LAS HORAS DE MI AGENDA

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

De 18 a 21. En la conferencia mañanera de ayer, en Palacio Nacional, el director del Fondo de Cultura Económica, Paco Ignacio Taibo II, anunció la salida de una nueva colección editorial bajo el nombre 21 para el 21, la cual se conforma por veintiún libros que suman lo más representativo de las letras y de la historia mexicana, de la pluma de Guillermo Prieto, Elena Garro, Martín Luis Guzmán, Rosario Castellanos, por mencionar algunos autores. Dicha colección, de distribución gratuita, se halla pronta a llegar a las manos de sus futuros lectores.

Sin embargo, y como lo señalé en alguna entrega anterior de estas Horas, aquí ocurre un fenómeno similar al expuesto con Vientos del pueblo y Fondo 2000. Hace algunos años, el FCE lanzó una colección, 18 para los 18, mediante la cual se publicaron dieciocho novelas breves, repartidas en seis tomos, con el fin de acercar a jóvenes lectores a lo más señero de las letras mexicanas. Desde clásicos como Los relámpagos de agosto de Jorge Ibargüengoitia hasta El libro salvaje de Juan Villoro, pasando por Las hojas muertas de Bárbara Jacobs y Soledad de Rubén Salazar Mallén, esta colección fue un rotundo éxito, tanto en las salas de lectura de escuelas de enseñanza básica como en su corrida comercial en librerías (y hasta mereció una serie de programas producidos por Televisión Educativa, uno de éstos, con la participación del entonces secretario de Educación Pública, Alonso Lujambio).

En el caso de 21 para el 21, el tiro va hacia otro lado. El 65% de la edición se destinará a las fuerzas armadas y a los llamados siervos de la nación (no ahondaré en explicaciones), mientras que el resto se repartirá (como debe de ser) en bibliotecas de aula y los “sobrantes”, mediante dinámicas de whatsapp lanzadas en las redes sociales del FCE, cuando debería ser a la inversa, es decir, primero en escuelas, luego en librerías y el resto, al ejército, la marina y los mentados siervos. (O cincuenta y cincuenta, y contentos todos…)

Por el momento, dos cosas son seguras respecto a 21 para el 21: apunta a volverse una colección clásica, muy en el espíritu de los clásicos verdes de José Vasconcelos o la serie de Lecturas Mexicanas motivada por la SEP en los años 80, y la otra, esperar el gran momento para hacerse de uno o varios ejemplares (y si la persistencia es afortunada, hasta de la colección completa). De cualquier manera, queda aplicar la misma dinámica que con Vientos del pueblo: conceder el beneficio de la duda. Y como siempre pontifica un querido amigo transatlántico, “lo único que nos salva, como país, como persona y como planeta, está en los libros, en la lectura de libros”. (#FelicesLecturas)

Franca compañía. Por cuestiones de salud, estuve recluido en casa durante varias semanas, en las cuales me acompañé de varios libros que me hicieron más llevadera la recuperación. Antes de mi pausa médica, había terminado Ésta soy yo, libro de memorias de Silvia Pinal -a quien celebraré por su natalicio 90 dentro de algunas semanas- y Cancerófoba de Patricia Arredondo, libro de poemas cuya línea gira en torno a la enfermedad y de cómo ésta nos motiva a valorar un poco más la vida. (Desde aquí, un saludo a su autora y colega.)

La primera lectura de mi tiempo suspendido llegó por obra y gracia del correo: Gestos del centauro de Marcos Daniel Aguilar, libro de ensayos sobre la presencia del caballo en la literatura y el arte. (En las entregas anteriores de mi columna podrán encontrar la reseña respectiva.) De ahí, me seguí con un libro sobre Lázaro Cárdenas, escrito a cuatro manos por Veka Duncan (sí, la misma de los Martes Culturales en su canal de YouTube y El Foco) y Francisco Robles Gil; el Breve Manual del Libro Fantástico (donde colaboró mi querida Atenea Cruz); las Cartas a un amigo alemán de Albert Camus (muy necesaria su lectura, tanto para tirios como para troyanos); Bestiario de Julio Cortázar (por obra y gracia de Mónica Vargas, presente en dos de mis Cartas de Minería) y un volumen de homenaje a Ireneo Paz en ocasión de su libro Algunas campañas, bajo el sello del Fondo de Cultura Económica y El Colegio Nacional. (Los textos de Álvaro Matute y Jorge F. Hernández son un must.)

La tercia que más disfruté (con todo y que la risa se volvía dolor, el clásico “me duele cuando me río”) fue Mis confusiones de Rius, enorme volumen de memorias donde consigna su aprendizaje en el oficio de monero que su encuentro con grandes maestros y colegas dibujantes; la segunda edición aumentada de Un lugar seguro de Olivia Teroba, ensayos de largo aliento sobre el ser escritora en el tiempo actual, y un completo garbanzo de a libra: Viejo siglo nuevo de Beatriz Gutiérrez Müller, novela ambientada en la Revolución mexicana, pero que, a diferencia de otras con línea semejante, se compone por una galería de personajes de todos los estratos sociales, bajo el influjo del misticismo, empezando por Francisco I. Madero. (Ojalá y el día que merezca su relectura, sea más sencillo justipreciar la buena pluma de su autora.)

Con toda franqueza, me hubiera gustado leer más cosas en mi periodo de recuperación (un libro al día, lo ideal), pero siempre he creído que lo poco siempre te obsequia mucho; por vez primera en el año, avancé con las lecturas propuestas y hasta me di chance de checar otras que nunca pensé hacerlas. (Pausas como ésta son necesarias, mientras la salud esté de nuestra parte, desde luego.)

Pequeña historia de un obsequio cumpleañero. A la par de mi regreso al mundanal ruido, volvió una tradición muy querida: hacer escala en la oficina de Correos de México y enviar un libro a guisa de presente cumpleañero. Al momento de escribir estas líneas, me llegó la feliz noticia de que Memorias de España 1937 de Elena Garro (en la edición de Paralelo 21) llegó en óptimas condiciones a mi querida colega y amiga María, su nueva dueña en Guadalajara.

Todo comenzó en la semana que me reincorporé al mundo real, cuando al revisar mi agenda, caí en la cuenta de que su cumpleaños estaba a la vuelta de la esquina, por lo que, para ahorrar tiempo, ingresé a la página de apartados de Educal, y buscar algunos libros para ella; al no tener respuesta, y con el tiempo encima, me di una vuelta por la sucursal sureña de la librería del pacificador (sabrán a cuál me refiero) y buscar un libro de Elena Garro. (Ella sólo tenía en sus manos el Teatro completo y leído, solamente Los recuerdos del porvenir, así que las cosas no se me complicarían del todo…) Me acerqué al anaquel de literatura mexicana y ahí estaba Los recuerdos…, en la flamante edición de Alfaguara (que ni yo tengo, por cierto); tomé un ejemplar y seguí mi recorrido hasta llegar a la sección de Biografías, donde me hacían guiño tanto las Memorias de Helena Paz Garro como las de su señora madre. De igual forma con la novela, tomé un ejemplar.

Mientras llegaba el momento de pagar, me debatía sobre cuál debía llevarme, dado que no había comprado sobres burbuja para mis envíos, y el único que tenía a la mano, era de tamaño pequeño. No lo pensé más y me decidí por las Memorias. (Además, es el libro de Elena que más he obsequiado, así que no podía echarme para atrás…) De vuelta en casita, guardé el libro en el ventiúnico sobre que me quedaba, no sin antes colocar un separador y una tarjeta con mis mejores deseos cumpleañeros.

Después de dejar el paquete en la oficina de correos, recibí una notificación de Educal: mi pedido ya estaba listo desde la semana de mi petición, pero por cuestiones de logística (el inicio del nuevo ciclo escolar), se tardaron en avisarme, por lo que me preguntaron si aún me interesaba. Sin pensarlo dos veces, confirmé mi encargo y a los pocos días, pasé por éste a la sucursal del Pasaje Zócalo-Pino Suárez. (Hoy día, el ejemplar “repetido” de Memorias de España 1937 aún espera su siguiente destinatario, al igual que otro de Vicente Quirarte y de Laura Baeza… Ya llegará su momento.)

Con la fotografía que compartió mi querida María en su cuenta de Twitter, comprendí que todos los sucesos previos por conseguir su obsequio bien valieron la pena y su alegría al recibirlo es mi mayor recompensa. (Dentro de algunos meses ya veré que le puedo enviar, porque Navidad…)

Palabras para una década. El pasado 26 de julio, su columna de confianza, La marcha de las Letras, cumplió diez años de estar en esta revista en línea. A lo largo de esa década, con sus respectivos vaivenes, he compartido afanes e intereses bibliográficos, así también la crónica de sucesos recientes y el recuerdo de figuras entrañables, cuya presencia sigue ganando batallas por aquí.

Recuerdo una escena de Una mente brillante, cuando John Nash, en la ceremonia de entrega del Premio Nobel, compartió con el público sus incursiones en los números y en lo irreal, en espera de contestar a todas sus interrogantes. Hoy puedo decir, como Nash, que aún persisto en esas incursiones -letras en lugar de números, claro-, al encuentro con otras navegaciones (¡al fin y al cabo, Ulises!) y como mi poema favorito de Álvaro Mutis,

Pienso a veces que ha llegado la hora de callar,

pero el silencio sería entonces

un premio desmedido,

una gracia inefable que no creo haber ganado todavía.

 

(¡Muchas gracias por leerme!)

 

babelises@hotmail.com

@Cliobabelis

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