LAS HORAS DE MI AGENDA

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

Cumpleañeros a lápiz. Desde el primero de enero, el dibujante y caricaturista (de oficio, monero) José Hernández comparte a diario en su cuenta de Twitter una serie de dibujos sobre figuras que nacieron en el día que corre; al realizarles un dibujo, además de mantener el brazo caliente para elaborar el cartón político del momento, les rinde señero homenaje, por las enseñanzas recibidas y por el grato recuerdo. Sin embargo, para muchos seguidores suyos esta idea no es muy halagüeña que digamos, y no dejan de lanzarle calificativos de toda índole -mismos que no repetiremos por aquí, para no darles pelota, como dicen en Argentina-, los cuales no tienen razón de ser. (Y aunque la tuvieran, están de sobra…)

Ver en líneas de lápiz a Marcos Mundstock (la elocuencia detrás de Les Luthiers), Elena Poniatowska o el recién llegado a la octava década Bob Dylan, por decir algunos, denota una marcada fidelidad y admiración a gente que ha dejado una impronta positiva en el mundo, en particular, desde los campos de las ciencias, las humanidades, las artes y el deporte. (Hasta el momento, no hay político alguno en sus dibujos onomásticos, y no hay necesidad de ello, puesto que en los cartones tiene manga ancha para esos menesteres…)

Lo primero que hago al empezar el día es revisar el timeline del monero Hernández y descubrir quién es la figura homenajeada. Unas veces me quedo de a seis al no saber, y otras (la mayoría, casi), se van a retuit o con un comentario de mi parte, prolongando la conversación iniciada por el insigne artista de la pluma y el lápiz. Si la fortuna lo permite, esperamos algún día la grata reunión de todos sus dibujos en un libro, para deleite de activos y nuevos fans de su obra.

Desde aquí, mi admiración para José Hernández, y ya espero con ansia el homenajeado del 16 de junio (que ojalá sea Joyce Carol Oates, mi tocaya de cumpleaños). Mientras tanto, en su cuenta de Twitter (@monerohernandez) pueden darse color -o blanco y negro- de su trabajo.

Volver a casa. La gente que me conoce muy bien tiene conocimiento de las pocas cosas que detesto en esta vida, y una de éstas, es mi renuencia para prestar libros. Dice una conocida -y a ratos, latosa- frasecilla de “Es tonto quien presta un libro, y todavía más quien lo devuelve”, y, visto a la distancia, algo tiene de razón. Por ello, y en la medida de lo posible, prefiero conseguir ejemplares para obsequiar y así cada destinatario sepa qué hacer con ellos. (Además, en ese acto de generosidad hay una profesión de amistad hacia el nuevo dueño, que se redondea al momento de que sea del agrado de éste.)

Sirva la divagación anterior para compartirles mi alegría por el regreso a casa de un libro muy querido para mí: Álbum de familia de Rosario Castellanos, luego de veinte años. Compré la edición de Joaquín Mortiz (cuya tapa rosa lleva una silla de comedor clásico en el centro) en la sucursal Tlalnepantla de la Casa del Libro, a resultas de haber leído “Lección de cocina” en alguno de mis libros de texto en la preparatoria; al tener en mis manos ese ejemplar, lo leí en pocos días y al cerrarlo, quedé maravillado por el genio de una escritora sin par. Al llegar a la carrera de Letras, uno de mis compañeros me sonsacó de prestárselo, junto con otros libros que corrieron con la misma suerte, y nunca volvió a mis manos.

Con todo y que después podía conseguirlo en librerías de prestigio, el momento indicado fue el pasado 25 de mayo, a razón del natalicio de Rosario. Las décadas transcurridas sólo afirmaron mi gusto por su estilo de narrar, y sin temor a equivocarme, puedo decir que es mi libro favorito de toda su obra. (¡Qué manera de volver a casa!)

Generosidad lectora y contemporánea. En algún momento de la vida, recibí de una colega el siguiente juicio: “el solo hecho de leer a tus contemporáneos es un gesto profundamente generoso”. Esto se debió a que mis reseñas de libros (mismas que pueden leer por aquí, mientras las Horas cumplen otro tiempo) se ocupan de autores de cuño reciente. Con todo y que los colegas reseñados han variado conforme pasa el tiempo, en últimas fechas hay tres escritores que me han impactado mucho, en particular, sus nuevas publicaciones.

Luego de dos libros de ensayo y un poemario electrónico, Héctor Iván González incursiona en el mundo del cuento con Los grandes hits de Shanna McCullough, del cual sólo puedo decir que me maravilló de buenas a primeras; a ratos, me pareció encontrar en la docena de relatos el eco de sus grandes maestros: José de la Colina, Daniel Sada y Jorge F. Hernández, cuya presencia confirma aquel apotegma borgesiano de que cada artista elige a sus antecesores. Un libro redondo, que merece dos lecturas posibles: de la primera a la última página, o tomando un cuento al azar, hasta terminar el libro, y, con un poco de suerte, volver a leerlo. (En otro momento, merecerá sus propias líneas de mi parte.)

Por otro lado, siempre me llena de gusto la aparición de un nuevo libro de Ingrid Solana, a quien conocí como poeta, y de ahí seguirme a su faceta ensayística, la cual tiene cosas que no dejan de suscitar reflexiones, desde su diccionario tentativo en Barrio Verbo hasta el septeto multigenérico de Notas inauditas. Desde la semana pasada, ya puede encontrarse en librerías Memorias tullidas del paraíso, su primera novela bajo el sello de Dharma Books. Aunque no he iniciado con su lectura, lo poco que alcancé a hojear (tanto en su estructura como en su discurso) me recuerda otra primera novela, ésta, de mi maestro Raymundo Ramos, Mi diario sobre ti. (Un día habré de compartirle a Ingrid aquella novela, en espera de otras coincidencias lectoras…)

Para cerrar esta breve escala de contemporáneos, y también editado por Dharma Books, pronto llegará a mis manos Cancerófoba, el primer libro de poesía de Patricia Arredondo, a quien conozco desde hace varios años, en la carrera de Letras Hispánicas en la FES Acatlán. Por obra y gracia de Raymundo Ramos, mutuo maestro, coincidimos varias veces, y en años recientes, estoy al tanto del trabajo poético de Patricia, incluso el realizado para niños en Poemas para cuando se te caen los dientes, resultado de un concurso convocado por el Gobierno del Estado de México. (En cuanto esté su primer florilegio de poesía, les daré noticia en este espacio. Seguro que sí.)

Con semejantes contemporáneos (y mientras mi obra se encuentra en proceso de acopio y de búsqueda de su propia travesía), me resta ser, como confesó Fausto Vega en un documental sobre su vida, un “consumidor de cultura”, es decir, leo los libros que mis colegas escriben. (Pero no en afán de conjurar a “Meles y Teleo”, que quede claro…)

Quede este espacio como profesión de fe.

Hacia la (primera) década. Dentro de mes y pico, la hermana mayor de esta serie hebdomadaria, La marcha de las Letras, llegará a su primera década, compartiendo con ustedes reseñas de libros, cartas, réplicas e intensas misceláneas, que han contado con su preferencia desde entonces.

Pese a mis periodos de ausencia (involuntarios, las más de las veces), volver a estos lares me llena de gusto por compartirles algunas cosas, que salen al encuentro con el tiempo.

(Muchas gracias por leerme.)

babelises@hotmail.com

@Cliobabelis

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