Libros para enviar

UNA BIBLIOTECA POR CORREO

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

(Carta lectora para Clarissa Buendía)

Querida Clarissa:

Hace poco, mientras esperaba encontrarte en la estación Guerrero de la Línea B y entregarte algunos libros de Fernando del Paso, me puse a pensar desde cuándo tengo la costumbre de enviar libros por correo, y ahora que escribo estas líneas, caigo en la cuenta de que fue por estos días, dos años antes, cuando comencé con esta sana costumbre.

Primero, un poco de historia. Recuerdo que en mis años preparatorianos solía comprar varios periódicos, entre éstos, El Nacional, cuya nómina de columnistas era impresionante, desde Elena Poniatowska hasta Eduardo Lizalde, pasando por un caballero de la pluma semanal, don Andrés Henestrosa, cuyas letras, amén de breves y con impecable prosa, salían cada jueves. Fue una de aquellas entregas, fechada el 28 de agosto de 1997, la que mayor conmoción generó en mí: “Regale un libro”. Aunque las circunstancias que motivan la anécdota de don Andrés se relacionen más con un cargo de conciencia, su lectura dejó en mí una pasión paralela a mi (todavía) latente bibliofilia.

En los años de la carrera, mientras mi presupuesto lo permitiera, me hacía de ejemplares para obsequiar; muchas de las veces, conseguidos a precios irrisorios en las librerías Educal o en algunas ferias itinerantes de visita en mi facultad. Con el tiempo, se añadieron a esa empresa mis escalas en las secciones de ofertas y remates de otras casas libreras, pero la intención seguía siendo la misma: compartir gustos en común o realizar el sueño de otras personas. (Una profesora que aprecio y admiro sobremanera se alegró tanto cuando le conseguí un ejemplar del Tratado de la lengua vulgar de Dante Alighieri, luego de que extravió el suyo, que empleaba en sus clases. Quiero pensar que, de ese tiempo a la fecha, cada vez que la vida nos hacía coincidir, ella me obsequiaba un ejemplar de su trabajo más reciente. Aún persiste…)

Tiempo después, y gracias a los enlaces y coincidencias generados por Facebook, tuve la suerte de conocer a una joven colega, de la Universidad de Colima, para cuya tesis de licenciatura requería bibliografía sobre Enrique Anderson Imbert; por fortuna, la biblioteca de mi facultad tenía un volumen al respecto, pero por desgracia, no contaba con los recursos suficientes tanto para fotocopiar el libro como para enviárselo por correo. Al final, terminé por perderle la pista (mejor dicho, me eliminó de sus contactos) y la vida prosiguió con sus ajustes.

Gracias a una compañera de la oficina (hoy dedicada a menesteres periodísticos), me animé a echar mano de los servicios del Servicio Postal Mexicano, más conocido por Correos de México, a fin de enviar sendas ediciones de Cumbres borrascosas de Emily Brönte a Xalapa, Veracruz. Más armado de miedo que de valor, pasé a la oficina postal más cercana a la FES Acatlán, ubicada en la colonia Bosques de Echegaray, armado por dos sobres manila tamaño ministro y los libros a enviar. Luego de apuntar datos de remitente y destinatario en el sobre, el empleado postal me hizo una observación: el paquete debía reforzarse con cinta adhesiva para evitar su maltrato en el trayecto, y procedió a envolverlo con ese material. “Para los siguientes envíos, mejor usa sobre de burbuja, para que se proteja mejor”, me sugirió con voz de mando. Luego me dio mi comprobante de pago con el número de rastreo y agradecí su ayuda.

Con el tiempo, el listado de destinos bibliográficos aumentó un poco; a Xalapa se sumaron Boca del Río y el mismo puerto de Veracruz; después, Matehuala, San Luis Potosí, y más adelante, Mérida, Guadalajara y dos que tres escalas en la Ciudad de México y su Zona Metropolitana. (Desde aquí, un saludo a mis queridas colegas y corresponsales.)

Una de las maravillas que se dieron en estos meses pandémicos, fue conocer en persona a gente que sigo en Twitter, con quien me hermana el gusto por los libros, pero sobre todo por las gratas coincidencias lectoras: un milagro hecho realidad gracias a que la vía postal abrió algo de brecha. (Hará cosa de dos semanas y pico que conocí a una colega urbanista, después de dos envíos por correo. En diciembre le debo una nueva cita.)

Al momento en que te escribo las presentes líneas, veo sobre mi mesa de trabajo los aditamentos para mi próxima visita a la oficina postal de Bosques de Echegaray; entre sobres burbuja del número uno (ideales para enviar libros de tamaño estándar, cabe decirlo) y la pluma fuente con que escribiré los datos de puño y letra, me llena de alegría disponer de todas esas cosas, cuya señera intención fortalece con el tiempo la idea de una biblioteca por correo, que no dejará de prodigar sus maravillas.

Muchas gracias por coincidir, Clarissa, y que se multipliquen las lecturas como los gratos encuentros.

Recibe un cálido abrazo de

Ulises Velázquez Gil

babelises@hotmail.com

@Cliobabelis

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