CENTENARIOS EN LA BOLSA

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

Veinticuatro horas después de la llegada del nuevo año, 2023, y al momento de retomar la dinámica de esta columna, caigo en la cuenta de que en este año se cumplirán varios centenarios importantes: Ricardo Garibay, Dolores Castro, Álvaro Mutis, Italo Calvino y Rubén Bonifaz Nuño.

Fuera de abundar en la mención de títulos de libros y el correspondiente palmarés de cada uno, prefiero recordar algunos encuentros con ellos, sea en persona o en la complicidad lectora. Comienzo con Bonifaz Nuño. La primera vez que tuve noticia suya fue por un libro publicado por el Fondo de Cultura Económica en la colección Fondo 2000: Fuego de pobres. (En orden de aparición o al azar, los poemas allí reunidos no dejan de suscitar asombro y maestría, enigma y resolución.) Años después, El Colegio Nacional lanzó el que sería su último libro de poesía: Calacas, de vena más desenfadada. En la única ocasión en que tuve la dicha de conocerlo en persona, le expresé mi predilección por sendas obras, cosa que me agradeció sobremanera.

Sobre Dolores Castro (además de que se desató un interés periférico por su figura a raíz de la película Los adioses de Natalia Beristain, en torno a Rosario Castellanos), digno es decir que el ejercicio poético la rejuvenecía a diario. Recuerdo que sólo la vi en dos ocasiones: al final de una presentación en la Feria de Minería, y al término del homenaje a un colega y amigo suyo en la Capilla Alfonsina. En cuanto me presenté con varios libros suyos para firma, se alegró mucho, porque su trabajo seguía ganando batallas y lectores. (En mi ejemplar de Sombra domesticada, publicado por Parentalia, tiene una breve pero generosa dedicatoria suya.) Ahora que en abril se cumpla el centenario en tiempo y forma, me encantaría conseguir un ejemplar de La ciudad y el viento, única novela dentro de su obra, donde la poesía y el ensayo se alternan escenario. (Recuerdo de manera momentánea que Mariana Bernárdez, también poeta y ensayista, tiene un estudio muy sesudo sobre la obra de la maestra Dolores, como generosamente me conducía hacia ella las veces que la vi.)

¿Cuándo fue la primera vez que supe de Ricardo Garibay? Si mi memoria radiofónica no me falla, fue gracias a unas cápsulas que se transmitieron día tras día por Opus 94, bajo el nombre de Astucias literarias, en torno a sucesos y figuras en torno a la literatura universal; por su naturaleza fragmentaria (cinco minutos), Garibay dedicaba dos o más cápsulas para un tema, siempre con su manera peculiar de despedirse: Gracias hoy. En el periodo intermedio entre mi último año de preparatoria y el primero de la carrera de Letras, cuando iniciaba mis exploraciones por las librerías Educal, encontré Fiera infancia y otros años, uno de sus libros de memorias, sobre sus años ya como habitante de la Ciudad de México, cuando llegó de Hidalgo junto con su familia. Pero el libro que más me impactó de su obra, fue Beber un cáliz, novela en torno a su padre. (Con todo y que su obra tiene para dar y prestar, en cuanto a temas y trazos, tengo especial predilección por un libro -compuesto por su constancia periodística- que pinta de cuerpo entero los vaivenes del escritor que hace “literatura con prisa”: Cómo se pasa la vida… Que este centenario en puerta sea el pretexto idóneo para volver a sus páginas.)

Una sana costumbre que adquirí durante mis visitas a la Biblioteca de México, en la Ciudadela, fue la búsqueda de revistas atrasadas. Desde los pasquines más socorridos hasta publicaciones de mayores vuelos, me hice de varios ejemplares de la revista Vuelta, y un precio, digamos, accesible. En alguno de esos números, leí el cuento “Sabor saber”, que desarrollaba, vaya sorpresa, en México. Su autor, Italo Calvino. A medida que conseguía más ejemplares de aquella revista dirigida por Octavio Paz, buscaba más textos de aquel escritor italiano, que no dejaba de sorprenderme. Con el tiempo y la recomendación de una profesora de italiano, conseguí Palomar, novela algo atípica para mí en ese momento, y de ahí, me encarrilé con más libros suyos, como Si una noche de invierno un viajero (novela de comienzos puros), Colección de arena (su faceta ensayística de temas diversos) y Seis propuestas para el próximo milenio (eternamente en proceso, porque el sexto ensayo se quedó en bosquejo).

Y de un colombiano singular harto conocido ¿qué más puedo decir? Mi primer contacto con la obra de Álvaro Mutis se dio gracias a la tesis de licenciatura de Rocío Montiel, profesora de grato recuerdo que tuve en la carrera de Letras en la FES Acatlán. De ahí, que me di la tarea, tiempo después, de conseguir más libros suyos y sobre su obra. Por la dichosa colección Fondo 2000, supe de Los rostros del estratega, que consigna brevemente su faceta como cuentista. Y en enero de 2002, gracias a un generoso regalo, me hice de Empresas y tribulaciones de Maqroll el gaviero, volumen que consigna las siete novelas en torno a su personaje más conocido. (De ese septeto novelístico, releo con singular devoción La última escala del tramp steamer, a cuya relectura hoy día añado Abdul Bashur, soñador de navíos, en torno al compañero de correrías del Gaviero.)

Lo dicho líneas arriba no es ni la décima parte de lo que se podría decir acerca de este grandioso quinteto de escritores; sólo son impresiones que van difuminándose con el tiempo, en espera de recobrar color una vez que vuelva a sus libros. Me propongo, si no es demasiada osadía, llevar en mi bolsa alguno de ellos, o dejar otro sobre mi mesita de lecturas, por lo menos para saberlos cerca, y que sus palabras me muestren alguna preciada gema, digna de mención.

(El año comienza y las buenas lecturas, también. ¡Qué mayor celebración!)  

@Cliobabelis

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