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Fabiola Eunice Camacho

VISITA GUIADA

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

En el prólogo de los Cuadernos 1957-1972 de Emil Cioran, Simone Boué hace énfasis en la importancia que tuvieron esos cuadernos para su autor, “por tratarse de su único contacto con la escritura”, en una época donde su bloqueo escritor era cosa de todos los días. Para quienes ejercemos el diario oficio de la escritura, un cuaderno se vuelve instrumento indispensable para todas las cosas que se desean realizar, y que, por los vaivenes de la vida, no pasan de la sola página donde se escriben.

Después de varias escalas en revistas y suplementos, Fabiola Eunice Camacho nos presenta su primer libro, donde sus obsesiones e intereses (sólo reservados en un principio al cuaderno) se encuentran a la busca de otros lares, de su lector idóneo.

Landscapes: escrituras móviles se compone por trece ensayos, donde su autora se cuestiona cuál es el verdadero quehacer de la escritura (de su escritura), y del cómo ésta no deja de suscitarle otras rutas, amén de dudas y, por qué no, de revelar su propio itinerario en aras de una escritura prístina que proteica, condiciones sólo reveladas -en principio- al recipiente del cuaderno. Acaso la parte más íntima de cualquier proceso creativo sea los cuadernos de trabajo. Son laboratorios ambulantes, en ellos se vierten mecanismos, se resguardan citas, se escriben las dudas, se garabatean los espacios en blanco, se proyecta la primera intuición de la obra.

Un primer libro, de cierta manera, es un cuaderno, por guardar toda serie de sucesos y de cosas que componen el ser y hacer de una escritora. Para el caso de Fabiola, los suyos tienen tarjetas de visita, fichas bibliográficas y hasta un breve ejercicio autobiográfico, muy a la manera del catálogo de una exposición: El lector es un autor de tiempo completo: @sr_gatoburbujas […] Quizá ahora la lectora es quien escribe, el escritor es, ¿qué es el escritor?

A medida que avanzamos en la lectura de Landscapes, no dudamos en creer esa constante lectura que deriva en la ulterior escritura; sin embargo, una buena escritura se compone de muchas lecturas, a guisa de “colección” de sucesos y cosas que permean en el texto mismo. Y ya que hablamos de colecciones, éstas se pueden comprender mejor desde los linderos autobiográficos, donde el afán coleccionista a ratos se vuelve inusitada acumulación. En el principio fue la acumulación y luego, el vacío. […] Ya se sabe que un buen coleccionista tiene por principio de cuentas un sentido táctil muy desarrollado. Toda colección es subjetiva y al hacerla puede que incluso lleguemos a romper las cadenas de producción y los estándares de consumo por el hecho de que nos abstendríamos de comprar plásticos y tecnología. Acumularíamos sin depurar.

Uno de los ejercicios acumulativos (y acumuladores) por excelencia, es la escritura de cuadernos y diarios, donde se consignan los hechos de la vida; una cita de brillo espectacular convive en franca compañía con el dato vacuo, de numeralia sólo reservada al enciclopedismo del juego de mesa Maratón. Si acumulamos objetos, también memorias, incluso conocimientos. Pero la delgada línea entre el coleccionismo y la acumulación sólo se comprende si justipreciamos el valor concedido a las cosas. (Del síndrome de Diógenes al catálogo de mercadolibre, pero con ideas y apreciaciones.).

Otro tema de toral importancia en los ensayos de Fabiola Eunice Camacho es la ciudad, misma que aborda en el ensayo homónimo del libro. Una ciudad siempre es fugitiva. No sólo escapa de cualquier clase de reglas y formas de medición, sino también de las miradas que pretendan privarle de su voluntad de estar en constante movimiento. Más que funambulista, la autora es citámbula, por sus constantes paseos e incursiones, tanto geográficas como imaginarias; lectora de Walter Benjamin y discípula de Vicente Quirarte, sus pasos sobre la calle y por los renglones trazan reflexiones a la busca de leerse mejor y volverse parte del objeto que le atrae sobremanera. Si Italo Calvino puso al viandante en el mapa, nuestra autora le obsequia una postal de propia mano. ¿Qué es lo que pasa en la ciudad? ¿Qué va a pasar en ella? La ciudad responde con paisajes.

(Paréntesis aparte. En una escena de Paisaje en la niebla de Theo Angelopoulos, un personaje muestra a los niños protagonistas un fragmento de película y les pide que fijen su mirada hacia éste, porque más allá se ve un paisaje idóneo, un no-lugar por así decirlo. Así ocurre con la literatura: nos muestra cosas fuera de nuestro entendimiento, pero si enfocamos un poco la vista, hay cosas más allá de lo evidente… Incluso ciudades propias y ajenas, que es preciso construir y deconstruir.)

Un tópico fundamental que aparece frente a nosotros cuando se habla de ciudades, reside en el acto de habitar(las), inquietud que la autora plasma en “Escrituras al margen: notas para habitar los espacios en blanco”, donde la ciudad más importante por visitar o por conocer no se encuentra en documentos cartográficos, sino en el viaje al interior de una misma, mientras se hace propia una habitación ajena. Viajar en situaciones de duelo o hastío no es igual a huir, es sólo una forma de obtener perspectiva. Viajar y hospedarse es como armar el marco del rompecabezas. Como un experimento donde la distancia del personaje es lo que completa la acción, no hago sino borrar de manera pasajera mis recuerdos sobre casi todos los viajes en mi vida adulta. […] Viajes sin ninguna pretensión que respirar otros humores, deambular por otras calles. Dormir en otras camas.

En suma, Landscapes: escrituras móviles consigna la persistencia escritural de Fabiola Eunice Camacho por un oficio extenuante como renovador, cuyas andanzas y maestranzas sólo se reservan, en principio, al cuaderno personal, indispensable en ese ajuste de cuentas con la vida; suerte de visita guiada por el interior de nuestro cuarto.

Si se hiciera una galería ideal de ensayistas mexicanas contemporáneas, de la misma forma con que se monta una exposición, la curaduría correspondiente no dudaría en colocar en la misma sala a nuestra autora junto a Ingrid Solana, Marina Azahua, Georgina Cebey, Olivia Teroba y Laura Sofía Rivero, por mencionar sólo algunas exponentes; de travesías diversas, que confluyen hacia un constante cuestionamiento, sólo resuelto mediante la persistencia de la escritura.

Queden aquí estas letras en movimiento, en espera de hallar a sus lectores y descubrir, por cuenta propia, esa travesía al interior de sí mismos.

Fabiola Eunice Camacho. Landscapes: escrituras móviles. México, Los Libros del Perro, 2021 (Ensayo).

 

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Librero biblioteca

DE LIBRERO A BIBLIOTECA

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

(Carta librera para Alexia Guadalupe Palma)

Querida Alexia:

En alguno de tus mensajes de Twitter, luego de leer mi tuit sobre una imagen de tu librero, me comentaste que no cuentas con un librero como tal, y que los libros que iban llegando a tus manos, hallaban acomodo a donde fuera. Al terminar de leerte, me quedé pensando sobre el largo camino que llevó a mi librero para volverse una pequeña biblioteca.

Todo comenzó hace muchos años, cuando mi padre me hizo un pequeño librero, para colocar tanto libros de texto como toda suerte de objetos, como figuritas de dibujos animados o cosillas encontradas al azar, como llaves, lápices, papeles, y hasta un radio despertador -porque niño radio. A medida que pasaba el tiempo, y mi interés por los libros aumentaba día tras día, ese librero albergó mis primeros ejemplares de Lecturas Mexicanas (segunda y tercera series), comprados en librerías Educal y en breves escalas a la caseta del Correo del Libro, cuando por razones burocráticas visitaba el Ayuntamiento de Atizapán de Zaragoza.

Tiempo después, y ya en la carrera de Letras Hispánicas en la FES Acatlán, aquel librero se llenó con los ejemplares que iba consiguiendo, tanto para las materias como por gusto propio; ahora que lo pienso, con el tiempo se conformó una especie de corpus sobre literatura mexicana del siglo XX, porque varios de los autores eran, precisamente, mexicanos. Desde Beatriz Espejo y René Avilés Fabila hasta Vicente Quirarte y Mónica Lavín, pasando por Cristina y José Emilio Pacheco, la literatura mexicana hacía acto de presencia por donde quiera que volteara la vista.

A mi librero de toda la vida se le unieron, en primer término, una mesita como de cafetería y más tarde, un mueble para televisión, además de mi escritorio, en cuyos cajones guardaba cassettes y compact discs; tiempo después, la mesita y el mueble televisivo salieron de mi cuarto y dieron paso a un librero más, que se llenó -¡y hasta en doble fila!- de abajo hacia arriba. En éste encontré fácil acomodo para los libros de Narrativa Actual Mexicana y Grandes Obras del Pensamiento Contemporáneo, casi a manera de joyas de la corona -y porque los de Narrativa estaban firmados.

Entre depuraciones de temporada (a mitad de año) y donaciones de mi acervo a colegas y amigos, mis libreros siguen recibiendo a nuevos volúmenes por leer; colegas y maestros, tanto de la carrera como fuera de ésta, han contribuido en ese empeño. Desde presentes cumpleañeros hasta obsequios radiofónicos, televisivos y de internet, son tantos los temas que han hecho escala en mi ahora biblioteca. (Recuerdo que Ascensión Hernández Triviño me dijo, en algún homenaje a José Luis Martínez en El Colegio Nacional, que mi biblioteca sería como la del homenajeado, y mi respuesta fue la siguiente: “Pero si está chiquita…” Y se echó a reír.)

De un tiempo a la fecha, echo mano de los servicios del Servicio Postal Mexicano (hoy día, Correos de México) con el fin de prolongar la magia de mis libreros hacia otros lares; porque si en algo creo fervientemente es en aquel adagio de “una biblioteca vale más por lo que comparte que por lo que tiene”, y ello se aplica a los libros que he enviado desde entonces. Desde un libro sobre Julio Cortázar hasta una edición de bolsillo de La Emperatriz de Lavapiés, pasando por un pequeño gran estudio sobre Elena Garro, mi biblioteca no deja de prodigar sus maravillas y milagros.

Querida Alexia, al momento de terminar la escritura de esta carta, han pasado apenas dos días desde que eché al correo un paquete con algunos libros para ti, con la esperanza de que lleguen a tus manos y, de alguna manera, contribuyan a que el panorama, descrito en tu mensaje de Twitter, cambie para bien: de librero a biblioteca.

Muchas gracias por coincidir y que estas palabras y envíos sean los primeros de una maravillosa amistad.

Recibe un cálido abrazo de

Ulises Velázquez Gil

babelises@hotmail.com

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Libros para enviar

UNA BIBLIOTECA POR CORREO

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

(Carta lectora para Clarissa Buendía)

Querida Clarissa:

Hace poco, mientras esperaba encontrarte en la estación Guerrero de la Línea B y entregarte algunos libros de Fernando del Paso, me puse a pensar desde cuándo tengo la costumbre de enviar libros por correo, y ahora que escribo estas líneas, caigo en la cuenta de que fue por estos días, dos años antes, cuando comencé con esta sana costumbre.

Primero, un poco de historia. Recuerdo que en mis años preparatorianos solía comprar varios periódicos, entre éstos, El Nacional, cuya nómina de columnistas era impresionante, desde Elena Poniatowska hasta Eduardo Lizalde, pasando por un caballero de la pluma semanal, don Andrés Henestrosa, cuyas letras, amén de breves y con impecable prosa, salían cada jueves. Fue una de aquellas entregas, fechada el 28 de agosto de 1997, la que mayor conmoción generó en mí: “Regale un libro”. Aunque las circunstancias que motivan la anécdota de don Andrés se relacionen más con un cargo de conciencia, su lectura dejó en mí una pasión paralela a mi (todavía) latente bibliofilia.

En los años de la carrera, mientras mi presupuesto lo permitiera, me hacía de ejemplares para obsequiar; muchas de las veces, conseguidos a precios irrisorios en las librerías Educal o en algunas ferias itinerantes de visita en mi facultad. Con el tiempo, se añadieron a esa empresa mis escalas en las secciones de ofertas y remates de otras casas libreras, pero la intención seguía siendo la misma: compartir gustos en común o realizar el sueño de otras personas. (Una profesora que aprecio y admiro sobremanera se alegró tanto cuando le conseguí un ejemplar del Tratado de la lengua vulgar de Dante Alighieri, luego de que extravió el suyo, que empleaba en sus clases. Quiero pensar que, de ese tiempo a la fecha, cada vez que la vida nos hacía coincidir, ella me obsequiaba un ejemplar de su trabajo más reciente. Aún persiste…)

Tiempo después, y gracias a los enlaces y coincidencias generados por Facebook, tuve la suerte de conocer a una joven colega, de la Universidad de Colima, para cuya tesis de licenciatura requería bibliografía sobre Enrique Anderson Imbert; por fortuna, la biblioteca de mi facultad tenía un volumen al respecto, pero por desgracia, no contaba con los recursos suficientes tanto para fotocopiar el libro como para enviárselo por correo. Al final, terminé por perderle la pista (mejor dicho, me eliminó de sus contactos) y la vida prosiguió con sus ajustes.

Gracias a una compañera de la oficina (hoy dedicada a menesteres periodísticos), me animé a echar mano de los servicios del Servicio Postal Mexicano, más conocido por Correos de México, a fin de enviar sendas ediciones de Cumbres borrascosas de Emily Brönte a Xalapa, Veracruz. Más armado de miedo que de valor, pasé a la oficina postal más cercana a la FES Acatlán, ubicada en la colonia Bosques de Echegaray, armado por dos sobres manila tamaño ministro y los libros a enviar. Luego de apuntar datos de remitente y destinatario en el sobre, el empleado postal me hizo una observación: el paquete debía reforzarse con cinta adhesiva para evitar su maltrato en el trayecto, y procedió a envolverlo con ese material. “Para los siguientes envíos, mejor usa sobre de burbuja, para que se proteja mejor”, me sugirió con voz de mando. Luego me dio mi comprobante de pago con el número de rastreo y agradecí su ayuda.

Con el tiempo, el listado de destinos bibliográficos aumentó un poco; a Xalapa se sumaron Boca del Río y el mismo puerto de Veracruz; después, Matehuala, San Luis Potosí, y más adelante, Mérida, Guadalajara y dos que tres escalas en la Ciudad de México y su Zona Metropolitana. (Desde aquí, un saludo a mis queridas colegas y corresponsales.)

Una de las maravillas que se dieron en estos meses pandémicos, fue conocer en persona a gente que sigo en Twitter, con quien me hermana el gusto por los libros, pero sobre todo por las gratas coincidencias lectoras: un milagro hecho realidad gracias a que la vía postal abrió algo de brecha. (Hará cosa de dos semanas y pico que conocí a una colega urbanista, después de dos envíos por correo. En diciembre le debo una nueva cita.)

Al momento en que te escribo las presentes líneas, veo sobre mi mesa de trabajo los aditamentos para mi próxima visita a la oficina postal de Bosques de Echegaray; entre sobres burbuja del número uno (ideales para enviar libros de tamaño estándar, cabe decirlo) y la pluma fuente con que escribiré los datos de puño y letra, me llena de alegría disponer de todas esas cosas, cuya señera intención fortalece con el tiempo la idea de una biblioteca por correo, que no dejará de prodigar sus maravillas.

Muchas gracias por coincidir, Clarissa, y que se multipliquen las lecturas como los gratos encuentros.

Recibe un cálido abrazo de

Ulises Velázquez Gil

babelises@hotmail.com

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VOLVER A LA FIL ZÓCALO

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

En alguno de sus tuits, nuestro colega Héctor Iván González resumió en una frase harto conocida el espíritu de la Feria Internacional del Libro en el Zócalo: Decíamos ayer… Y no es para menos, puesto que en esta edición se dio el encuentro (diríamos reencuentro) con colegas y amigos que no veíamos en mucho tiempo; en particular, desde la Feria de Minería (al menos, en el caso de quien esto escribe).

Tal y como lo anuncié en la entrega pasada, el lunes 11 acudí a la presentación del libro de Luis Paniagua (a quien no veía desde que se desempeñaba como coordinador de Publicaciones de la FES Acatlán, hace un buen rato), gracias a que Ingrid Solana me hizo la invitación. Quien esto escribe llegó quince minutos antes, y el primer stand que visitó fue el de Libros UNAM, de donde salió con una de sus novedades: José Luis Martínez, editor, de Rodrigo Martínez Baracs, a la sazón, su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua. (“Como podrás imaginarte, obro como historiador con mi propio padre”, me dijo alguna vez Rodrigo. Tanto La biblioteca de mi padre como el ejemplar de marras son arranques de una futura biografía, al parecer.)

Volví al foro donde se realizaría la presentación, que además de contar con la participación de Luis y de Ingrid, estuvo por ahí Brenda Ríos, a quien le dio mucho gusto saber que la ubicaba por uno de sus libros, aquel donde las canciones pop hacen, precisamente, pop. Alrededor de las 2:30 pm, en el Foro “Antonio Helguera”, comenzó la presentación, donde Brenda e Ingrid ponderaron las cualidades del libro merecedor del Premio de Ensayo Literario “Malcolm Lowry”, en torno a la poeta uruguaya Ida Vitale. Luego de que su autor comentara algo más sobre su libro, los organizadores de la feria le pidieron al público que se acercara para recibir un ejemplar, y como se imaginarán, hice fila como todo hijo de vecino, y aunque estaba cerca de la mesa donde estaban los libros, no alcancé. Pero donde sí fui el primero fue en sacar la estilográfica y mis ejemplares de Notas inauditas y Memorias tullidas del paraíso para que Ingrid me los firmara. “Desde Minería no nos veíamos ¿verdad?” “Sí, claro, y fue en la presentación de Claudina Domingo. Y mira ahora, ambas tienen su propia novela”, le dije. Luego pasé con Luis para felicitarlo y aunque no me recibí libro suyo, dijo que me llegará otro momento para ello. Me despedí con la esperanza de volverles a ver y seguí mi transitar por la feria.

Antes de irme, pasé al pabellón del Fondo de Cultura Económica-Educal, donde varios montones de libros me hacían ojitos, invitándome a revisarlos. Al ver un ejemplar de Escenarios del sueño de Jorge F. Hernández, no lo dudé dos veces y lo tomé; minutos después, encontré una edición que meses antes me costó el enojo del dependiente de la librería Educal de la Biblioteca Vasconcelos: La morada en el tiempo de Esther Seligson, al precio que -supuestamente- costaba en ese lugar. A medida que revisaba los montones, se me “pegaron” Son necios, los fantasmas, libro de cuentos de Paulette Jonguitud (autora que mi siempre admirada Nora de la Cruz no deja de recomendar y hace bien, porque Paulette tiene muy buena pluma), las Memorias de Ismael Rodríguez (a muy buen precio, porque pagar 150 pesos en otro lado se me hacía un robo a mano armada) y, como complemento al libro de Rodrigo comprado en Libros UNAM, Literatura Mexicana. Siglo XX, 1910-1949, de José Luis Martínez, ni más ni menos. Poco me faltó para dejarlo, pero la sonrisa de una chica, que también revisaba los botaderos, me convenció de llevármelo definitivamente.

Al día siguiente, martes 12, mi escala en el Zócalo fue por obra y gracia de una antología publicada por Cal y Arena, con el acertado título de Lo que el 2020 se llevó, que reúne, entre otras plumas, las de Mariana H. y de Ligia Urroz. Llegué algo tarde al foro “Francisco Haghenbeck”, pero a tiempo para encontrar un asiento casi al frente, y al momento de voltear hacia mi izquierda, a dos asientos estaba Ligia. ¡Qué buena suerte! Y entre el público también se encontraba otro de los colaboradores del libro de marras: Sergio Zurita, en cuya intervención hizo del conocimiento del público al foro su actual condición de desempleado. (“Si saben de algún trabajo, por favor, avísenme…”) Terminada la presentación, Mariana se colocó en la mesa donde se vendían ejemplares del libro, tomó asiento y se dispuso a firmar ejemplares; antes de pasar con ella, me acerqué a Ligia para saludarla y pedirle que firmara mi ejemplar de La muralla, novela suya, y en agradecimiento, me dio un ejemplar de su novela más reciente, Somoza, también con su firma.

Para cuando llegó mi turno para recibir la firma de Mariana, se sorprendió al verme. “Oye, ¡qué milagro! Sólo en estas ferias nos vemos ¿verdad?” Le di mi ejemplar de A través del vaso, y a medida que lo firmaba, me preguntó sobre “nuestro gordo”, un queridísimo escritor que ambos queremos sobremanera. “Por ahí anda, y éste que ves, haciéndole publicidad a sus libros en esta feria…”, le dije. Agradeció mi presencia y los parabienes para su compañera de trabajo, Verónica Toussaint, en el programa de tevé ¡Qué chulada!

El jueves 14, y con la lengua de fuera (literalmente), logré llegar al mismo foro donde vi a Ligia y a Mariana, para ver si aún alcanzaba a Elisa Díaz Castelo y a Yelitza Ruiz, participantes en la presentación de la nueva época de la colección de poesía El Ala del Tigre, bajo el sello de Libros UNAM. Para mi buena suerte, llegué a la fila y alcancé la firma de ambas. Con Elisa, le recordé aquella presentación de su primer libro, en la FIL Politécnica, y con nuestra colega en común, Laura Sofía Rivero, cosa que le dio enorme gusto: “¡Claro que me acuerdo de ti!”, y me firmó gustosa El reino de lo no lineal. Cuando le llegó el turno a Yelitza, ella se sorprendió al verme con sendos ejemplares de su Cartografía del tren y de su libro sobre las mujeres en el Partido Liberal Mexicano. “Este libro le hubiera encantado a mi gran amiga Rosalía Velázquez Estrada, gran estudiosa del magonismo y temas afines”, le expresé, a lo cual quedó sorprendida y agradeció mi lectura de ambos libros.

Después de comprar en el stand de Ediciones del Lirio Helena. La soledad en el laberinto, volumen que reúne las cartas de Helena Paz Garro con Ernst Jünger, mi andar por la feria me llevó hasta el foro “Enrique González Rojo Arthur” y sin proponérmelo, me encontró una colega y amiga muy querida: Diana Ramírez Luna, que agradeció mi asistencia en la presentación de los libros de su editorial, LibrObjeto, y de su novela El jardín de las certezas. Minutos después se nos unieron Jazmín García Vázquez, autora de Después del exilio, y Carmen García Lizárraga, cuyo primer libro, Cuando soñé ser científica, también se presentaría en la feria. Al momento de no llegaba la persona que cuidaría la mesita con los libros para venta, le propuse a Diana encargarme de ello, cosa que las tres agradecieron sobremanera. Durante media hora, Jaz y Carmen hablaban sobre sus respectivos libros, incluso leyendo algún fragmento, para después hacer lo propio con la novela de Diana. Al término de media hora, los cuatro pusimos marcha hacia el stand 49, donde Miriam Canales nos recibiría para la consabida sesión de firmas.

Durante más de una hora, las tres estuvieron repartiendo firmas y posando para la foto con sus nuevos lectores, y mientras se afanaban en ello, me tomé dos instantes para saludar tanto a Sue Zurita (a quien le entregué un libro ya prometido desde el año pasado) como a Mónica Soto Icaza, y con un nuevo libro bajo el brazo que reúne sus colaboraciones en el noticiario radial de Guadalupe Juárez y Sergio Sarmiento. Volví justo a tiempo para tomarme la foto con mis colegas, a quienes me dio enorme gusto de ver; antes de irme, le hice saber a Diana que estoy de acuerdo con las condiciones que me llegaron por correo electrónico, dada mi elección como integrante de la quinta generación del Nido de Poesía: “Ya eres mi editora, aunque el libro tarde un poco en salir”. Y me despedí de las tres.

Para mi escala en el último día en la FIL Zócalo, viernes 15, hice escala en el stand 49 (donde saludé a Diana y Jaz, aún en la firma de libros suyos), le dejé, tanto a Sue Zurita como a Mónica Soto Icaza, un ejemplar firmado de la antología Ruta 08, y me acerqué a La Chula (aquella legendaria combi que lleva cultura hacia todos lados) para escuchar a Héctor Iván González en plena lectura de varios cuentos incluidos en Los grandes hits de Shanna McCullough, bajo el sello de Sie7e Editorial. Después de deleitar al respetable con tres cuentos, Héctor Iván y un colega suyo pusieron marcha hacia el stand 90, mientras que yo los alcanzaría poco después. Una vez que llegué allí, conocí a Magaly Pinal, editora en jefe y en cuanto puse mi ejemplar en las manos de Héctor Iván, lo firmó gustoso, en señal de agradecimiento por mi lectura.

Luego de pocos ejemplares firmados, acompañé a Héctor Iván a tomar algo en La Faena, a unas calles del Zócalo; charlamos sobre varias cosas, hasta que se nos unieron un primo suyo y un colega de muchos afanes. Pasadas las ocho de la noche, me despedí de mis colegas. De camino hacia la estación del metro más cercana, pasé, de nueva cuenta, por el Zócalo y al ver una enorme fila, se me hizo fácil formarme. Mi sorpresa fue mayúscula al saber que dicha fila ¡era para recibir un ejemplar de 21 para el 21! Al momento de elegir el mío, en lugar de Y Matarazo no llamó de Elena Garro, mencioné Paseo de la Reforma de Elena Poniatowska. Ya no hubo manera de cambiarlo. (Ni modo, “chivo brincado, chivo pagado”.)

Para ser la primera feria que se realiza de manera normal, después de año y medio realizándose de manera virtual (tanto por YouTube como por las redes sociales de la FIL Zócalo), estuvo muy bien, con todo y las debidas medidas sanitarias (aplicación de gel al momento de acceder a los foros, sana distancia entre butaca y butaca, etc.) que son ya cosa de todos los días. Para fortuna nuestra, la dinámica de las próximas ferias retoma su curso… como si solamente hubiera transcurrido un solo día.

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Rodrigo Martínez Baracs

AFANES DE HORMIGA

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

En el prólogo a la edición Porrúa de México insurgente y Diez días que estremecieron al mundo de John Reed, se puede leer la siguiente frase, a guisa de epígrafe: “Ser tu amigo es tratar de ser honrado intelectualmente”. Si nos guiamos por los significados de la palabra honrado, resaltan distinción y honestidad, cualidades que quien las recibe, le ofrendan el mayor reconocimiento.

Consciente de lo anterior, Rodrigo Martínez Baracs nos entrega, bajo la señera figura del discurso académico, su acercamiento a una de las facetas más importantes de su padre, el escritor José Luis Martínez, en particular aquella que dio orden y ulterior presencia en el panorama cultural de su tiempo, y, que, por ende, trasciende fronteras de orden cronológico y espacial.

José Luis Martínez, editor, pasa revista a uno de los trabajos más importantes dentro de la vida y la obra del autor de La expresión nacional: su faceta editorial, de donde abrevaron varias empresas posteriores: [es] de interés repasar su vida y obra desde el punto de vista de su actividad como editor, pues la edición es una actividad que abarcó la mayor parte de su vida. No hubo trabajo que desempeñara, como escritor y como funcionario, en el que el aspecto editorial no estuviera presente. Sobre este aspecto, Martínez Baracs lo enfatiza de la siguiente forma: […] edición de textos y documentos, a menudo con estudios y notas, dirección de revistas y editoriales, y coordinación de estudios colectivos.

Sin embargo, y por más que intente disociar la vida de la obra, la primera pone la pauta en cuanto a la aparición de la segunda. Vayamos por partes. Su encuentro con varios de sus contemporáneos incide en los proyectos a realizar; con Alí Chumacero y Jorge González Durán creó la revista Tierra Nueva, y su admiración por Alfonso Reyes lo condujo por los senderos de su obra, al grado de involucrarse en su creación, tal y como sucedió en el volumen México en la cultura, donde Reyes, en un ejercicio de generosidad, lo subió a ese barco a través del texto “Las letras patrias”. Pero el empeño de magnitudes épicas llegaría después con la Cartilla moral, sobre la que Martínez Baracs nos pone al tanto. En la Secretaría de Educación Pública la actividad como editor de mi padre se multiplicó. Para la Cartilla alfabetizadora de 1944, que elaboraba un equipo de pedagogos de la SEP, mi padre le pidió a Alfonso Reyes que escribiera dos o tres lecciones finales de menos de una página con preceptos elementales de moral. Pero don Alfonso no pudo acotarse a las dos páginas requeridas y en cambio, en un intenso fin de semana, escribió 40, un magnífico tratadillo sobre ética, la famosa Cartilla moral, que no se podía incluir en la Cartilla alfabetizadora. (Años después, su padre le hace algunos ajustes para hacerla más asequible a las nuevas generaciones. Aunque éstas, polémica mediante, la conozcan de primera fuente, y hasta suscitando una versión de corte inmoral.)

Un buen editor, como todo lector que se digne de serlo, debe nutrirse de todas las lecturas que salen a su paso, y José Luis Martínez siempre echó mano de éstas, a fin de realizar toda suerte de faenas que conlleva la edición, no sólo de libros, sino también de revistas y con un poco más de pericia, hasta ambas en una sola exhibición. De los libros que quedaron a su cuidado, aparte de aquellos de alfonsina estampa, destacan los dos tomos de El ensayo mexicano contemporáneo (constantemente revisados, dado su ímpetu autocrítico), las Memorias de la Academia Mexicana de la Lengua (con todo y ediciones facsimilares), las antologías de El mundo antiguo (todavía en espera de una merecida “reencarnación” editorial), y, desde luego, su paso por la dirección del Fondo de Cultura Económica, institución desde donde fraguó una de las empresas más ambiciosas hasta ese momento. El ambicioso proyecto personal que sí pudo realizar […] fue el de hacer una edición facsimilar de completa de las más importantes Revistas Literarias Mexicanas Modernas, de la primera mitad del siglo XX. Se conjugó la feliz circunstancia de que mi padre era director del Fondo, de que él mismo tenía en su biblioteca la mayor parte de estas revistas literarias, y de que las había estudiado, de tal modo que realizó casi toda la edición con sus propios ejemplares.

Ejemplares propios como esfuerzos físicos, donde seleccionar, revisar, consultar, corregir y sobre todo leer, fueron fundamentales para establecer -su palabra favorita, recuerda Enrique Krauze en Retratos personales– una conversación con las letras mexicanas […] como si la tarea fundamental de su vida estuviera contenida en el lema Tolle lege, “Toma y lee”, que nos legó san Agustín […], fundamental para cualquier mexicano que busca resolver la crisis política, moral, cultural que vive el país, que en última instancia es una crisis de lectura, de incapacidad para tener presente el legado que nos van dejando los hombres más sabios y generosos que nos antecedieron.

Para finalizar, bien cabe volver a la frase referida al principio de estas líneas. José Luis Martínez es honrado por partida doble por su hijo Rodrigo, sea por su presencia señera en la cultura mexicana, sea por su ejemplo de honestidad intelectual, cuyos afanes de hormiga prosigue el autor en su propia labor historiográfica. (Mientras el padre pasó de las letras a la historia, el hijo, por el contrario, transitó el camino a la inversa. Eso sí, en ambas plumas destella la pasión por el conocimiento.)

En estos tiempos, donde los vientos soplan hacia direcciones contrarias y la historia cae en manos maniqueas, digno es acercarse a la obra de un editor sin par, y doblemente, por boca de quien vivió a flor de piel todas sus batallas. (Al final del día, leer para conocer. Que así sea.)

Rodrigo Martínez Baracs. José Luis Martínez, editor. Discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua. México, Universidad Nacional Autónoma de México/ Academia Mexicana de la Lengua, 2021.

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LAS HORAS DE MI AGENDA

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

Volver al Zócalo. El pasado viernes 8 de octubre, y luego de un año sin actividades presenciales, comenzó la Feria Internacional del Libro en el Zócalo, la cual, además de contar con todos los protocolos de sanidad, cuenta con la participación de la Brigada Para Leer en Libertad, presente en tres foros que rinden homenaje a los escritores Enrique González Rojo Arthur y Francisco Haghenbeck, y al dibujante Antonio Helguera, fallecidos en este año.

A diferencia de otras ediciones, donde las actividades duraban cerca de una hora, ahora se limitarán a media hora (cuarenta minutos, por mucho), a fin de seguir con los mencionados protocolos. Sin embargo, la FIL Zócalo pinta para ser el suceso del año, luego de una temporada con actividades a distancia, donde las plataformas Zoom y Facebook Live son cosa de todos los días.

El firmante de esta columna hebdomadaria, al momento en que salga la presente entrega, estará llegando al Zócalo a fin de realizar tres cosas: saludar a su colega y amiga Ingrid Solana (quien participará en la presentación del libro ganador del Premio Bellas Artes de Ensayo Literario “Malcolm Lowry”, a las 2:30 pm, en el Foro “Antonio Helguera”), pasar al stand de Ediciones Kookay y ver a Sue Zurita, y pasar con la gente de las Ediciones del Lirio para checar cuántos ejemplares tienen del epistolario de Helena Paz Garro con Ernst Jünger.

Sin embargo, no serán las únicas actividades que están contempladas. El martes 12, a las 3:30 pm, en el Foro “Francisco Haghenbeck”, se presenta un libro editado por Cal y Arena, que contó con la participación de, entre otras plumas, las de Mariana H. y Ligia Urroz (muy en boga por su novela Somoza). Y el jueves 14, misma hora y lugar, los nuevos libros de poesía de la colección El ala del tigre, editados por la UNAM, con la participación de las escritoras Elisa Díaz Castelo y Yelitza Ruiz.

En una entrega próxima de esta miscelánea en línea, entraré más en detalles sobre mi escala en la FIL Zócalo. (Estén al pendiente…)

Mesa de novedades. En la entrega anterior de estas Horas, mencioné la importancia de los libros durante mi breve reclusión por motivos de salud; a diferencia de otras ocasiones en que mi emisario de Correos de México me visita con las “novedades” del momento, sendos servicios de paquetería y entrega hicieron lo suyo.

En primer término, llegó a mis manos Mi lucha, novela del escritor israelí Ari Volovich, por parte de la editorial Moho, en espera de reseñarse muy pronto. Hasta el momento, es una novela que me tiene anonadado, y que merecerá sus propias líneas (como debe de ser). Semanas después, y en respuesta al llamado lector de la siempre querida Leslie Rondero, hicieron su feliz llegada a casita Panorama de la literatura infantil y juvenil mexicana de Juana Inés Dehesa (con algunas anotaciones hechas por Leslie) y el ya casi incunable Ensayo de orquesta de Laura Baeza (firmado por la autora), en espera de su siguiente lector, al tratarse de un libro que obsequio a la menor provocación -y Laura, su autora, lo sabe muy bien.

Para cerrar con el paréntesis de las novedades, la semana pasada me llegaron sendos libros de Fernando Fernández, La majestad de lo mínimo, su libro de temática lopevelardiana, y Viaje alrededor de mi escritorio, antología de varios textos suyos publicados por vez primera en Siglo en la brisa, su página web.

Tal parece que el último trimestre del año será bastante pródigo en lecturas nuevas, y mientras a cada una le llega su momento, quede aquí constancia de su llegada, al menos, a esta columna. (Felices lecturas.)

Cita reciente. La vida es un tejido: correlaciones, pactos, saltos de tiempo, es una yuxtaposición de surcos del lenguaje. La vida no es cronológica: no es sucesiva; es una travesía de eternidades juntas, es decir, memoria. La memoria no es progresiva ni retentiva, es un cuerpo tullido (Ingrid Solana, Memorias tullidas del paraíso).

El Vaquero del Mediodía cabalga de nuevo. A principios de este 2021 tuve la fortuna de ver Vaquero del Mediodía, documental dirigido por Diego Enrique Osorno, y luego de verlo (cosa que volví a hacer en semanas recientes), me lancé a la búsqueda de El cuchillo y la luna, volumen poético que consigna la obra de Samuel Noyola. En la pasada Feria del Libro Independiente del FCE, finalmente se dio el milagro de encontrar un ejemplar, pero ahí no acabó la sorpresa: la misma editorial que publicó la poesía reunida de Noyola, El Tucán de Virginia, acaba de lanzar Arcano Cero, antología poética hecha por Edith Noyola, hermana del autor, y con un plus: se incluyeron fotografías, algunas cartas y tres ensayos sobre la obra del autor de Tequila con calavera.

(No cabe duda: el “vaquero del mediodía” seguirá cabalgando por un buen rato más, y en este preciso instante, es necesaria una reunión definitiva de todos los textos de Samuel Noyola, incluyendo aquellas colaboraciones en el sitio web de la revista Letras Libres, heredera de Vuelta, donde se consignan sus andanzas y maestranzas antes de su desaparición en 2008, cuando el director del documental de marras lo vio por última vez.)

En defensa de mi casa. Hace un mes, el comité organizador de la Segunda Feria Nacional del Libro de Escritoras Mexicanas (FENALEM) nos invitó, a tres escritores y a quien esto escribe, a participar en una mesa redonda llamada “Hombres que leen mujeres”, con el fin de compartir nuestras impresiones sobre la obra de escritoras mexicanas de hoy y de siempre, como lectores que somos. Días después, supe por una de las organizadoras que dicha mesa fue de las más sonadas del encuentro, tanto de manera positiva como negativa. (Aquí, el enlace, para que salgan de dudas: Mesa hombres que leen a mujeres #FENALEM – YouTube)

En mi defensa diré que asumo mi parte de responsabilidad en cuanto a mi participación en dicho encuentro, y mi manera de reivindicarme con aquellas personas a quienes les resultó incómoda esa mesa, es de la misma manera con que acepté la invitación: leer, recomendar y obsequiar libros de escritoras mexicanas. Es mejor predicar con obras que enfrascarse en polémicas sin sentido, sin duda alguna. Y aquí paro el carro.

(Muchas gracias por leerme.)

babelises@hotmail.com

@Cliobabelis

Ingrid Solana

AL VAIVÉN DEL TIEMPO

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

Por boca del narrador de Mi diario sobre ti, Raymundo Ramos nos dice que “la escritura es una rendija por donde se asoman las fantasías del alma para salir a la calle, aunque tantas veces se nos filtran fragmentos de realidad para ingresarse en la conciencia”. A medida que se escribe, tanto unos como otros aparecen a lo largo del texto en proceso, y sin importar el género donde se incursione, ambas se trastocan un poco más de la cuenta.

Luego de transitar por las veredas de la poesía y afianzar sus afanes ensayísticos, Ingrid Solana toma vuelo y se interna por un campo, a primera vista, sólo reservado a la ficción. Resultado de ello tenemos Memorias tullidas del paraíso, su primera incursión en el género de la novela. A diferencia de una convencional (delimitada por capítulos y personajes variados), ésta se distingue por su carácter fragmentario donde reluce el ejercicio introspectivo de su protagonista, Artemisa, historiadora del arte, frente a una disyuntiva que cimbra su trayectoria de vida transitada hasta ese momento: la confección de una tesis, acompañada por una suerte de reflexiones sobre la fotografía, suscitadas por la impronta dejada por el levantamiento zapatista de 1994. Pero antes de su impasse académico y del vértigo producido por la imagen, […] es fundamental regresar al pasado. Pensar en él una y otra vez y tomar posición en torno a los acontecimientos que caracterizaron nuestra vida personal porque ellos explican la Historia.

Cuando Manoel de Oliveira filmó Viaje al principio del mundo, a partir de la experiencia de un actor luso-francés, también lo hizo, precisamente, para explicar(se) la Historia; dicha condición predomina en Artemisa, quien vuelve a su matria, Oaxaca, a los lugares, sucesos y personas que le dieron rumbo y desviación a su futuro proceder. Una madre que la ve como una extraña, una tía que es la extensión de sus mismas inquietudes, y su estancia preparatoriana que la narradora denomina Paraíso. Mi bachillerato no se llamaba Paraíso, pero me agrada nombrarlo de ese modo; pensar que fue un edén, el espacio primigenio de mis ilusiones. Paraíso tenía una cancha de futbol enorme, dos canchas de basquetbol, laboratorios y un salón de teatro al que íbamos los viernes. […] Yo había dejado a mis papás en Oaxaca y vivía con la tía Beatriz. Me sentía a su lado, recordaba lo que decía de los libros y de las películas que veíamos, ritualmente, los miércoles y los viernes por la noche […].

En ese tiempo, Artemisa comprende que debe forjarse su propio camino a partir de las decisiones que elija de forma posterior, de la misma forma que Chinito Matías, ex boxeador de quien aprende el arte del boxeo, a resultas de cambiar su adicción al cigarro por afanes de primer impacto. En el gimnasio, Chinito Matías corrige a sus pupilos, no le gusta que perdamos el ritmo, que nos ahoguemos de cansancio, nos interpela y azuza. Las primeras veces el ambiente del gimnasio es amenazante para una mujer; los hombres expiden el primitivismo de su fuerza, sus músculos se complacen en la competencia elemental entre ellos. […] Las mujeres somos las espectadoras de la fuerza.

Ante la poca disciplina frente a la hoja en blanco (para urdir esa tesis tan rumiada), Artemisa se refugia en el deporte, sobre todo en el recuerdo de su vida, con el fin de responderse otras interrogantes sobre el deber de escribir: ¿para qué o para quién? Con sólo borronear una hoja en blanco, ya se incurre en ese cuestionamiento, donde lo único irrompible es la duda; desconocer si nuestras palabras encuentran eco en otros ojos, otra orilla. La vida es un tejido: correlaciones, pactos, saltos de tiempo, es una yuxtaposición de surcos del lenguaje. La vida no es cronológica: no es sucesiva; es una travesía de eternidades juntas, es decir, memoria. La memoria no es progresiva ni retentiva, es un cuerpo tullido.

Como parte de ese cuerpo, digno es detenerse en las imágenes que lo conforman; en este caso, hay dos lecturas que se alternan en continuo paralelo: las reflexiones acerca de la fotografía y el vértigo producido por las imágenes de dicho levantamiento armado. Las fotografías nos permiten anularnos, separarnos de lo que consideramos nuestro, son también fragmentos de tiempo aislados y, al mismo tiempo no lo son, son hilos anudados, nudos que olvidan su origen, que se buscan, que quieren encontrarse en el mapa de la totalidad. […] Soy la dispersión, mi escrito fragmentado. En este carácter fragmentario, aparte de las muchas lecturas hechas por la autora/narradora (Georges Didi-Huberman, Chantal Maillard y hasta Roland Barthes, entre otros autores), hay ecos de otras plumas, como los Fuegos de una joven Marguerite Yourcenar o las crepusculares visiones de Marguerite Duras plasmadas en Escribir. (Paréntesis aparte: me atrevería a decir que Artemisa tiene en José García -protagonista de El libro vacío de Josefina Vicens- a su par en los avatares de la procrastinación, a quienes no les queda más remedio que persistir en su descritura.)

Con todo, Memorias tullidas del paraíso es una novela que nos pone en jaque a cada fragmento: flechas artemisas que llegan certeras al blanco de toda duda, a tal grado de no creerse los propios pensamientos inclusive. Al vaivén del tiempo, somos las líneas que escribimos, las guerras que se asumen (como Chinito Matías) o las memorias titubeantes de generar sus propios vínculos (las que Artemisa vacila en proseguir). Esta novela encuentra un inusitado contrapunto con Restauración de Ave Barrera y en el Retrato involuntario de Marina Azahua, tanto por la reflexión constante como por el vértigo producido por una fotografía, una palabra, o la actualización de un recuerdo.

Para quienes hemos seguido con devoción lectora la obra de Ingrid Solana, en este libro se concretan todas sus obsesiones (“fantasías del alma, fragmentos de realidad”, retomando a Raymundo Ramos), vislumbradas desde las definiciones que encabezan los cuadrantes de su Barrio Verbo, hasta la fusión de géneros, evidente en sus Notas inauditas. Una novela que obedece a muchas lecturas, inclusive las que se acumulen durante el proceso.

En ustedes, lectores, está descubrirlo por cuenta propia. (Así sea.)

Ingrid Solana. Memorias tullidas del paraíso. México, Dharma Books, 2021 (El Vuelacercas, 21).

 

babelises@hotmail.com

@Cliobabelis

Julia Santibáñez

DE BUENA ONDA Y ROLLO

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

Cuando Luis González y González se planteó la escritura de La ronda de las generaciones, lo hizo con el fin de dar cuenta de los sucesos y las figuras que conformaron el engranaje de México durante los siglos XIX y XX, donde “se juntan gentes de muy distinta condición […] como si pertenecieran a la misma especie social”. Caso similar ocurre con el campo de la cultura, donde cada época produce a sus figuras, unas más disímiles que otras, pero espectaculares todas -con todo y defectos, que no es poco decir.

Consciente de que la historia es más que un chisme sabroso, Julia Santibáñez nos entrega El lado B de la cultura. Codazos, descaro y adulterios en el siglo XX, donde se da cuenta de sucesos y figuras harto conocidas, pero desde el lado que menos se les conoce, volviéndolos tan cercanos que hasta nos extrañaría no haberles conocido en alguna de nuestras correrías por la vida de todos los días.

En cincuenta capítulos breves, como los años que componen un medio siglo, nos ponen al tanto de la historia propia de escritores, pintores, actores, músicos y hasta un abogado sui generis, que, como no queriendo la cosa, une más cabos que los que se podrían imaginar. Un lado B que […] arroja luz sobre cómo el arte y el pensamiento se vinculan con la vida diaria, con lo prosaico del mundo cotidiano. En estas páginas dinamito seriedades entre la minoría bienpensante que engola la voz para hablar de los grandes creadores, como si fuera de otra pasta. Resulta que también son gemebundos cuando se enamoran, tienen supersticiones, se ponen viejos pian pianito.

Dice el refrán que “la familia, como el sol, entre más lejos, mejor”, y ante las parentelas y dinastías abordados por su autora nos hacen dudar un poco de tan acendrado paremio, como podemos leer en “¿Familia de artistas? Intenseo seguro”, donde aparecen tanto los fabulosos Revueltas como las sortílegas Campobello. Toda parentela que se precie guarda una oveja negra en el clóset. Cuando entre miembros decentes despunta una bailarina o un escritor se fractura la solidez de la patria casera, ganada a punta de conductas ejemplares. Y cuando entre cuatro paredes hay más de un artista “llega el empezose del acabose”, como diría Mafalda.

Tal y como sucede hasta en las mejores familias, los personajes retratados con polaroid en este volumen -por la brevedad de los textos, recordemos- han hecho, a la par de las labores propias de su sexo y de su talento, chambas y oficios de cualquier tipo; “Ay, los oficios alimenticios” da santo y seña de ello. Los personajes de la cultura no siempre (ok, nunca) tienen un arranque terso en el medio. Igual que un auto destartalado, los ingresos cascabelean, el reconocimiento pasa aceite, la estabilidad parece jalonearse. Por eso trabajan de lo que sea, para autobecarse en el trabajo artístico.

En el término acuñado por Luis Buñuel -patente en el nombre del capítulo-, lo mismo encontramos a un Juan José Arreola vendedor de tepache, a Jaime Sabines despachando telas mientras urde Tarumba, o a varios escritores que venden películas y comerciales -Álvaro Mutis- o que ponen sus talentos verbales al servicio de las marcas, como Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, Francisco Hernández y Fernando del Paso, que hizo de ese ambiente un territorio a explorar dentro de su geografía novelística. La literatura y la publicidad tienen más puntos en común de los que habitualmente se reconoce. Comparten materia prima: palabras, musicalidad e imaginación. Aunque el anuncio provoca la compra de un producto y el texto literario es el fin en sí mismo, ambas disciplinas generan emociones. Buscan quedarse en la cabeza del destinatario. Por eso muchos escritores bragados han vivido de marcas en las que quién sabe si creían. Da igual (“Publicistas o el arte de dorar la píldora”).

Una de las cosas que se planteó la autora al momento de poner en orden El lado B de la cultura, es la justa mención de las mujeres que hicieron mella en el siglo XX, y también de algunas que se vieron opacadas por el genio y la figura de sus esposos, colegas y hasta familiares. A dónde quiera se pasemos las páginas o que el azar nos haga la travesura de abrirse en equis o ye capítulo, siempre hay una mujer presta a contar sus andanzas o de volverse visible como parte de otra historia más grande. María Félix y Tongolele, Elena Garro y La China Mendoza, Silvia Pinal y Nahui Ollin, Pita Amor y Vitola (más las que se acumulen por la lectura) hacen gala de sus talentos y maravillas, que aún siguen ganando batallas en estos agitados dosmiles, donde la equidad busca volverse una sana costumbre.

Además de conocer las historias de gente y sucesos excepcionales, muy cercanos a nuestro bagaje cultural, Julia Santibáñez nos obsequia a la primera oportunidad palabras de su propia cosecha (sabrosidad, piropear, inspiradero, automuerto, malditidad, etc.), porque de la misma forma en que hacemos propia la admiración por una figura importante, es ineludible hacer nuestra una palabra, incluso si se permite inventarla; en ese empeño, la figura que le es más cercana es “Un bato muy acá: Tin Tan”: Una de sus mayores riquezas, el lenguaje bífido, agringado, rebelde al convencionalismo, lo que hoy llamamos espanglish, se le atragantaba a José Vasconcelos. […] si los pochismos de las películas del bailarín sonaban ajenos, la modernidad incorporó al español expresiones como tenquiu, oquéi, uasumara. Hay que documentar que, omnívoro de palabras, el actor acuñó giros de uso caribeño como guagua, candela y tumbao.

De El lado B de la cultura podemos llenar hojas y hojas, a fin de ponderar cuidadosamente su contenido (donde los apodos célebres, el Palacio de Lecumberri -penal de cinco estrellas que palidecería al Hilton por albergar a grandes luminarias-, el gusto por los gatos y hasta la cafetofilia -no del todo suscrita por La Utora, su avatar hebdomadario-, etc.), pero de una cosa podemos estar seguros: de contar con un libro de buena onda y rollo, que nos identifique como recipiendarios de una tradición y como artífices de otra nueva, “por asistir a un desfile de personas […] que aparecen y desaparecen en un abrir y cerrar de ojos”, retomando a Luis González y González. (Paréntesis aparte: en ese mismo tenor, la portada/contraportada de Bernardo Fernández BEF, que nos remite a los murales del extinto restaurante Prendes, a la cuasi totalidad de una conocida portada sesentera, o a los afanes retratistas de Abel Quezada.)

Sin picarme de profético, El lado B de la cultura pinta para volverse obra de referencia obligada, y que amerita una, dos, tres, las continuaciones necesarias. Y mientras llega ese momento, quede aquí esta ricura de libro: deleite y celebración de sus lectores presentes, pretéritos y futuros. (Chapeau!)

Julia Santibáñez. El lado B de la cultura. Codazos, descaro y adulterios en el México del siglo XX. México, Reservoir Books, 2021.

 

babelises@hotmail.com

@Cliobabelis

Galería 2

  • El metro en contigencia sanitaria por el COVID-19
    Estación del Metro, Salto del Agua. Foto: Alfredo Martínez
  • Entrada a Celebrando la Eternidad
    Entrada Bosque de Chapultepec. Celebrando la Eternidad. Fotografía: Estrella V. Leonor
  • Celebrando la Eternidad
    Celebrando la Eternidad en el Bosque de Chapultepec. Fotografía: Estrella V. Leonor
  • Celebrando la Eternidad II
    Fotografía: Estrella V. Leonor
  • Celebrando la Eternidad I
    Fotografía: Estrella V. Leonor
  • Parque Ecológico Xochitla
    Ofrenda de Día de muertos Parque Ecológico Xochitla en Tepotzotlán Fotografía: Estrella V. Leonor
  • El xoloitzcuintle.
    elebrando la Eternidad. Fotografía: Estrella V. Leonor
  • Grabados de José Guadalupe Posada
    Celebrando la Eternidad. Fotografía: Estrella V. Leonor
  • Ofrenda Monumental Tepotzotlán
    Fotografía: Estrella V. Leonor
  • Día de Muertos en Tepotzotlán
    Día de muertos en Tepotzotlán Fotografía: Estrella V. Leonor
  • Catrina 2019
    Catrina en Tepotzotlán Fotografía: Estrella V. Leonor
  • Ecos del 15 de septiembre...
    Fotografía: Irma Váldez
  • Ecos del 15 de septiembre...
    Fotografía: Irma Váldez
  • Mar
    Fotografía: Carolina Bello
  • Olas de mar
    Fotografía: Carolina Bello
  • Paisaje de playa
    Fotografía: Carolina Bello
  • Nubes
    Fotografía: Carolina Bello
  • Paisaje de carretera
    Fotografía: Carolina Bello
  • Playa
    Fotografía: Carolina Bello
  • Camino a la pirámide del Sol, Teotihuacán
    Fotografía: Estrella Vianey Leonor Torres
  • Vista de la pirámide de la Luna
    Fotografía: Estrella Vianey Leonor Torres
  • Paisaje de Teotihuacán
    Fotografía: Estrella Vianey Leonor Torres
  • Pirámide del Sol, Teotihuacán
    Fotografía: Estrella Vianey Leonor Torres
  • Paisaje panorámico de Teotihuacán
    Fotografía: Estrella Vianey Leonor Torres
  • Pieza del museo de la Cultura Teotihuacana
    Fotografía: Estrella Vianey Leonor Torres