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La Pirámide de El Conde, resistiendo al olvido

Escrito por Hugo Arturo Cardoso Vargas el . Posteado en Páginas del Pasado

Escondida por los rincones, temerosa de que alguien la vea … así se encuentra la llamada Pirámide del Conde) testimonio de un pasado lejano de nuestro municipio que se resiste al olvido.

Pocos son los habitantes de Naucalpan que saben la existencia de esta obra y menos aun los que han recorrido sus instalaciones. Por eso, ahora, trazaremos algunas nociones que derivan de la Pirámide del Conde, tomando como guía a su descubridor y primer explorador: don Manuel Gamio[i].

Los antecedentes inmediatos de las excavaciones se derivan de los trabajos arrollados por Gamio y su equipo de colaboradores en la zona de Tlatilco, entre los años 1907 y 1908. Los resultados de esta investigación fueron publicados al siguiente año[ii].

En este informe se indica que al descubrirse Tlatilco se localizaron una serie de montículos en las llanuras que van de Tacuba a San Bartolomé Naucalpan. De éstos, el más importante es el localizado a una distancia de 11 kilómetros al noroeste de la Ciudad de México y a 500 metros al suroeste de San Bartolomé. Las rutas de acceso eran el Ferrocarril Nacional, que tardaba 10 minutos entre la salida de la estación Colonia a la de San Bartolo. La otra vía de acceso era el camino, continuación de la centenaria Calzada México-Tacuba, al Panteón Español, para los que venían en automóvil.

A esa elevación se le llamaba el «Cerro del Conde» porque en ella vivía, desde tiempo atrás, don Manuel Conde. Una vez que el señor Conde abandonó su casa habitación se iniciaron los trabajos de exploración gracias a los cuales se pudo restaurar la Pirámide (1930). Se logró recuperar gran parte del basamento de adobe, barro y tepetate. La forma de la base es rectangular y en la parte superior se localizaron vestigios de otra edificación en forma de prisma rectangular construido con las losas pequeñas, también rectangulares, que se emplearon en otros sitios prehispánicos del Valle de México.

En esa meseta central, orientada de este a oeste, se tienen 2 242 m donde se pueden observar los pavimentos realizados con cemento indígena. Se supone que en esta superficie estaba localizado ya un teocalli, el más importante de la región; ya un observatorio. Aunque pudo haber sido primero un observatorio durante la cultura tlatilca y un adoratorio en la época azteca.

Foto: soymexxiquense.com

Foto: soymexxiquense.com

Sobre esa plataforma en el ángulo noreste fue encontrada una gran olla cineraria y encima de ella, incrustada en el muro, una deidad azteca esculpida en piedra.

Los restos de cerámica, estatuillas y piedras labradas permiten identificar la influencia temprana de Tlatilco, otros de los ejemplares se pueden vincular a elementos teotihuacanos; en cambio, son escasos los restos en directa relación con la cultura azteca. Esto se puede explicar por la cercanía de la pirámide a la zona de influencia tecpanecas, Tacuba y Azcapotzalco, y de los otomíes.

Como parte de los objetos rescatados durante las obras llevadas a cabo en la Pirámide se tienen tres monedas de gran valor histórico.

La primera es una cuartilla de cobre acuñada en 1524; pero cuya emisión tuvo una respuesta negativa por los indígenas; puesto que según cita Diego Muñoz Camargo «se reunieron y echaron de sí más de cien mil pesos de esta moneda en la laguna de México para que no oviese memoria della y hasta hoy ha durado el no usarla en esta Nueva España porque toda la rescataron los indios y la desterraron del mundo».

Tal vez por esa razón el virrey Mendoza, sigue Muñoz Camargo, ordenó el 28 de junio de ese año que las monedas llevaran armas: «de una parte una colu(m)na con un p(l)us ult(r)a e corona e de la otra una castillo e corona e la señal de México».

Por eso se consideró un gran descubrimiento esta moneda por la escasez que de ellas existe, porque están en el fondo de la laguna la gran mayoría de esta emisión.

La otra moneda es de cobre, pequeña y de origen turco. Fue acuñada en 1255, según la era mahometana y también tiene una gran importancia histórica por la escasez de moneda y porque además no era de uso corriente; por eso adquiere mayor relieve el solo hecho de que se haya localizado esa moneda en este lugar relativamente lejano de la ciudad capital.

La tercera y última moneda es de plata y es un medio real columnario acuñado en 1744 cuando el virrey era don Pedro Cebrián bajo la corona de Felipe V. Y sin ser una moneda extraordinaria ni en su origen ni en su devenir, es otra prueba de que los seres humanos que ocuparon el predio desde la Colonia hasta 1910, cuando se iniciaron los trabajos de exploración, tal vez sin querer dejaron huellas de su paso sobre la pirámide.

Desde luego que estos datos tienen su interés en permitir divulgar parte de la historia de la Pirámide del Conde.

Pero esa descripción, breve, de la pirámide no puede ser igual ahora. Lo que era un elevado montículo en las llanuras desde Tacuba hasta San Bartolomé Naucalpan y cuyo fondo es el actual Cerro de los Remedios vio su entorno alterado dramáticamente. Ya no eran las zonas verdes de pastos o sembradíos los que rodeaban a la Pirámide; ahora en 1995 son los edificios, las fábricas, los locales comerciales los que la ocultan de la vista de los miles de usuarios del Periférico.

El crecimiento poblacional, los asentamientos recientes, producto de la acelerada urbanización e industrialización de la zona han provocado que el aislamiento y el olvido rodee -como otra capa que hace invisible- la Pirámide.

Por eso invitamos al lector para que un día se acerque a la Pirámide; pues no está difícil su localización. Se ubica casi a la altura de la Torre Ejecutiva que existe en la acera poniente del Periférico, cerca de la avenida Primero de Mayo. Pero si no es suficiente, pregunte por alguna de las calles que hoy delimitan la multicitada pirámide. Las calles son, al norte, Ozumba; al sur, Amecameca; al oriente, Chalco y al poniente, Texcoco.

Así pues, amigo lector, visite la Pirámide del Conde, conozca su estructura «que no es impresionante, pero encierra historia» y recupere parte del pasado de un lugar interesante y valioso de este nuestro municipio.

[i] Gamio, Manuel ”El Cerro del Conde” en Etnos. Vol. 1 pp. 55-59, México, 1920.

[ii] Gamio, Manuel. “Restos de la cultura tecpaneca” en Anales del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología, México. 1909. Tomo 1.

 

 

 

 

Naucalli marzo, 1995 Año 1 ·# 4, pp. 30-1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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