FILIPN 2017: VOLVER A ZACATENCO

Escrito por Ulises Velazquez Gil el . Posteado en La Marcha de las Letras

Ulises Velázquez Gil

Mi primer encuentro con el Instituto Politécnico Nacional se dio, como buena parte de la población, gracias al Canal Once, pero para quien esto escribe esto se acentuó por la vertiente familiar y afectiva: tres primos por vía paterna (ingenieros orgullosamente egresados de la ESIME); una ex compañera de la primaria (digna egresada del CECYT “Juan de Dios Batiz”) y una joven amiga (lectora fiel de esta columna desde alguna parte de las Lomas de Chapultepec). Sin embargo, mi fidelidad politécnica va más allá del canal de marras, o de los amigos y familiares que portan con todo orgullo los colores guinda y blanco.

Salvo en contadas ocasiones, he tenido la dicha de asistir a la feria del libro que, año con año, organiza la Dirección de Publicaciones del Instituto Politécnico Nacional; desde las legendarias instalaciones de ESIME Allende hasta el Centro Cultural “Jaime Torres Bodet” (el Queso, de cariño), pasando por el Centro de Desarrollo Tecnológico, a un costado del Planetario, en Zacatenco, siempre he estado al tanto de las actividades que se realizan en cada edición, pero en concreto, son las presentaciones de libros de personas muy queridas las que me llevan hacia territorios politécnicos, como sucedió hace poco.

El domingo 3 de septiembre (a la sazón, último día de la FILIPN 2017) tuve la fortuna de saludar a una colega y amiga muy querida dentro y fuera de este espacio semanal: Susana Quintanilla, cuya edición crítica de El águila y la serpiente de Martín Luis Guzmán, se presentó en tierras politécnicas. Luego de una hora de trayecto de Atizapán a Zacatenco, al momento de ingresar al estacionamiento del Centro Cultural “Jaime Torres Bodet”, ya se respiraba un aire entre festivo y grandioso por la cantidad de gente que veía libros en los puestos de las editoriales convocadas; se unía a los talleres dentro del pabellón de Japón, país invitado de este año, o hacían filas interminables con tal de comprarse algo para comer (entre los recorridos por stand y la presentaciones, el estómago no se daba tregua).

Antes de ocupar mi lugar en el foro, donde la presentación de Susana Quintanilla, me eché un recorrido fast track por los puestos aledaños, en busca de alguna novedad que suscitara mi atención; al momento de visitar el de la Universidad Autónoma de Nuevo León, fijé mi atención en una de sus novedades: la novela Champú de Priscila Palomares, que compré casi de inmediato. (De hecho, me la debía, desde la semana pasada en la FILUNI …)

Para cuando regresé al foro principal, ya habían llegado Adolfo Castañón y Marie Boissonnet, su esposa, además de Alejandro Higashi, académico responsable del gabinete editorial de la Academia Mexicana de la Lengua, institución que publicó la edición crítica de El águila y la serpiente, y, claro, Susana, a quien saludé con todo gusto, luego de tantos años de no vernos. (Varias escalas en el Roxy, frente al Parque México, o aquella tarde-noche de hace varios diciembres, con té y pastel de doble chocolate en Bó Pastisseria. Recuerdos aparte.)

Pasadas las 4 pm, ya con Susana y Adolfo en el escenario, comenzó la presentación, primordialmente basada en una serie de preguntas (“la fiesta de los anzuelos”, parafraseando el título de un famoso texto de Martín Luis Guzmán), donde Susana compartió con el público asistente la primera vez que leyó a Guzmán, a lo que ella respondió de dos maneras: al ser de la primera generación en recibir los libros de texto gratuito, de cierta forma “leyó” a Guzmán, en un proyecto instrumentado por él. Pero la primera vez, ya oficial, fue con El águila y la serpiente en la secundaria, que no le movió en ese momento. Sin embargo, años después, sus colegas y amigos de la Dirección de Estudios Históricos del INAH, al mencionar que entre las páginas más memorables de la literatura mexicana estaban varias de la dichosa novela, no lo dudó más y la releyó en tiempo y forma.

Para el esfuerzo que llevó hacer su edición crítica, Susana Quintanilla leyó y releyó todas las versiones publicadas en vida del propio Guzmán, incluso la publicada por entregas en periódicos de México y Estados Unidos; con toda certeza, dijo, es la obra de más larga duración de Martín Luis Guzmán, todavía más que La sombra del caudillo, y entre edición y edición, el propio Guzmán se esmeraba en corregir cosas, como para decirle al lector que nunca es tarde para rectificar algunas cosas. Y para rematar la presentación, sobre una pregunta del público en torno a realizar nuevas ediciones críticas de otras obras de Guzmán, sólo Susana atinó a decir: “Cada libro es una vida, y con esta edición tengo suficiente para mucho tiempo…” (Alejandro Higashi, al escuchar esto, con una mirada de asombro, suscribió lo dicho.)

Terminó la presentación y varios amigos hicimos una ronda alrededor de Susana para felicitarla y expresarle de primera fuente nuestra admiración; al momento de ver que se vendían como pan caliente los ejemplares de El águila y la serpiente, Susana me preguntó si ya tenía el mío. Al responderle de forma negativa (y triste, cabe decirlo), ella me dijo: “No te preocupes, tengo un ejemplar en el coche, acompáñame para que lo tengas”. Y junto al séquito de amigos que la acompañarían para un brindis en casa de un amigo suyo, llegamos a su Mini Cooper azul, sacó de la cajuela el ejemplar prometido y nos despedimos con la esperanza de encontrarnos en la FES Acatlán. “Muy pronto andaremos por ahí, seguro”.

Volví al recinto ferial para echar una última vuelta; en el stand de Larousse la zona de las “ofertas” me hacía ojitos, y no era para menos, porque a una antología de Constantino Cavafis nunca se le puede decir que no. Seguí mi recorrido en espera de volver. En el pabellón del Fondo de Cultura Económica, la novedad del momento seguía dando guerra después de su presentación, una semana antes: la vida de Guillermo González Camarena, escrita por Carlos Chimal, de la colección La Ciencia para Todos. (En el cartel oficial de la feria, por cierto, aparte de anunciar la presencia del país invitado, se podía notar una pequeña televisión a colores, invención de González Camarena, cuyo centenario de nacimiento se cumple en este 2017.) Pregunté por el precio y me pareció más que razonable, pero dejé para otra ocasión su compra. Seguí mis pasos.

Al momento de visitar a mis amigos de El Colegio Nacional, les di una sorpresa: salieron fotografiados en la Gaceta UNAM del jueves 24 de agosto, y para prueba, unos ejemplares de obsequio. Mientras se veían en la foto, la gente se acercaba al puesto para ver la oferta editorial, y como quien no quiere la cosa, hice promoción de la empresa más coqueta y espectacular del COLNAL: sus libros de canasta. Y para promover primero hay que leer, me llevé Herencia léxica del español de México de Luis Fernando Lara. (“Nos vemos pronto, seguro que muy pronto”, dije al momento de despedirme.)

Casi llegaba el momento de irme, pero antes de, hice escala con los anfitriones de la feria: la Dirección de Publicaciones del IPN. Desde la feria anterior, todavía seguía el impulso y la difusión a la nueva imagen de sus publicaciones, hechas en el marco del 80 aniversario del IPN; una de éstas, escrita por Eusebio Rubalcaba, fallecido meses atrás, era objeto de homenaje en el stand. Sin embargo, una idea revoloteaba mi cabeza: una amiga muy querida, abogada para más señas, me decía que el Poli sólo publica cosas de técnica, manuales y cosas por el estilo, y en ese momento estaba dispuesto a sostenerle lo contrario. Tomé nota de publicaciones ya conocidas por mí (todas de la colección Punto Fino) y resolví darme una vuelta por la librería politécnica de Belisario Domínguez cuando el tiempo y el azar me dieran licencia. Pasadas ya las 7 pm, emprendí la retirada.

A diferencia de Minería, a la Politécnica vuelvo siempre que alguna persona querida presenta un libro, imparte conferencia, o simplemente para celebrar el constante milagro de la amistad. (En este preciso instante, vuelven a mi recuerdo la presentación de la Historia de la ingeniería civil en México, co-escrita por Rosalía Velázquez Estrada, Patricia y Cristina Montoya Rivero, y la charla de Pilar Jiménez Trejo sobre los 90 años de Jaime Sabines –con todo y la presentación de sus Apuntes biográficos.) Para quien diga que en el norte de la ciudad no existe una buena oferta cultural, se me hace que nunca ha tenido la dicha de asistir a una feria del IPN, porque una vez allí, los milagros siempre estarán a la orden del día. (Y sí, volveremos el año entrante, ¡cuenten con ello!)

babelises@hotmail.com

@Cliobabelis

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