El marchante o hágase pobre vendiendo artesanía

Escrito por Hugo Arturo Cardoso Vargas el . Posteado en Información General, Páginas del Pasado

Al norte de la Alameda Central, semioculto por el templo de San Juan de Dios, se encuentra un edificio que fue durante la Colonia el Hospital de Expósitos; con el paso del tiempo se convirtió en el Hospital de la Mujer y es hoy sede de “EL PALACIO DE ARTESANÍAS”.

La entrada a la antigua casona, está presidida por una imagen de la Guadalupana, recuerdo único del antiguo Hospital de la Mujer. Recorrer este recinto, hoy lleno de artesanías -lacas, metales,  maderas, hilados, tejidos, cerámica, piel, cuero, vidrio, etcétera- es adentrarse en las raíces de nuestra vida; expresada no sólo en el trabajo de la obra  arquitectónica, sino también, en los objetos que allí se venden a los extranjeros y nacionales.

Hablar de las artesanías, es hablar del sentimiento de un pueblo expresado en barro, cerámica, tela, madera, cuero, piel, vidrio, laca, cera, cartón; fin, en todo lo que el hombre puede maniobrar, moldear y dar forma con sus manos y unos rudimentarios conocimientos técnicos. Este es un arte casi marginal, producido por seres anónimos y que a fuerza de estar tan inmediato a nosotros lo vemos distante, lejano y sobre todo, ajeno. En él el artífice nos dice su circunstancia, es un reflejo de su mundo. A través del manejo de sus herramientas nos muestra sus costumbres, sus sentimientos, su vida.

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Libreta Universitaria núms. 35-36, abril mayo 1981

Quien debe hablarnos de este arte, del artesano, de su vida y de su obra, debe ser alguien que esté en constante contacto con él, como la señora Julieta Baraja de Nieto, que en julio de 1980 presentó en la Sala de Exposiciones de la ENEP Acatlán una exhibición de ARTESANIA MEXICANA, compuesta  especialmente por máscaras, dragones, dioses y diablos trabajados en maderas suaves y pintadas con la fantasía exuberante y libre, amén de pagana, de nuestros artesanos, quienes aún utilizan los pigmentos empleados por sus antepasados.

La señora Julieta es originaria de Tepic, Nayarit y desde joven se interesó por el arte popular y este interés la ha llevado a estar cerca del artesano, al cual ha llegado a conocer en sus virtudes y sus defectos. No en balde creó un taller de Artesanías en Tonalá, Gro., gracias al cual pudo conocer al artesano en su vida diaria. Actualmente tiene a su cargo el local “Jalisco” en el mencionado Palacio. Ahí la entrevistamos para la LIBRETA UNIVERSITARIA.

LU.- ¿Lo que usted vende es arte o artesanía?

Julieta Barajas-. Vendo artesanía –afirma convencida. Por ser una obra popular que lleva impreso el sentimiento personal del autor.

LU¿Cuáles son las características del artesano?

J .B. El artesano es un artista que no tiene conocimientos teóricos, por eso sus trabajos manuales están llenos de improvisaciones, por eso no hay nunca un objeto igual a otro. Se hace por tradición  familiar siguiendo en su  trabajo los “secretos” que le imprimen un estilo a sus piezas. El artesano siembra la tierra, pero a veces no tiene para comer, por eso, a través  de la familia, las artesanías se transforman de obras inertes en medios de subsistencia, al ser considerados como ingreso extra el dinero que generan sus ventas. Al artesano, los religiosos españoles le enseñaron a trabajar.

Los clérigos españoles se encargaron de enseñar estas artes como medio para lograr un contacto personal más estrecho con los indígenas, fortaleciendo así su papel de evangelizadores y guías del pueblo; además de buscar substituir los oficios “heréticos” por otros más acordes con la concepción española del mundo.

LU.- Esto último no significa que antes de la llegada de los españoles no haya habido artesanos; pero hay oficios que desaparecieron. Tal es el caso de los que trabajan la pluma y la caña; de estas profesiones se conservan vestigios de lo que fueron; pero ¿las artesanías están desapareciendo?

J.B. Sí, las artesanías tienden a desaparecer. En primer lugar porque no se pagan adecuadamente. Es mucho trabajo realizado el que queda sin pagar. En el caso de los artífices de Guerrero que hacen máscaras, son tantos los problemas con los que se encuentran que se han visto obligados a decirme que “ya no me van a hacer máscaras para el año que entra”. Uno de ellos es la Forestal que no les permite cortar árboles y tienen que pagarlos a precios tan altos que no pueden cubrir, por lo que carecen de materias primas para su trabajo. Algo similar ocurre con el amate (material que obtienen de la corteza de los árboles y que fue usado desde la época prehispánica; en él están impresos los códices aztecas) que no encuentran ahora cerca y tienen que ir hasta Veracruz a conseguir la corteza para elaborar el amate.

LU.- ¿Cómo se podría solucionar esta situación?

J.B. ¿Cómo? Ayudando a los artesanos. Dándoles facilidades para obtener materias primas, fomentando y creando formas de organización y de ayuda económica, como por ejemplo cooperativas y, sobre todo,  pagándoles lo justo por su trabajo. El gobierno compra las artesanías (a través de FONARTE) a precios bajos y las vende muy caras. Y hay ocasiones en que al artesano no se le paga pronto, a pesar de que todos saben que ellos viven al día.

LU.- ¿Qué pasaría si se eliminara al intermediario y el productor vendiera directamente al comprador?

J.B. No se puede eliminar al marchante pues éste le soluciona múltiples problemas al indígena; desde trasladarse de su tierra a las grandes ciudades, donde encuentra un medio hostil, ahí puede ser engañado y despojado de sus obras y hasta de su dinero.

Y aunque no existieran tales peligros; se vería obligado a vender carísima su manufactura, puesto que tendría que agregarle sus gastos personales. Si hasta al marchante le sale caro el producto, ya que tiene que cargarle los gastos de transporte, fundamentalmente y otros gastos menores. Y aunque nos tardemos años en vender esa mercancía, no podemos hacerla a un lado, ni  abaratarla.

LU.- ¿Usted produce lo que vende?

J.B. No, soy sólo una marchante (lo que significa que sirve de enlace entre el productor y el consumidor).

LU.- ¿Cómo obtiene sus productos para la venta?

J .B. Como marchante yo tengo mi gente que me produce. Es siempre la misma. Les pago por adelantado (para materiales, empleados, etc.) lo que sea necesario para cubrir lo que les pido. Pero al llegar el momento en que ellos me entreguen lo que han hecho, siempre sucede que no cumplen con la totalidad del pedido, y muchos no cumplen porque son unos borrachos y unos vaquetones. Pero eso sí, no son tontos. Porque como viven al día, cuando no tienen  dinero venden lo que han producido, no importa si es un encargo. Todo esto ha repercutido en una constante baja de producción, que me ha impedido exportar artesanía mexicana.

Libreta Universitaria núms. 35-36, abril mayo 1981

Libreta Universitaria núms. 35-36, abril mayo 1981

Cuando uno se inicia en este negocio y llega a encontrarse gente para que le trabaje, le prometen, por lo general, trabajar y ser cumplidos, cosa que nunca realizan aunque esté uno cuidándolos. Por eso el marchante bisoño cree que se va a hacer rico rápidamente pero fracasa por la impuntualidad de los artesanos. Yo tengo repartido mucho dinero que no voy a recuperar. Les pagaba a mis empleados; pero ellos no me cumplían y sólo me abonaban una parte del préstamo. Si hiciera cuentas vería que he perdido mucho dinero que no recuperaré, porque ellos no tienen posibilidades de pagarme, siendo, como son, personas eternamente endeudadas.

LU.- Dentro del expendio encontramos “barro bruñido” de Tonalá -herencia española-, petatillo del mismo sitio, “cerámica” de T!aquepaque (en vajillas completas o en piezas sueltas), “barro erafiado” –léase pulido con piedra- y “cerámica estambrada”. Notamos la ausencia del “barro negro” de Oaxaca. Al preguntarle, la señora Julieta nos responde que no lo trabaja porque no tiene quién se lo elabore y que además este tipo de barro tiene un elevado contenido de plomo que lo hace dañino para la salud si los utensilios se emplean en la cocina.

Entre los objetos de madera encontramos máscaras y santos. Las máscaras que admiramos son de diversas clases: caras o rostros humanos que muestran diferentes estados de ánimo; animales como leones, tigres, etcétera y seres fantásticos como demonios y dragones. Las máscaras, entre los pueblos precolombinos, como en todos los demás, tuvieron diferentes usos, destacándose el empleo que de ellas hagan los participantes en ceremonias rituales (bailes, representaciones, funerales, etc.); también se utilizaban como elemento ornamental en las casas o en las personas v como juguetes.

Al interrogar a nuestra entrevistada acerca de las máscaras nos dice:

J.B. Las máscaras son hechas en clavelín, colorín y en otras maderas blancas y blandas. Las que aquí se exhiben -como las que presenté en Acatlán- son del Estado de Guerrero. Las máscaras hoy conservan su uso ritual (en varias danzas como la de los Negritos y de los Santiagos, originarias del norte de Puebla) y son también juguetes para los niños. Ellos juegan a impresionar a los demás. Porque en verdad nos gusta a todos impresionar a nuestros semejantes. Los santos son del mismo material que las máscaras. Estos tienen un sentido más personal: incluso su origen es peculiar. Muchos de estos santos son reproducciones de modelos tomados de las capillas o altares de iglesias.

Cuando algún nativo se siente impresionado por tal o cual santo, su capacidad artística le permite reproducir a su manera esa imagen en madera, así haya pasado mucho tiempo desde que vio a su modelo. Y con ella adorna su casa, llegando incluso a rendirle culto.

LU.- ¿A quién vende las artesanías que usted presenta?

J.B. Anteriormente vendía al extranjero. Como exportadora aún figuro en las listas del IMCE. Ahora, ya no exporto porque no hay producción. Mis principales compradores –actualmente son algunas agencias turísticas, qué las obsequian a título de recuerdo a los turistas. A los que más les interesan nuestras artesanías son a los turistas europeos; destacando los franceses por su gusto tan fino.

El mexicano común, no entiende esta obra; no valora adecuadamente la artesanía nacional. Al referirse a ellas las llama TILICHES o TEPALCATES; sin pensar que en esos CACHIVACHES está impresa una forma de ver el mundo que merece conservarse, como forma alternativa ante el comunismo y la despersonalizada y repetitiva producción en serie.

LU.- ¿Qué representó para usted exponer en Acatlán?

J.B. Debo aclarar en primer lugar, que es la primera vez que expongo en una escuela. Las exhibiciones que he realizado ocurrieron en Ferias Internacionales tanto en México como en el extranjero. Me dio gusto presentarme ahí por haber ayudado a difundir nuestra artesanía. Además, los alumnos me aceptaron muy bien. Se portaron muy lindos.

LU.- ¿Le gustaría volver a presentar otra exposición en Acatlán?

J.B. Yo y muy aventada. Aunque por un lado es demasiado complicado preparar una exposición, por otro el proceso que implica desde seleccionar lo que se presentará hasta la decoración para la presentación; es bonito y emocionante. Personalmente me agradaría porque difundiría aún más nuestra artesanía.

Al alejarnos del local, reflexionamos que si bien el artesano produce objetos para emplear una parte de su tiempo y cómo medio para obtener el dinero extra, también es cierto que las artesanías, pese a su alta calidad estética, apenas si dejan ganancias mínimas al campesino.

Esta producción manual es en ocasiones motivo de moda por parte de la sociedad consumista, que pasa rauda. A las artesanías se les considera como elementos del folclor nacional, lo cual es falso. Porque tanto por su producción como por su consumo, las artesanías no están dirigidas a las mayorías nacionales. Son consumidas por élites -nacionales y extranjeras-  con lo que se deteriora su valor de verdadero folclor.

Libreta Universitaria núms. 35-36, abril mayo 1981, pp. 42-47

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