrar el asombro por la vida que se presenta a diario.

Andar y ver (título con reminiscencias a José Ortega y Gasset) se compone por 32 artículos, de breve extensión, donde su autor no se queda con la inquietud de hacer lecturas fuera del canon analítico, de figuras muy caras a su admiración, o simplemente, darle libre curso a la pluma, muy a la manera de aquella sentencia de Alfonso Reyes: Escribo por divagar.

Figuras como las de André Glucksmann, Wislawa Szymborska, Anna Ajmátova, Robert Hughes, más las que se sumen a la lectura, confirman a cabalidad que, mientras una buena pluma destelle por su presencia, ningún tema nos será del todo ajeno. Y para muestra, el siguiente fragmento: Somos criaturas de pares: dos ojos, dos brazos, un par de piernas, un pulmón derecho y uno izquierdo. Será por eso que tendemos a ordenar el mundo en parejas. Y así, al arco de luces, movimientos y sonidos que va de un amanecer a otro, lo rompemos en dos tiempos: el día y la noche (“La luz de los opuestos”).

Si aplicamos esta dialéctica al conjunto de artículos que componen Andar y ver, caemos en la cuenta de que la misma pasión con que se habla de un importante analista y/o teórico, que de sucesos peculiares como tomar una siesta, los peligros que conlleva aceptar un regalo, o una reflexión acerca de la propina (donde Mr. Pink de Reservoir dogs cae en un estoicismo que ya quisiera el SAT). Si somos sinceros, la propina no es un pago por un buen servicio. Las razones que el propinador tiene para gratificar al propinatario poco tienen que ver con la prestación recibida. […] No es difícil anticipar que un mesero eficiente y antipático recibirá menos propina que un meesero torpe pero amable y mucho menos que una guapa mesera incompetente y coqueta. (¡Hasta para los temas del diario, Silva-Herzog Márquez no deja los linderos de la polémica!)

Por otro lado, es preciso detenerse en dos pares de artículos: “Autorretrato de crítico con atún” y “La terapia de Goya”, sobre Robert Hughes (el crítico de arte más polémico de nuestro tiempo, es la lucidez de la rudeza. O al revés. El crítico no solamente destaza pintores sino también a políticos e intelectuales), de quien nos da noticia de su genio y figura, cuya subversión lo llevó a negar a su propio país. Y el suceso que le devuelve vida y acción se resume en “La terapia de Goya”. El Goya de Hughes es un artista de este mundo, un pintor que nos sintió apetitos metafísicos, sino sólo los otros. Nadie como él ha retratado el placer con tanta agudeza como ha captado el dolor. Es raro que un artista sea tan convincente en ambos mundos: el ombligo de la maja y las verrugas de las brujas.

Otra pareja de artículos, que bien podrían conformar uno solo, la componen “Una fotografía” y “Mato, luego existo”. De este último, una reflexión sobre Orwell y el hundimiento del Titanic como imagen que define al siglo XX, hace eco en el autor sobre cuál sería la escena o el cuadro más significativo de nuestra época: Seguramente muchos ubicaremos las imágenes del 11 de septiembre en ese sitio privilegiado de la memoria. Las torres gemelas son nuestro Titanic.) De ahí, Silva-Herzog Márquez parte su reflexión (o su apunte, mejor dicho) sobre un libro de André Glucksmann, donde la figura hostil de nuestra época no lleva puestos explosivos por encima de la ropa, sino que se pasea en traje sastre desde algún palacio… Respecto a “Una fotografía”, retoma un poco a Susan Sontag y vuelve a esa imagen con que la que el siglo XXI ya es ineludible: las Torres Gemelas, en particular, aquélla una donde se ve a un hombre en caída libre. Nuestra vida cotidiana está tapizada de esas estampas de barbarie. Lo que nos perturba es esta fotografía no es la visión del sufrimiento, sino la apariencia de quietud. Es más fácil aceptar el dolor de la víctima que la determinación de un hombre que decide su muerte.

Pero no todo es tragedia ni desánimo en Andar y ver; el autor también se da vuelo recordando a un maestro y colega suyo en los empeños de anotar la vida que viene. En “El dietario de Julián Meza” bien podemos encontrar joyas como la siguiente: Escribir por gusto es un empeño que tiene poco sentido en un mundo que dedica sus imprentas a la difusión de las obviedades de los opinadores, la jerga de los académicos y las mercancías de los fabricantes de best-sellers. […] escribir por el gozo de recorrer con tinta un cuaderno en blanco. Escribir para habitar otro mundo.

Otra peculiaridad que no debemos pasar por alto es la concisión de cada texto, es decir, su brevedad. A este respecto, no dudaría en aplicarle las mismas palabras que el autor dijo de Ryszard Kapuscinski en “El patio de los fragmentos”: Frente al caminante tenaz y metódico, pasea el viajero curioso que cede a la variedad de sus inclinaciones. Si escriben, el primero buscará redactar un tratado, el segundo coleccionará fragmentos. Este coleccionista, como Canetti, registrará lo que pase por su cabeza sin elección previa; se abrirá a la sorpresa, acogerá la tentativa. Los trozos de escritura aflorarán de ninguna parte sin conducir a sitio alguno.

Para terminar estas líneas, volvamos al consejo de Mutis: detrás de todas las cosas está usted. En cuanto uno cierra Andar y ver, no dudaremos en aplicárselo a Jesús Silva-Herzog Márquez, quien al escribir sobre figuras y sucesos de su (libre) elección, cumple a cabalidad la dinámica primigenia del ensayo, es decir, paseo, donde todo se resume a fijación y parpadeo, cualidades dignas de un miniaturista en cuyos trazos se evidencia una panorámica entera. Con este volumen (del cual se esperarían sucesivas compilaciones), se inaugura una vertiente ensayística en la obra del autor, en paralelo a su análisis político; a diferencia de este último, aquí lo fugitivo sí permanece, y se queda en nosotros, en aras de proseguir la conversación (o el paseo, si se quiere).

Después de todo, entre hojear este libro y ojear su contenido, nunca dejemos de mirar: hacia adentro, desde afuera. (Sea, pues.)   

Jesús Silva-Herzog Márquez. Andar y ver. México, UNAM/DGE-Equilibrista, 2005 (Pértiga, 1).  

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PROMESAS, REGRESOS Y TRAVESÍAS

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

(Carta sobre Love of Lesbian para Tania Rodríguez)

Querida Tania:

Hace algunos días, me compartiste un sueño: estabas en Londres, a bordo de un autobús, junto a un ex compañero nuestro y su novia, y mientras se divertían de lo lindo, como si de una película se tratase, la música de Love of Lesbian a guisa de soundtrack. Al despertar, caíste en la cuenta de dos cosas: nuestro compañero iba de pasajero en un autobús de regreso a la Ciudad de México, y éste que lees, en el Auditorio Nacional, viendo a los responsables de tu banda sonora. (No cabe duda, para muchas cosas de la vida, eres puente. Bien lo sabes.)

A todo esto, ¿te conté alguna vez cómo conocí a Love of Lesbian? Para ello, debo mencionar primero las Lunas del Auditorio, ceremonia anual que reconoce a lo mejor del espectáculo en México. Cada año, mediante dinámicas en redes sociales, lograba conseguir entradas para la ceremonia, en la cual el talento artístico abarcaba diferentes géneros, representativos de las categorías a premiar.

Llegó la edición de 2018 y como suelo hacer en cuanto aparecen los primeros anuncios de la ceremonia, estaba al pendiente del talento artístico invitado para la ocasión. (Para serte franco, sólo me interesaba ver a Edith Márquez y el musical de Los miserables, sin embargo, era ya un hecho que saldría del Auditorio con un nuevo cantante o grupo de mi predilección.) Dentro del elenco de ese año me sorprendió ver anunciado a un grupo de nombre Love of Lesbian, pero en ese momento no me pasó checarlo en YouTube, así que lo dejé pasar. Llegó el día del espectáculo, miércoles 31 de enero de 2018, al cual acudí con dos amigas: mi vecina arquitecta y la Embajadora de Nestlé (ya vuelta toda una Ibero girl, y quien me acompañó en 2016); con todo y que llegamos algo tarde, nos acomodaron en segundo piso. Cerca de la mitad de la ceremonia, donde ya se habían entregado los primeros galardones de sus correspondientes categorías, uno de los presentadores anunció la llegada al escenario de las Lunas de un grupo español de talla internacional, que semanas antes hizo cimbrar el Auditorio Nacional con canciones como “Bajo el volcán”, que escucharíamos a continuación.

En cuanto el grupo comenzó su interpretación, como dicen en España, no me flipó, pero en cuanto sonó “Manifiesto delirista”, haz de cuenta que recibí una gran descarga eléctrica, que me hizo levantar del asiento, poniéndome a bailar y a cantar esa parte de “Qué suerte que aún gente que lo hace fácil, aquellos que consiguen que fluya bien…” Mi vecina arquitecta quedó impactada con el cambio de ánimo durante el número de Love of Lesbian, y hasta me pareció leer en su cara un “ya te veo como nuevo fan de ese grupo”, cosa que sí sucedió. (Desde aquel día, me prometí verles de nueva cuenta.)

Dos semanas después de la ceremonia, aproveché un momento de ocio para buscar en YouTube la canción que no me llamó a la primera, “Bajo el volcán”. La escuché dos, tres, hasta cuatro veces (con todo y un videoclip muy interesante), para llegar a una sola conclusión: “¡Es una joya! ¡Y hasta ahora te das cuenta!” Y allí no quedó mi impresión, porque después me puse a escuchar como poseso el resto del álbum, de nombre El poeta Halley. Para navidades de aquel 2018, me obsequié dicho CD, aunque también había otros de la banda, como El gran truco final, grabado en vivo, o el ya legendario 1999, pero el magnetismo hacia ese disco era intenso. Una vez en mis manos, lo puse en mi ya desgastada grabadora, y en cuanto sonaron las primeras notas de “Planeador”, me dije “esa canción la hicieron para mí…” (Y no era para menos, pues me regresó a la época en que esgrimía mis primeros poemas…) Se siguió con “Bajo el volcán” (flipante de principio a fin, al igual que “Cuando no me ves”, de cierta forma, su contraparte), y así hasta llegar a “El poeta Halley”, cuya lectura del poema final por parte de Joan Manuel Serrat, no dejaba de conmocionarme. (Desde ahí, supe que no sería la única coincidencia con Santi Balmes, letrista y voz cantante de LOL.)

Llegó 2019 y en enero se dieron dos sucesos importantes con Love of Lesbian en mi banda sonora: el reencuentro con mi doctora de Iztacala, a quien le dediqué “Los males pasajeros”, y por el otro, la delicada salud de mi papá, quien se encontraba internado en el Hospital Bicentenario del ISSSTE. Mientras esperaba su mejoría, mi compañía en esa larga madrugada fue “Océanos de sed”. (Hoy día, no dejo de agradecerlo.)

Andando el tiempo, escuché otras canciones suyas, pero todavía no me asumía como fan de hueso colorado, hasta que un día, y gracias a la programación de Reactor 105.7, supe de una canción totalmente diferente a lo que había escuchado en El poeta Halley. Se trataba de “El astronauta que vio a Elvis”, en cuyo videoclip aparecían Santi, Oriol, Julián y Jordi (vocalista, baterista, guitarrista y bajista, respectivamente) ¡en versión animada! Obviamente me eché un clavado al yiutub, donde me seguí con otras canciones suyas, entre éstas “Charlize SolTherón” (contraparte de “El astronauta…”), “Allí donde solíamos gritar” y una que me sigue moviendo fibras muy delicadas: “Belice”.

Para 2020, ya se sabía que LOL volvería a México, luego de la promesa contraída dos años antes, tanto por el concierto de los veinte años como por su breve escala en las Lunas del Auditorio, pero un suceso inesperado (que no es preciso mencionar, bien lo sabemos) pospuso ese deseo. Sin embargo, una banda que destella talento y genialidad por los cuatro costados nunca se queda quieta, por más confinamientos que se den, y para finales de ese año, Santi y su pandilla dieron a conocer “Cosmos (antisistema solar)”, primer sencillo de su nuevo álbum, que, luego de otros sencillos más, se supo su nombre: Viaje épico hacia la nada (también conocido por las siglas VEHN). Y para seguir muy en contacto con sus activos y nuevos fans, se les invitó a enviar toda serie de videos de su ciudad y de las cosas que hacían durante el confinamiento. De esa convocatoria surgieron los videoclips de “Eterna revolución”, “Crisálida” y, desde luego, el homónimo del álbum.

Un suceso que me dio la bienvenida al cuarto piso fue una operación, a mediados de julio de 2021; con todo y que no habían pasado 24 horas después de mi valoración, se me programó, prácticamente, de inmediato. Me presenté a la hora acordada y mientras esperaba mi turno para entrar a quirófano, me puse a cantar “Sesenta memorias perdidas”, canción del VEHN que acababa de conocer. Después de la operación (exitosa, desde luego), fui llevado al área de recuperación, donde reinaba un silencio desolador, y para romper un poco esa monotonía, que me pongo a cantarla. A las pocas horas, pasé de camilla a sillón (como preparación para dejar el hospital), y cerca de mí estaba una joven paciente (que pasaba por una situación más fuerte, según lo que logré escuchar). En los pocos minutos que se nos dio charlar, agradeció mi “interpretación” que le generó una pequeña alegría. (Gracias a esa canción, sigo en este mundo y me prometí cantarla a voz en cuello en el primer concierto de LOL que se me atravesara.)

Dice un adagio oriental que no hay que prometer cosas cuando nos invade una enorme alegría, ni responder cartas cuando nos embarga el enojo. Sin embargo, si esa alegría es algo que nos llena de vida, da lo mismo si se cumple en días, meses, incluso años, siempre y cuando las cosas para realizarla estén a la mano. Y así fue, porque cuando supe de la visita de Love of Lesbian a México, programada para el 14 de octubre de este año (a casi cuatro años del Auditorio, y nueve de su primera presentación en el Caradura), me dije “llegó la hora de pagar mi deuda”. En el asueto de semana santa, me fui como nena en tobogán a la taquilla y media hora después, ya tenía en mis manos un par de boletos para dicho concierto. (Sobra decir a quién invité, ¿verdad?)

Mientras llegaba la hora soñada, no paraban las sorpresas: la banda anunció una segunda fecha en la Ciudad de México, cuatro días después, pero en el Teatro Metropolitan, escenario de su consolidación en México, y como cereza del pastel, una firma de autógrafos en algún lugar de la colonia Doctores, dos días antes de la primera fecha. Y como seguro te imaginarás, me lancé allí sin excusa ni pretexto, armado con mi CD de El poeta Halley y un ejemplar de El hambre invisible, novela escrita por Santi Balmes, que le había encargado a una amiga historiadora en su paso por Madrid. Lamentablemente, a cada persona sólo se le firmaría un objeto, así que, en el último instante, opté por el cuadernillo del CD. Luego de casi cinco horas formado y con el estómago vacío, me llegó el turno para firma y fotografía (ésta, en toma única, por la pila súper baja de mi teléfono), agradecí la oportunidad y con una sonrisa de oreja a oreja, emprendí el regreso a casa. (Todavía resuenan tus palabras luego de que te compartí aquella foto: “Para mí, la banda está completa”. Y desde ahí, el sol sigue sin ponerse en tu reino, sabes…)

Y como “no hay día que no llegue ni plazo que no se cumpla”, llegó el día del concierto en el Auditorio Nacional. Pasadas las 8 pm, quien esto escribe y mi doctora de Iztacala llegamos muy a tiempo; nos encontramos a una joven pedagoga de Acatlan City (declarada fan de LOL, cabe decirlo) y esperábamos encontrar a su hermana Londres y novia que le acompaña. Pasadas las 8:30 pm, comenzó el show y, como suele pasar con los conciertos de la GiraVEHN, abrieron con “Viaje épico hacia la nada”. Desde ahí, el público se volvió una sola voz a medida que aparecieran las canciones, tanto las del nuevo álbum como los buques insignia, llamados “1999”, “Club de fans de John Boy” y los ya mencionados “Belice” y “Allí donde solíamos gritar”.

Por las veces que mi doctora y yo hemos ido juntos a conciertos, ya deberíamos hacernos a la idea de cargar un paquetito de pañuelos desechables, porque el llanto y la conmoción de mi parte no se hacen esperar, y ésta no fue la excepción. Literalmente, me deshice, ya te lo imaginarás, con “Sesenta memorias perdidas”. (“Por esta canción, estoy aquí…”, le dije. Y su apapacho no se hizo esperar.) Desde ese momento, comenzaría la pasarela de promesas por cumplir. Con “Escuela de danza aérea”, saqué a bailar a mi doctora y en la parte final de “El poeta Halley”, apareció Joan Manuel Serrat en la pantalla que estaba detrás del escenario. (Promesa cumplida, Tania.) Además, me sabía tres cuartas partes del setlist presentado en esa noche, lo cual, de cierta manera, también es otra promesa: sólo acudir a los conciertos para cantar más de cuatro canciones de equis o ye artista.

Al término de tan glorioso espectáculo, mi doctora y yo nos adelantamos a salir, a fin de evitar tumultos y largas filas para el sanitario. Ya en las escalinatas del Auditorio, nos alcanzaron mi joven pedagoga de Acatlan City, la química Londres y su novia Diane, a fin de intercambiar impresiones del concierto. (“¿Volverías a ver a Love of Lesbian si te invito de nueva cuenta?”, le pregunté a mi doctora. Sobra decir cuál fue su respuesta.)  

En fin, queridísima Tania, podría contarte más cosas sobre la presencia de Love of Lesbian en el soundtrack de mi vida, y de los sucesos y figuras relacionados con sus canciones, los libros de Santi o alguna mención de sus letras para cualquier momento. (El fin de semana, durante la presentación de un libro, cité la parte final de “Viento de oeste” –inspiradora, un poco espiritual y blasfema, a decir tuyo.) De algo sí puedo estar seguro: cada nueva escucha se llena de promesas, regresos y travesías, a la espera de hallar el instante perfecto para su aparición.

En espera de nuevas coincidencias y renovadas conversaciones, recibe mi cariño, admiración, agradecimiento y el fuerte abrazo de

Ulises Velázquez Gil

babelises@hotmail.com

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CENTENARIOS EN LA BOLSA

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

Veinticuatro horas después de la llegada del nuevo año, 2023, y al momento de retomar la dinámica de esta columna, caigo en la cuenta de que en este año se cumplirán varios centenarios importantes: Ricardo Garibay, Dolores Castro, Álvaro Mutis, Italo Calvino y Rubén Bonifaz Nuño.

Fuera de abundar en la mención de títulos de libros y el correspondiente palmarés de cada uno, prefiero recordar algunos encuentros con ellos, sea en persona o en la complicidad lectora. Comienzo con Bonifaz Nuño. La primera vez que tuve noticia suya fue por un libro publicado por el Fondo de Cultura Económica en la colección Fondo 2000: Fuego de pobres. (En orden de aparición o al azar, los poemas allí reunidos no dejan de suscitar asombro y maestría, enigma y resolución.) Años después, El Colegio Nacional lanzó el que sería su último libro de poesía: Calacas, de vena más desenfadada. En la única ocasión en que tuve la dicha de conocerlo en persona, le expresé mi predilección por sendas obras, cosa que me agradeció sobremanera.

Sobre Dolores Castro (además de que se desató un interés periférico por su figura a raíz de la película Los adioses de Natalia Beristain, en torno a Rosario Castellanos), digno es decir que el ejercicio poético la rejuvenecía a diario. Recuerdo que sólo la vi en dos ocasiones: al final de una presentación en la Feria de Minería, y al término del homenaje a un colega y amigo suyo en la Capilla Alfonsina. En cuanto me presenté con varios libros suyos para firma, se alegró mucho, porque su trabajo seguía ganando batallas y lectores. (En mi ejemplar de Sombra domesticada, publicado por Parentalia, tiene una breve pero generosa dedicatoria suya.) Ahora que en abril se cumpla el centenario en tiempo y forma, me encantaría conseguir un ejemplar de La ciudad y el viento, única novela dentro de su obra, donde la poesía y el ensayo se alternan escenario. (Recuerdo de manera momentánea que Mariana Bernárdez, también poeta y ensayista, tiene un estudio muy sesudo sobre la obra de la maestra Dolores, como generosamente me conducía hacia ella las veces que la vi.)

¿Cuándo fue la primera vez que supe de Ricardo Garibay? Si mi memoria radiofónica no me falla, fue gracias a unas cápsulas que se transmitieron día tras día por Opus 94, bajo el nombre de Astucias literarias, en torno a sucesos y figuras en torno a la literatura universal; por su naturaleza fragmentaria (cinco minutos), Garibay dedicaba dos o más cápsulas para un tema, siempre con su manera peculiar de despedirse: Gracias hoy. En el periodo intermedio entre mi último año de preparatoria y el primero de la carrera de Letras, cuando iniciaba mis exploraciones por las librerías Educal, encontré Fiera infancia y otros años, uno de sus libros de memorias, sobre sus años ya como habitante de la Ciudad de México, cuando llegó de Hidalgo junto con su familia. Pero el libro que más me impactó de su obra, fue Beber un cáliz, novela en torno a su padre. (Con todo y que su obra tiene para dar y prestar, en cuanto a temas y trazos, tengo especial predilección por un libro -compuesto por su constancia periodística- que pinta de cuerpo entero los vaivenes del escritor que hace “literatura con prisa”: Cómo se pasa la vida… Que este centenario en puerta sea el pretexto idóneo para volver a sus páginas.)

Una sana costumbre que adquirí durante mis visitas a la Biblioteca de México, en la Ciudadela, fue la búsqueda de revistas atrasadas. Desde los pasquines más socorridos hasta publicaciones de mayores vuelos, me hice de varios ejemplares de la revista Vuelta, y un precio, digamos, accesible. En alguno de esos números, leí el cuento “Sabor saber”, que desarrollaba, vaya sorpresa, en México. Su autor, Italo Calvino. A medida que conseguía más ejemplares de aquella revista dirigida por Octavio Paz, buscaba más textos de aquel escritor italiano, que no dejaba de sorprenderme. Con el tiempo y la recomendación de una profesora de italiano, conseguí Palomar, novela algo atípica para mí en ese momento, y de ahí, me encarrilé con más libros suyos, como Si una noche de invierno un viajero (novela de comienzos puros), Colección de arena (su faceta ensayística de temas diversos) y Seis propuestas para el próximo milenio (eternamente en proceso, porque el sexto ensayo se quedó en bosquejo).

Y de un colombiano singular harto conocido ¿qué más puedo decir? Mi primer contacto con la obra de Álvaro Mutis se dio gracias a la tesis de licenciatura de Rocío Montiel, profesora de grato recuerdo que tuve en la carrera de Letras en la FES Acatlán. De ahí, que me di la tarea, tiempo después, de conseguir más libros suyos y sobre su obra. Por la dichosa colección Fondo 2000, supe de Los rostros del estratega, que consigna brevemente su faceta como cuentista. Y en enero de 2002, gracias a un generoso regalo, me hice de Empresas y tribulaciones de Maqroll el gaviero, volumen que consigna las siete novelas en torno a su personaje más conocido. (De ese septeto novelístico, releo con singular devoción La última escala del tramp steamer, a cuya relectura hoy día añado Abdul Bashur, soñador de navíos, en torno al compañero de correrías del Gaviero.)

Lo dicho líneas arriba no es ni la décima parte de lo que se podría decir acerca de este grandioso quinteto de escritores; sólo son impresiones que van difuminándose con el tiempo, en espera de recobrar color una vez que vuelva a sus libros. Me propongo, si no es demasiada osadía, llevar en mi bolsa alguno de ellos, o dejar otro sobre mi mesita de lecturas, por lo menos para saberlos cerca, y que sus palabras me muestren alguna preciada gema, digna de mención.

(El año comienza y las buenas lecturas, también. ¡Qué mayor celebración!)  

babelises@hotmail.com

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CAMINO, PUENTE Y ESCALAS

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

“Dos enemigos son un mismo hombre dividido”, dice Emil Cioran en Del inconveniente de haber nacido. Para quienes nos enfrentamos al vértigo de la escritura, en algún momento de la vida es preciso desprenderse un poco y poner en orden todas las taras que nos definen (aproximadamente) como la gente que elegimos ser. Sin embargo, en algún instante una extensión de nosotros se aferra en hacerse escuchar, provocando un choque, no sólo de personalidades, también de perspectivas relacionadas a una misma vida, a un espacio delimitado per se.

Consciente de esta división de caracteres, en su novela El hambre invisible, Santi Balmes nos hace una invitación para emprender un viaje al principio del mundo, o lo que es lo mismo, internarse hacia el caos que compone a un sujeto que eligió el camino del arte, para dejar su paso en este mundo, a ratos ancho y ajeno por los dictados de una sociedad convencional.

A resultas de una caída (¿Albert Camus, acaso?), el protagonista, Román Spinelli, Equilibrista, hace un viaje hacia el interior de sí mismo; a diferencia del viaje exterior, su travesía es hacia su propia mente, es decir, por las diversas escalas de su vida, y qué lo llevó hasta el momento actual. A través de cuarenta y cuatro capítulos (incluidos uno denominado cero y un epílogo), bajo el nombre de estaciones, hacemos un recorrido, amén de retrospectivo, hasta rimbombante por el carácter de algunos de los personajes que allí nos aguardan. El creador está a merced de quien lo observa -hoy en día ni siquiera hace falta que uno pague-: es la ley. A un equilibrista no le juzga Dios, sino mil minidioses que lo miran desde el prosenio. Y no son idiotas. Ser audiencia es saborear la divinidad. Dios lo hace con nosotros, por lo que ejercer como público es nuestra infantil venganza.

Lo dicho: el espectáculo está a unas páginas de nuestro alcance, y Román Equilibrista (tal y como su apellido lo define), busca el balance de su presencia en este mundo; sin embargo, para lograr ese ansiado equilibrio, es menester tambalearse un poco: […] la primera condición para ser Equilibrista, para subir a la cuerda, para seguir vivos, es estar un poco loco. Era la magnitud de su locura lo que estaba por determinar. Para enfrascarse en un viaje de reconocimiento, por decirlo de alguna forma, es preciso valerse de una excusa; en este caso, Román Equilibrista se lanza a la búsqueda de Edith, una mujer que le es importante en ese momento de su vida, y, precisamente, el deseo de alcanzarla es quien lleva la nota dominante en su trayecto psiconáutico.   

La Ciudad de Bruma, lugar donde ocurre la novela, es el topus uranus donde Equilibrista se encontrará con sujetos que, de cierta manera, le acompañarán en sus afanes introspectivos. Como en toda ciudad que se precie de serlo, recorreremos sus calles y barrios, en espera de que aquellos personajes le muestren lecciones por aprender o recuerdos para desbloquear. Uno de ellos representa la parte drástica y punitiva: Yo, Román Cuso, Fiscal General de su psique, o, lo que es lo mismo, de la ciudad interior de Bruma, autorizo a Román Spinelli, de profesión Equilibrista sobre Alambradas Mentales, a pernoctar durante cinco días improrrogables. Al final de su estancia será requerido para una serie de acciones que él, a cambio de nuestra hospitalidad, tendrá que realizar con el mejor de los ánimos.

A contraposición de Román Cuso, tenemos a Román Líbid, la parte sexual, ninfómana y masturbatoria, que más bien es el libre curso de un instinto “primitivo” aún latente en el interior de Equilibrista. Porque nuestro ser sexual puede triunfar más que nunca cuando precisamente desprende cero interés por el sexo. Es una treta exitosa. […] Sea como fuese, aquel chico llamado Román AntiLíbid estaba gozando de los más sutiles placeres que podía experimentar un hombre, e irían aumentando con el paso del tiempo.

Por otro lado, tenemos a Román Perturbado, otro de los avatares de Equilibrista, muy apaleado (literalmente) por los altibajos del éxito y al igual que el autor, también la música es su mundo, cuya fama le obnubila y le impide ver con claridad su situación. En aquel diorama del pasado, Perturbado estaba a punto de iniciar un combate de boxeo contra un luchador llamado Vida. Como árbitro, ni más ni menos que un tipo llamado Destino. Me olvidaba de una cosa: el entrenador de Vida era el Fiscal Román Cuso, alias Culpa. Bajo este avatar, precisamente, se suceden los álbumes más emblemáticos de la banda donde ejerce de vocalista (un apenas disimulado Love of Lesbian): 1999 y La noche eterna.

Paréntesis aparte: dentro del capítulo/estación que Santi Balmes le dedica a Pertur, me pareció encontrar frases o giros que, con sólo aguzar el oído, hoy día son brillos de preciadas gemas como “Bajo el volcán” y de “Planeador”, barcos insignia de El Poeta Halley, álbum de estudio grabado hace poco más de seis años, y que este singular personaje aparece en estos lares, se trata de la parte creativa que llevó a Equilibrista hasta su momento actual; todo sueño, juego o la alegre conjunción de ambos denota un deseo todavía latente, un leitmotiv que se niega a desaparecer, pese a que los vientos de la realidad -con sus correspondientes avatares al paso del tiempo… y de las páginas- le cierren un poco los caminos. Aún así, el joven poeta persiste en afanes como en empeños. La sensación de tiempo, definitivamente, es proporcional a la edad. Un bienio, en una persona que acaba de cumplir los quince, es casi una séptima parte de su existencia. La frase “Llevo toda la vida con él” es, con toda seguridad, la más parcial y nociva que puede pronunciar una persona joven. Y probablemente, una de cualquier edad. […] Entre impacto y deflagración, puedo llegar a la conclusión de que el descubrimiento artístico, es ¡maldita sea!, un momento incendiario.

Una tercia de avatares digna de mención, la componen Psiconauta, Román Augustus a las Finas Hierbas y Román Feliz. Del primero, digno es notar su carácter cambiante (incluso en las fuentes tipográficas empleadas en sus diálogos):[…] la vida de un Psiconauta necesitaba el humor como un cohete el combustible. Porque los Psiconautas lo relativizan todo; el segundo, en cambio, es un tránsfuga de las academias, que no cesa de buscar el placer a la par que el aprendizaje […] junto a gente que consideraba divertida e interesante [y sostiene que] cualquier día es bueno para celebrar el fin del mundo. Porque cualquier día es un fin del mundo en potencia. Y de Román Feliz se podría decir que evita cualquier sobresalto y, por ello, le veta a Equilibrista la oportunidad de conocerle, por la posibilidad de conjurar algo adverso. Esta extraña tercia se podría resumir en un tópico de la cultura clásica: Carpe diem (“aprovecha el día” en latín), sin dejar de lado el Sapere aude (“atrévete a saber”).

Para cerrar con esta galería de epígonos, queda presentar a Román Tôdas, el Mago, que, a decir verdad, es el genuino guía de Equilibrista, así también del Joven Halley, a quienes devuelve la fe y la creatividad perdidas a lo largo de los años. He aquí alguna de sus consejas: Escribir para encontrar el placer […]. Escribir para rellenar vacíos. En realidad, el hombre inquieto, una vez se da cuenta de que la relación con su entorno cercano puede convertirse en un caudal de frustración, empieza a buscar placer empleando los más variopintos recursos. Aquellos que jamás han encontrado desde su propio interior la manera de autosatisfacer su Hambre Invisible necesitan a excitadores profesionales. […] Un creador no deja de ser un ingeniero de emociones. Sus laboratorios, hasta la fecha, son legales, así que no hay problema, hermanos en la fe.

Con todo, en la suma de caracteres que componen El hambre invisible descubrimos que hay etapas hondas en el ser y hacer de cada persona, incluso si éstas se contraponen (como en el aforismo de Cioran referido al principio de estas líneas); Román Spinelli, Equilibrista, en plena edad media sale al encuentro con facetas de su vida que precisa reconocer, que no remediar, porque la debacle también es una forma de la enseñanza: camino, puente y escalas para replantearse a fondo.

Aunque no es la primera vez que Santi Balmes incursiona por los caminos de la novela, sí lo es en cuanto a la intención de suscitar una reflexión acerca de las distintas etapas que componen a un individuo ungido al arte. Una novela que atrae, como decía Jorge F. Hernández, “por los ensayos que se filtran con sutil encanto en algunos de sus muchos párrafos […] donde los enredos de sus personajes van confeccionando una no tan simulada dramaturgia con sus diálogos y los gestos que les veo cuando los leo”. (Una confederación de almas, como aquella que imaginó Antonio Tabucchi en su Sostiene Pereira.)

Para quien le sigue la huella al autor dese su faceta como delirista y voz de Love of Lesbian, inevitable hallar frases o referencias a canciones de su repertorio (lo cual enriquece la experiencia, claro está); y para quienes apenas tienen noticia de ésta, estamos frente a un narrador non, de muchas horas de vuelo en un oficio doblemente sorpresivo.

Quede aquí la invitación para adentrarse en ese mundo, desde la primera palabra hasta el punto final. (¡Buen viaje!)   

Santi Balmes. El hambre invisible. 2ª ed. Barcelona, Planeta, 2018.  

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DESTINO Y SENTIDO

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

En alguna de las cartas que Octavio Paz le escribió a su colega catalán Pere Gimferrer, se puede leer la siguiente frase: El verdadero y único premio del escritor son sus amigos desconocidos. Para quienes hacen de la escritura semanal una carrera de resistencia contra el tiempo, encontrarse un lector que agradezca las líneas de un artículo (que le ayudó a sobrellevar la vida de todos los días) es el bálsamo que renueva el afán de asir el tiempo, a la vera de sucesos y figuras inolvidables -al menos, para quien guste de escribirlo.

Después de dos volúmenes que reúnen lo más granado de su columna Agua de azar, Jorge F. Hernández nos entrega un tercero, cuyo título da fe de una meta cumplida, donde ninguna inquietud se queda sin explorar y las figuras que nos dan sentido siguen ganando batallas, siempre al encuentro con sus andanzas y maestranzas.

Llegar al mar se compone por 79 artículos, donde el autor da fe de su admiración por maestros, colegas y amigos que le ayudan a ser -palabras más, palabras menos- una mejor persona y un buen escritor, tal y como ocurre con viejos conocidos suyos (también nuestros, si hemos seguido con suma dedicación las compilaciones anteriores), como Jorge Ibargüengoitia: Celebro […] sus novelas que releo como si reviviera la época en que visitábamos las librerías esperando sus nuevos libros. Soy de la idea de que las muchas perfecciones envidiables que cuajó en Estas ruinas que ves (incluyendo sus dos finales), Dos crímenes y Las muertas transpiran -entre la admiración y la envidia- una contagiosa adrenalina por escribir, más allá del placer de su lectura (“¡Ibargüengoitia, forever!”). O grandiosos contemporáneos que siguen presentes, tanto en el recuerdo como en las maestranzas suscitadas por su obra. Ejemplo irrebatible: Eliseo Alberto, Lichi. ¡Ay, mi Lichi, si supieras!, que hay días en que parece que escucho tu voz con música de fondo, un son triste que revela que esa fibra musical donde se finca el jolgorio de tu isla también es dolor y recuerdo a menudo que Bioy Casares nos daba licencia para ser así como somos al definir que toda cursilería cuando es humilde tiene todo el gobierno del corazón (“Informe de eternidad”).

Además de proseguir esa conversación con maestros, colegas y amigos, Jorge F. Hernández pasa revista a sucesos recientes, que le muestran señales que evidencian los alcances que tiene el ser humano en cuanto a su papel dentro del mundo. Hay dos figuras que merecen especial atención: Nelson Mandela y Malala Yousafzai. Del primero nos dice: [es] el hombre que hablaba en silencio las palabras que nombran a las cosas, los callados párrafos de la prosa más íntima, los versos que se aprenden de memoria los presos que no pueden abrir las alas de los libros. El hombre que miraba el instante que hoy se acerca calladamente desde el momento en que veía a través de los barrotes de su celda el cielo indescriptible que a veces parece inalcanzable, allá donde se pronuncian en cada uno de los idiomas todos los nombres de la libertad (“Todos los nombres”). Por otro lado, […] las palabras de Malala Yousafzai deberían recordarnos que efectivamente todas las niñas son princesas (¿qué no hubo nadie que se los hiciera creer en su infancia?), todas emperatrices de su propia voluntad, dueñas de sus palabras, ensueños y encantos. Ya lo sabemos: en algún momento o instante de su vida (suspiros que pueden durar segundos o toda una vida) toda mujer es la mujer más bella del mundo… (“En el nombre…”).

Son las palabras las que dan sentido al mundo, sea la vía que uno se digne a usarlas; lo mismo pueden construir presencias que derrumbar reputaciones. Y una buena pluma como la de Jorge F. Hernández lo sabe por entero, porque sus fuerzas y afanes se vuelcan hacia una justa ponderación de las cosas que valen la pena (por ver, para vivir), así también para hacer clara denuncia de sujetos y situaciones no tan halagüeñas del todo.

Uno de sus maestros en el oficio de hacer literatura con prisa, es Antonio Muñoz Molina, con quien comparte, además de una colección de libros publicados por la UNAM, un peregrinaje por los sucesos de cada día. Sobre la desmedida (pero justa) admiración por el autor de Travesías y El Robinson urbano, podemos leer en “Shalom” lo siguiente: Yo aprendo mucho de los escritores de veras, que además son grandes personas; abrevo de la desatada imaginación y honesta pasión ante la página con la que escriben, tanto como de la decencia y cordura civil con la que caminan por las calles… Yo admiro la literatura de Antonio Muñoz Molina, aprecio su amistad tan cerca tan lejos (Bien podrían aplicarse dichas palabras a nuestro autor. Y nos consta quienes lo hemos leído y/o conversado…)

¿Por qué Llegar al mar? Ante una realidad plagada de plagiarios, politicastros con poco seso frente a la cultura y toda serie de sucesos funestos y que flaco favor nos hacen con sus improperios y poco tacto, digno es recordar que la vida de veras, aquella que le da destino y sentido a nuestra presencia, es la materia prima de los artículos de Jorge F. Hernández, donde el agua de azar no deja de multiplicar sus sortilegios, con todo y que […] hubo más de un jueves en que me resigné a la aceptación dolorosa de no ser ya necesario para quienes me llegué a creer indispensable, a contrapelo de la conmovedora aparición semanal de un nuevo lector que me escribía algún correo o me confiaba de viva voz el entrelazamiento de su voluntad, memoria o imaginación con cualesquiera de mis párrafos. (Los verdaderos amigos desconocidos que mencionaba Octavio Paz, referido al principio de estas líneas.)

Con todo y que esta compilación cierra una época en su trayectoria hebdomadaria (la cual no termina del todo, sino que se pospone), sus letras siguen prodigando lecciones de vida y sin contratiempos de por medio, para que, al final del día, suscribir aquel deseo que Santi Balmes, vocalista de Love of Lesbian, expresó en la canción “Viento de oeste”: Que un camino así pueda guiarte,/ pueda guiarte a mí./ Que la vida sea al fin tu obra de arte,/ tu obra de arte…

Quede aquí la evidencia de sus pasos. (Gracias, siempre.)

Jorge F. Hernández. Llegar al mar. Prólogo de Hernán Bravo Varela. México, Almadía, 2016. (Crónica)

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MANÍAS

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

(A Claudia Berenice, por soportar algunas de éstas…)

1.- Al despertar, luego de apagar o posponer la alarma del celular, es prender la radio y dejar que la primera música que suene sea la que determine el rumbo ulterior del día.

2.- Una vez alistadas las cosas para la ducha, coloco mi celular en algún lugar alejado del agua, abro la plataforma verdinegra y dejo que mi listado de canciones favoritas suene en bucle. (De esa puntada, nació un lugar seguro, del cual habrá oportunidad de escribir: Radio Regadera.)

3.- El primer café con que inicio las faenas del día, no debe llevar azúcar. Sólo un pan dulce o una rebanada fría de pay o de pastel, a guisa de acompañamiento.

4.- Ordenar, de diámetro mayor a menor, y con el número más que visible, las monedas para el transporte público; como si al hacerlo se postergase una caótica aparición de sucesos. (Aunque, a decir verdad, éstos suelen ser más interesantes de lo previsto…)

5.- Escuchar, de la misma forma en que Gerardo Deniz probaba un sorbo de yogurt o mordía un pedazo de betabel, alguna canción de un género diametralmente opuesto a mis intereses, nada más para comprobar que sigue sin gustarme. (Caso contrario, ¡al playlist!)

6.- Comprar boletos para conciertos cuya ubicación dé hacia el pasillo. (Eso de ser “sándwich” entre espectadores de una misma fila, es tan engorroso como una bancada partidista en el Congreso.)

7.- Guardar los libros en bolsas de plástico, al momento de sumarlos al equipaje de cada día, entre libretas improvisadas con papel de reciclaje sujetadas con broches y/o clips de presión. (Con todo y que las pastas de un libro describan el trajín de sus dueños -oficiales o de temporada-, la verdadera historia está en las anotaciones al margen o en los subrayados.)

8.- Y ya que hablo de subrayar los libros, esta acción debe hacerse con lápiz, generoso y desinteresado adminículo de escritura, y del número 2, como si de hacer un examen se tratase. (También aplica con el lapicero de puntillas: éstas del número 5, por delicadeza.)

9.- En fondas y restaurantes, colocar el salero detrás del despachador de servilletas; no por maldad o superstición, sino para evitar posibles tentaciones.

10.- Leer los libros de ensayos y de cuentos de manera salteada, y no desde la primera página. (Luego de la confesión de un colega y también editor, ya no sería del todo una manía…)

11.- Comprar obras de Julio Verne, pero en editoriales diferentes. (La casa editora en la que adquirí El rayo verde no debe ser la misma que Veinte mil leguas de viaje submarino, por poner un ejemplo.)

12.- Escuchar 20 de enero de La Oreja de Van Gogh cada vez que hago uso del tren suburbano, de ida y vuelta.

13.- Los textos en limpio van con pluma fuente y en hoja blanca; los borradores, a bolígrafo y papel reciclado. (Éstos últimos, una vez transcritos a computadora, se destruyen.)

14.- Repartir calendarios a lo largo de mis libreros, cuya sola vista me hace sentir dueño del tiempo.

15.- Comprar todos los ejemplares de un libro que me encanta (y doblemente, cuando el precio es casi un regalo).

16.- Obsequiar, a diestra y siniestra, esos ejemplares a las personas que más valoro en la vida.

17.- Para mis envíos de libros por correo, envolverlos en plástico transparente, aun si echo mano del sobre burbuja para mayor protección.

18.- Guardar las notas de compra en librerías y tiendas de discos y devedés, además de las de consumo en restaurantes, bares y fondas a los que voy con Ella. (“¡Qué manía la tuya de conservarlos!”, me reclamó un día.)

19.- Recorrer varias veces el pasillo del súper donde se encuentran los vinos y licores, en espera de encontrar aquella botella de vino rosado con que pasé una tarde-noche inolvidable.

20.- Y la más enraizada de todas mis manías: anotar en papeles sueltos (volantes, folletos, fotocopias) alguna idea suelta, un esbozo de poema o el fragmento de una canción que no deja de resonar en mi cabeza (alguna de María José, a decir de los últimos meses), para después colocar esa nota al vuelo en alguna carpeta, en espera de integrarse a una futura columna miscelánea, o de volver al cesto de la basura, como fruslería ocasional.

(De las demás que surjan después de escrita esta columna, mejor las obviamos ¿no les parece?)

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